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Una vida que es una historia para contar

por 23 octubre, 2015

"La Cuta es una escritora de habilidades naturales, porque cuenta las cosas como deben hacerlo los verdaderos escritores, sin prosopopeyas ni alardes, ni circunloquios ni banalidades; y desde el comienzo de su libro, si queremos meternos en la entraña de una familia tradicional de la Granada de Nicaragua, allí están los amenos y aleccionadores capítulos dedicados a su familia venida a menos, a su infancia, que son un verdadero retrato social visto desde la intimidad y desde el ojo de una niña que crece entre penurias pero rodeada de hondo afecto, el primero el de su abuelo, un personaje memorable".
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Las veces que me encuentro con Rosa Castillo, a quien siempre hemos llamado "La Cuta", empezamos a reírnos desde que nos divisamos desde lejos, ella siempre llena de gozo y alegría, como si celebráramos de antemano alguno de los recuerdos que nos unen; y el día que llegó a mi casa el ejemplar del de su libro de memorias "Una vida es una historia para contar" el gozo entero fue mío: saber que por fin había puesto por escrito los avatares de su espléndida existencia nunca desperdiciada, algo en que le había insistido por años; y esa noche misma empecé a leer el libro y ya no me detuve hasta que a las primeras luces del alba lo había terminado. La historia contemporánea, la de la lucha para derrocar a Somoza, la historia de la revolución, en la vida de una mujer indispensable.

La conocí en León de Nicaragua a comienzos de los años sesenta, cuando su marido Tito Castillo, con el que estaba casado desde que ambos eran casi niños, se recibió de abogado. Una mujer menuda, vivaz, ocurrente, llena de humor, pero antes de nada una mujer de "ñeque", es decir, muy bien bragada. Y para darse cuenta de todo lo que ella ha sido y de todo lo que ha hecho, leer su libro no basta porque sabe tender el velo de la modestia sobre lo que le tocó ver y vivir, principalmente sobre aquello en que le tocó participar en la revolución, una presencia decisiva la de esta madre Coraje que siempre rehusó a ponerse en primer plano y dejó el protagonismo a otros, mucho de los cuales, ya sabemos, no lo merecían, o lo desperdiciaron.

La Cuta es una escritora de habilidades naturales, porque cuenta las cosas como deben hacerlo los verdaderos escritores, sin prosopopeyas ni alardes, ni circunloquios ni banalidades; y desde el comienzo de su libro, si queremos meternos en la entraña de una familia tradicional de la Granada de Nicaragua, allí están los amenos y aleccionadores capítulos dedicados a su familia venida a menos, a su infancia, que son un verdadero retrato social visto desde la intimidad y desde el ojo de una niña que crece entre penurias pero rodeada de hondo afecto, el primero el de su abuelo, un personaje memorable.

Después la oímos relatarnos cómo su vida va cambiando, ya casada, en la medida en que su compromiso cristiano la va poniendo del lado de los desposeídos, y desde allí a su paso a partícipe callada de la lucha revolucionaria, y a su exilio, que es cuando volvimos a encontrarnos en Costa Rica en 1976, cuando todo empezó a acelerarse hacia la insurrección que terminaría derrocando en poco tiempo a la tiranía de los Somoza, y su casa rural de amplias estancias en las afueras de San José se convirtió en cuartel general del Grupo de los Doce, del que Tito su marido formaba parte, y en depósito de medicinas y vituallas de guerra, en lugar de descanso y tránsito de guerrilleros, estación de transmisiones militares, comedor comunal con una cocina que nunca se apagaba, y también en los estudios desde donde transmitía la clandestina Radio Sandino.

De esa casa siempre embullada salió su hijo mayor Ernesto para nunca más volver, porque lo mataron en combate en las calles de León en septiembre de 1978; antes había escrito un libro de poemas donde a la par de sus amores de adolescencia va relatando su compromiso guerrillero. Lo enterraron en una fosa común, en el patio trasero de la morgue de un hospital, sus huesos revueltos con los demás muchachos que habían caído con él, y la madre, años después, no quiso que lo removieran de allí; era su lugar, entre tantos muertos anónimos.

Cuando le dan una mañana en su casa de San José la noticia de que el muchacho que era la niña de sus ojos ha caído, se extraña de que todo siga igual, el viento soplando, los pájaros trinando, el sol brillando, voces, pláticas, ruidos cotidianos, mientras su aullido de dolor se disolvía en el silencio encerrado de su alma hecha trizas.

Tras el triunfo de la revolución fue adonde la mandaron, un puesto burocrático como administradora de una radio del estado, cuando tanta falta hubiera hecho su buen juicio, su sensibilidad, su perspicacia, su sentido común y su entereza moral, en cargos que otros ocuparon tan mal; pero en humildad nunca le ganó nadie, y por eso sé que se pondrá roja de vergüenza cuando lea estas líneas de justa alabanza. Una de esas mujeres sin las cuales la revolución nunca hubiera sido posible, y que tras tantos años pasados conserva intacta la autoridad para erigirse en jueza de tantos malversaciones éticas y desmanes como vinieron después. Una mujer para la historia, para hacerla, y ahora para contarla.

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