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Las elites y el paradigma del imbécil

por 3 mayo, 2016

Las elites y el paradigma del imbécil
Finalmente, y para reforzar este adormecimiento colectivo, la elite se siente tranquila, porque mientras desprecian y mienten, los electores se divierten. Están el fútbol, la selección con sus asados correspondientes, una televisión que conduce al trance colectivo con noticias centradas en la delincuencia, las anunciadas lluvias que nunca llegan o, simplemente, un consumismo devastador avalado con un sistema financiero que nos ha llevado, en cuanto sociedad, al endeudamiento asfixiante como forma de vida.
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Ya no es un misterio el que los seres humanos funcionamos en esta vida con seteos mentales. Creencias y programaciones que actúan, la mayor parte de las veces, de manera inconsciente en cada uno de nosotros y que, finalmente, definen la forma en que vivimos nuestra vida.

Estos seteos mentales son personales y son producto de nuestra particular historia, pero también pueden ser colectivos. Por ejemplo, el clásico seteo patriarcal que ha dado origen durante siglos a ciertas formas de conducirnos en nuestras familias y en nuestras organizaciones.

Se trata del paradigma tayloriano –aludiendo al notable pensador de principios del siglo pasado, F. Taylor–, en donde, sin darnos cuenta, hemos asumido que tenemos poder sobre las personas y que podemos someterlas. Es el clásico ejemplo del padre con sus hijos, en donde se da por supuesto el respeto y la obediencia a la autoridad. Este paradigma supone además una mujer servicial y un padre proveedor. Evidentemente, este paradigma inconsciente también esta presente en nuestras organizaciones bajo la figura del “jefe”, personaje legendario al cual se le debe obediencia, admiración y cierta dosis de temor.

En nuestro país la elite política pareciera haber funcionado durante mucho tiempo con el “paradigma del imbécil”. Un seteo mental que supone ciertas creencias previas. La primera creencia que observo, desde mi mirada profesional, es el del “ser especial”.

En efecto, los miembros de nuestra clase política en general (y discúlpenme la generalización), asumen de manera inconsciente que “son distintos y mejores”. Esta peregrina idea surge al parecer del solo hecho de “ser elegidos”. Por lo tanto, ellos asumen que merecen tener privilegios que el resto de los ciudadanos no tenemos, ingresos fuera de todo promedio, viajes en primera clase y hoteles cinco estrellas pagados por todos nosotros, la pertenencia a una elite privilegiada en la cual se mezclan con empresarios de alto fuste e incluso artistas y todo lo que huela a fama. Para ellos es normal que la gente quiera fotografiarse con ellos y han aprendido el dulce deporte de las selfies. Se sienten diferentes.

Lo peligroso de este seteo mental es que va asociado a uno que es más perverso, que consiste en pensar que las personas comunes y corrientes somos imbéciles. Esto significa que no nos damos cuenta, que no nos percatamos o que, si lo hacemos, rápidamente nos olvidaremos. Este paradigma también incluye la curiosa idea de que aún guardamos temor por la autoridad, por lo tanto, no nos atreveremos a manifestar nuestra rabia y dolor frente a la corrupción, al mal manejo, a los delitos prescritos, a la descarada forma de servirse de una función que en su esencia es de la más pura nobleza, como lo es la política. ¡Gracias, dictadura, por mantener a los ciudadanos aún sumidos en el miedo y en el temor a manifestarse!

Esta forma de pensar, que tiene su origen en este penoso paradigma, genera al menos dos conductas que son cada día con mayor fuerza repudiadas por una sociedad enferma y desgastada.

Ellos asumen que merecen tener privilegios que el resto de los ciudadanos no tenemos, ingresos fuera de todo promedio, viajes en primera clase y hoteles cinco estrellas pagados por todos nosotros, la pertenencia a una elite privilegiada en la cual se mezclan con empresarios de alto fuste e incluso artistas y todo lo que huela a fama. Para ellos es normal que la gente quiera fotografiarse con ellos y han aprendido el dulce deporte de las selfies. Se sienten diferentes.

Desprecio, es decir, no me importa lo que opines ni como te sientas. Ya se te olvidará y volverás a votar por mí, pues represento la ínfima esperanza de salir de tu pobreza mental y económica. Hago todos los esfuerzos para que sientas que me preocupo por ti. Te entregaré educación gratuita, aunque no me importa mucho en el fondo que sea de calidad porque, finalmente, es peligroso que puedas pensar demasiado.

Mentiras. Miento descaradamente, pues es vital mantener mi posicionamiento de “ser especial”, literalmente “elegido” y, por lo tanto, miento. No me importa mucho que te des cuenta al principio de que miento, porque si reitero mi mentira terminarás creyéndola. Miente, miente, que algo queda, es mi lema.

Finalmente, y para reforzar este adormecimiento colectivo, la elite se siente tranquila, porque mientras desprecian y mienten, los electores se divierten. Están el fútbol, la selección con sus asados correspondientes, una televisión que conduce al trance colectivo con noticias centradas en la delincuencia, las anunciadas lluvias que nunca llegan o, simplemente, un consumismo devastador avalado con un sistema financiero que nos ha llevado, en cuanto sociedad, al endeudamiento asfixiante como forma de vida. Al final todo ello nos mantiene “ocupados”, pues son preocupaciones diversas… es la diversión.

No logro imaginarme lo que significaría mantener este estado de cosas por mucho tiempo más en una sociedad que viene experimentando cambios. En efecto, estamos comenzando a vivir con mucha fuerza transformaciones sociales avaladas en una creciente red de comunicación virtual y una gran necesidad de manifestarse.

Sin embargo, mientras se mantenga el paradigma del imbécil en nuestros elegidos, estaremos alimentando una creciente bomba social que en algún momento, más temprano que tarde, explotará con consecuencias impredecibles, pues, para infortunio de nuestra elite, estos paradigmas ya no son válidos. Los padres ya no pueden someter tan fácilmente a sus hijos, los jefes deberán transformarse en líderes o serán inevitablemente reemplazados y, lo más relevante, no somos imbéciles y ustedes, señores de la elite, no son seres especiales.

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