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Los atentados en Bélgica y el fin de la comedia en Siria

por 27 marzo, 2016

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Me llaman el jueves 24 de RT, la Televisión Rusa para una entrevista sobre las reuniones llevadas a cabo en Moscú durante el jueves y el viernes santo, entre el secretario de estado John Kerry, Serguéi Lavrov el canciller ruso, y el propio presidente Vladimir Putin.

Todo imprevisto y provocado por los atentados en Bruselas porque Kerry formaba parte de la delegación del presidente Obama de visita en la Argentina.

De acuerdo a los antecedentes que entregan las agencias de noticias, la idea central de estos encuentros consistía en acelerar el proceso de paz para Siria y fundamentalmente persuadir a Putin para forzar una renuncia de Assad a la presidencia de Siria. El supuesto es que con su renuncia se solucionaban los actuales problemas de terrorismo despiadado y de inmigrantes en la matriz.

Es decir, la solución política esperada para Estados Unidos y los aliados que inventaron una guerra que lleva cinco años, para derrocar a Assad, al final deben implorar, en la práctica, al principal sostén de Assad en el poder, que es Rusia y su presidente.

Aun no es claro que Kerry haya logrado su objetivo en un conflicto donde rondan muchas variables. Tal vez demasiadas para que un acuerdo bilateral entre Estados Unidos y Rusia prospere.

La comedia de la solución política pidiéndole a Assad renunciar, después que "ha puesto el lomo", como se dice vulgarmente, liderando una guerra contra el terrorismo, no es solo grotesco y de mal gusto, sino que sienta un precedente único.

Estamos frente a un plan de derrocamiento (de Assad) que fracasa, y que además es absorbido por una industria o franquicia terrorista montada para llevar adelante ese plan, y que como todo no resulta de acuerdo al plan original, se le debe pedir a Rusia echar pie atrás y dejar a Assad en el limbo.

La inmolación de los terroristas suicidas que golpearon duramente a Bélgica puede enredarnos en la madeja de las religiones y las culturas, mientras los responsables políticos directos quedan en la oscuridad.

Estos atentados se veían venir. Era una cuestión de tiempo. La tensión en la seguridad belga y de la Unión Europea creció mientras los cabecillas de la franquicia terrorista que se hace llamar Ejército Islámico intentaban encontrar su oportunidad para golpear en el espacio que alberga a  la burocracia mayor de la Alianza Transatlántica. Especialmente en la mira estaban aquella militar como la OTAN y la política, como son las dependencias de la Unión Europea. Era una deuda pendiente y seguramente el objetivo eran los mismos edificios de estas dos emblemáticas instituciones. No fue posible y el resultado es lo que sabemos: dejar el reguero de sangre en el lugar de más público y vulnerable a cualquier ataque,  las estaciones y zonas  de transporte.

Suicidas que portan explosivos adecuados para la penetración y habilitados para torcer la eficacia de los sensores, es un tema que desnuda la crudeza del aspecto puramente técnico y frente al cual el  tema político de peso aparece desdibujado.

No es solo una nueva agresión a la cultura ni a la democracia europea, como manifestó David Cameron el Primer Ministro británico. Eso es de alguna forma encubrir la situación política de una franquicia terrorista fabricada para derribar gobiernos y desestabilizar estados que no se someten a la alianza transatlántica.

Para analizar el por qué de este atentado se debe enfocar el problema central, cuya gestación es previa y es política. El terrorismo golpea ese epicentro del poder mundial, justo en un período en que a pesar de la evidente fatiga en la maquinaria política y diplomática para detener el terrorismo iniciado  el 11 de septiembre de 2001, el precario sistema internacional  también entrega señales de paz y moderación. Ocurre cuando el presidente de la potencia mayor,   Barack Obama, estableciendo un hito histórico, viaja a Cuba en una visita orientada a disminuir las confrontaciones en una zona critica del hemisferio occidental  y que atraviesa por sus propias convulsiones políticas.

El  período también está marcado por la retirada gradual y parcial de las tropas rusas de Siria en una señal política para fortalecer el camino de la negociación y ponerle fin a una guerra que nunca debió estallar. Si se hubieran respetado los mínimos principios de la carta de Naciones Unidas, que invocan la no injerencia en los asuntos internos de las naciones evitando el intervencionismo agresivo que se ha aplicado en Siria por ejemplo, para derrocar al presidente en ejercicio, esta guerra se acaba mucho antes.

Estos dos antecedentes demuestran que los atentados son obra intelectual de aquellos estados que han inyectado terroristas en Siria e Irak para desestabilizar, y por razones de supremacía frustrada al ver que los avances del llamado ejército islámico han sido reducidos, golpean a los cuarteles generales que dieron las órdenes iniciales para llevar a cabo esos planes. Cinco años más tarde, el tiempo transcurrido en la guerra en Siria, reculan y se transforman en patrones  ambiguos y arrepentidos.

Barack Obama al respecto dio recientemente una entrevista en la revista The Atlantic  y  desacredita a los gobernantes en Arabia Saudita llamándolos “free riders”, que significaría vulgarmente el que no paga pasaje. Además de este significado, la alusión lleva la connotación de “jinetes sin control”, de alguien que hace lo que quiere.

Hace una crítica al modelo de gobierno en Arabia Saudita, que es otro hito en el proceso de intentar influenciar a aquellos aliados de Estados Unidos y la OTAN, incluyendo árabes, turcos e israelíes en la operación de llevar adelante un plan de remodelación de las estructuras de poder en el medio oriente.

Este plan que tuvo al inicio en las llamadas “primaveras árabes”, su máxima expresión devino después en completa catástrofe, y ha fracasado.

Hay una sensación generalizada de fracaso en los países que la vivieron en  carne propia y también en los países que la estimularon como Estados Unidos y los miembros de la Unión Europea.

 Estos atentados se veían venir. Era una cuestión de tiempo. La tensión en la seguridad belga y de la Unión Europea creció mientras los cabecillas de la franquicia terrorista que se hace llamar Ejército Islámico intentaban encontrar su oportunidad para golpear en el espacio que alberga a  la burocracia mayor de la Alianza Transatlántica

También en Naciones Unidas se respira ese fracaso, porque tampoco ha podido liderar ni organizar un sistema transitorio, al menos, de manejo de las situaciones de desestabilización que se han producido en Afganistán, Irak, Siria, Libia, Egipto, Yemen. O, de contención de las ambiciones de supremacía de Turquía y Arabia Saudita.

Con todo lo anterior, la sensación de frustración mayor, la llevan aquellas redes operativas de terroristas subcontratados que ven que el plan de derrocar al presidente en Siria se desmorona, que Irán se ha convertido en una potencia regional confiable y con la cual se puede negociar, que las fuentes de ingreso se están cerrando y que solo queda matar a destajo por represalia.

Arabia Saudita y Turquía, en una disimulada compañía de Israel, han sido de los principales gestores de la operación de derrocar al presidente sirio Bashar el Assad, usando la industria terrorista que conocemos y que se hace llamar ejército islámico, o el ISIS o el DAESH. Estados Unidos y la Comunidad Europea permitieron que esos “free riders” gozaran de escaso control y en parte son responsables también de los efectos.

La comedia finaliza pidiéndole a Assad que deje su bastión de lucha contra el terrorismo en una Siria semi destruida.  De qué diplomacia estamos hablando después de haber usado terroristas para derrocar un gobierno antagónico a los intereses transatlánticos.

Cuál es el corpus teórico que fundamente relaciones internacionales a partir de esta brutal realidad. Es el fin de la comedia y las lecciones son confusas. Lo único claro es que después de cinco años de una brutal guerra, la decisión para lograr la paz depende del presidente sirio.

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