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¿Es realmente un problema de desconfianza?

por 3 marzo, 2016

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Hace no mucho tiempo, Mariana Aylwin se refirió a la existencia de un ambiente de desconfianza. Creando una caricatura, postuló que la población estaría buscando condenar cada nuevo error sin importar su gravedad, queriendo ver correr sangre. Pierre Lebret también aludió a la presencia de desconfianza en la sociedad civil y su clase política. Él habla de la falta de ética, desesperanza y justicia social como las razones por las que el pueblo desconfía de los políticos.

Me pregunto, ¿es realmente un problema de desconfianza?

No hay que ser un genio para darse cuenta que muchos chilenos están enrabiados con muchas situaciones. La lista es enorme y ha sido descrita innumerables veces en las rutinas humorísticas del Festival de Viña del Mar de este año. Pero rabia no es lo mismo que desconfianza, pese a que la primera puede acompañar a la segunda. Si fuera solamente un problema de desconfianza, entonces bastaría elegir otros representantes parlamentarios que sí encarnaran lo que quieren los ciudadanos. “El pueblo decidirá en las urnas”, como se dice en jerga política.

Sin embargo, recién el año 2015 el Sistema Binominal fue reemplazado por otro sistema de elección de cargos representativos. A través de las últimas dos décadas y media, mucho se ha dicho y criticado a los parlamentarios que ejercieron y ejercen su labor sin representación de sus distritos. Ni hablar de los senadores designados. Además, se tornó una práctica común que los senadores y diputados cambiasen su domicilio para poder postular a otras regiones. Tal como un comedor de colegio, nos repetimos un menú conocido cada cierto tiempo. En este sentido, el poder de los partidos políticos se vuelve esencial en la repetición de las “mismas caras de siempre”. Por estos hechos, es mi impresión que la ciudadanía ha aprendido por experiencia que el ejercicio de su poder se reduce a decir sí o no a lo ofrecido. No hay mucha diferencia entre esta imagen y un infante de dos años.

Antes de confiar o no confiar, pienso que hay que construir un sentido de para qué hacerlo. Sugiero que la reconciliación social y política solo sería posible en la medida que descubra y genere un sentido transversal de lo que significa ser chilenos. Un sentido que permita que cuicos, flaites, winkas, mapuche, aimaras, quechua, albos, chunchos, y varios otros grupos más, puedan convivir nuevamente.

Debido a este escenario, pienso que el sentimiento principal presente en la ciudadanía es impotencia.

Impotencia de no poder escalar socialmente sin pituto; de que algunos busquen provecho económico incluso de aquello que es básico en la vida cotidiana, como alimento, la salud y el aseo; que en pos del progreso no se haya considerado el costo en calidad de vida de muchas personas; pero, fundamentalmente, de que su rabia y accionar sea constantemente aplastadas y postergadas por aquellos que juraron representarlas. No hay mejor ejemplo de esto que Chile sea de los pocos lugares del mundo en que, para poder salir a marchar y mostrar malestar, haya que pedir permiso y aceptar la posibilidad que la policía aparezca para disolver al grupo mediante el uso de violencia, extrema en la mayoría de las casos.

Algunos pueden decir rápidamente que lo último ocurre por los encapuchados que aparecen durante las marchas. Quizás a ellos se refería la Sra. Aylwin en su columna al decir catones en búsqueda de sangre. Pues bien, son varios los años de impotencia que una buena parte de la población carga en sus hombros –al menos 43–. A esto se le puede sumar la naturaleza de relación entre sociedad civil y clase política, basada en la concentración de poder solo en la segunda. Al no poder separarse ni rebelarse contra la clase política, las vías restantes serían la conciliación o la revuelta –ambas sugeridas por Lebret–. Así como en dinámicas de violencia de pareja, tendría que aparecer una imagen idealizada que encarne todo lo prometido (pero nunca cumplido), o bien el caos social. Se confía o no se confía. Este sería el ciclo interminable que estaríamos viviendo socialmente hoy.

Quisiera proponer una tercera vía. Antes de confiar o no confiar, pienso que hay que construir un sentido de para qué hacerlo. Sugiero que la reconciliación social y política solo sería posible en la medida que descubra y genere un sentido transversal de lo que significa ser chilenos. Un sentido que permita que cuicos, flaites, winkas, mapuche, aimaras, quechua, albos, chunchos, y varios otros grupos más, puedan convivir nuevamente. La reparación de este lazo social roto en dictadura, es lo que nos permitiría pensar que vale la pena hacer las cosas bien por el sentido que le entregan a nuestro país y no solo por la ganancia que entregan. Esto sin duda requiere un trabajo enorme en torno a la educación cívica y al apaciguamiento del malestar social. No obstante, quizás es tiempo de hacer las cosas bien y no como las “hueas”, como dice Coco Legrand.

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