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¿Cómo medir el éxito?

por 28 marzo, 2016

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Estimado Sebastián, le escribo esta carta con motivo de una interesante entrevista concedida por usted a El Mostrador, donde señalaba, entre otras cosas, que “la derecha no admite que el modelo se agotó y la izquierda que fue exitoso”. He pensado en su declaración; en esta carta intentaré sistematizar las conclusiones que desprendo de toda mi gimnasia reflexiva.

Coincido con usted en una parte del diagnóstico: la derecha no admite que el modelo se agotó. Pues sí, el modelo neoliberal (en su versión chilena) se agotó, exprimiéndose a sí mismo en los niveles más irrisorios. Creo que usted y yo coincidimos al pensar que la derecha resumió la política a las políticas públicas, y su legitimidad a la administración. Despreciaron la política, entendiéndola como las grandes ideas que consensuamos para vivir (vivir con) en sociedad. Jamás pusieron atención a eso que Gramsci llamaba Hegemonía, es decir, el hacer coincidir su interés con los intereses de la gente. Hoy, que las cosas han cambiado, los operadores políticos dan sus últimos suspiros en un oscuro desierto de astros indiferentes, tan perdidos como quedaron quienes creían en el “socialismo real” con la caída del muro. Coincido, entonces, cuando usted describe el panorama político chileno con “una derecha que se fue a extramuros, que ha decidido vivir segregada del resto del país, no conocer al otro, y todo eso al final obviamente que les pasa la cuenta”.

En el segundo punto (que la izquierda no asume que el modelo fue exitoso), sin embargo, tengo bastantes dudas. Según la RAE, el éxito (de exĭtus) resulta al salir bien de algún proceso. Ese algo, en Chile, y en relación con tema que nos convoca, sería una temporalidad, un momento en el tiempo que, si me permite, podré clasificar entre la implantación del modelo económico (La Política del Ladrillo) hasta el fin de la transición (si es que ha terminado la transición).

Quisiera saber, estimado Sebastián, cuál es su concepción del éxito para un país, si es solo evaluado en lo relativo a la economía o considera también otros aspectos. Como usted sabe, un modelo determina el modo en que se relacionan las distintas partes de una sociedad. El modelo neoliberal sumió todos los ámbitos de la actividad humana a subsistemas de esa lógica superior.

Si medimos el éxito en términos macroeconómicos, por supuesto que Chile ha crecido. Si lo hacemos en términos microeconómicos, la gente tiene mayor acceso a bienes y deuda. Si el éxito es medido en virtud de compararse con el resto de países de Latinoamérica, Chile también ha sido exitoso. Pero ¿no sería más óptimo denominar esto como “éxito económico” y no reducir todos los ámbitos de la vida humana a la economía?

En 1998, el informe “Las Paradojas de la Modernización”, del PNUD, se atrevió a integrar dimensiones como el miedo y la desconfianza a los análisis sociológicos. Ahí, se planteaba que el país crecía económicamente, con el costo de la infelicidad y el deterioro constante de las relaciones sociales. Para ese entonces, el 53% de los chilenos percibía el crecimiento de la economía. Sin embargo, el 82% no consideraba ser más feliz, a pesar de ese crecimiento. La paradoja del crecimiento era (es) evidente: el país crecía económicamente, a la par con el miedo y la desconfianza. Cito un elemento como el miedo, y no lo hago de modo antojadizo, pues me permite abarcar un sentido más amplio del concepto de “éxito”. No solo desde el punto de vista económico. De cierto modo, el miedo es la cara opuesta al crecimiento económico.

Quisiera saber, estimado Sebastián, cuál es su concepción del éxito para un país, si es solo evaluado en lo relativo a la economía o considera también otros aspectos. Como usted sabe, un modelo determina el modo en que se relacionan las distintas partes de una sociedad. El modelo neoliberal, sumió todos los ámbitos de la actividad humana a subsistemas de esa lógica superior. Es decir, la privatización de los sistemas de pensiones, salud o sectores claves de la economía son otros subsistemas del mismo modelo, funcionando bajo la misma lógica. Hoy, ninguno de esos subsistemas cuenta con legitimidad. Se derrumban, así como se derrumba el panorama político.

Siempre me he preguntado cuál ha sido el costo social, si pudiera medirse, de este modelo que usted define como exitoso. Quizás usted, estimado, pueda ayudarme. Alguna vez leí un artículo donde Eduardo Galeano contaba que, a fines de 1990, la revista Stern hizo una cuidadosa estimación de los daños producidos por el desarrollo en Alemania. La revista evaluó, en términos económicos, los perjuicios humanos y materiales derivados de los accidentes de autos, los congestionamientos del tránsito, la contaminación del aire, del agua y de los alimentos, el deterioro de los espacios verdes y otros factores, y llegó a la conclusión de que el valor de los daños equivale a la cuarta parte de todo el producto nacional de la economía alemana.

En cuanto a la génesis del modelo, también podríamos evaluar los costos humanos que carga. En ese sentido, es dudoso escuchar que el triunfo del capitalismo nace de la libertad, o que el libre mercado es consustancial a las democracias. Esta afirmación me parece imprecisa, pues atenta, sobre todo, contra las víctimas de la represión de Estado en dictadura. En Chile, la instalación del modelo necesitó del shock y la crisis, necesitó desorientación y torturas, necesitó, en definitiva, de aniquilar a la oposición política, lo que, sea positivo o no, haya tenido avances o no en el plano económico, lo convierte en una imposición.

Es decir: el modelo arrastra una naturaleza esencialmente violenta. Sospecho que, bajo ese contexto, en Chile se fundó un “capitalismo entre amigos”, o lo que Naomi Klein describía como “Corporativismo”, es decir, la fusión entre el Estado y una elite económica, considerando, sobre todo, el proceso de la privatización de las empresas públicas en dictadura. Con los años, el neoliberalismo se ha confundido con la libertad de algunos grupos económicos para monopolizar el mercado; ejemplos hay de sobra. Acá, me temo, jamás llegó el espíritu del capitalismo de Weber. Por eso, no está de más preguntarse si es realmente libre nuestro libre mercado.

Lo saludo desde Chile, estimado Sebastián, esperando sus apreciaciones respecto al tema del éxito del modelo.

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