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Eso de convertir a los humanos en “capital” (o decir “no salgas a marchar”)

por 15 junio, 2016

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Sergio Urzúa, economista e investigador del Centro de Estudios Públicos, despachó el 12 de junio una memorable columna en el diario El Mercurio, que tituló sugerentemente “Menos marchas y más estudio”. La columna es notable tanto por el tono de consejo que ofrece a un hipotético “estudiante talentoso” –que no marche y estudie más– como por lo que revela de la ideología que ha primado en la irracionalidad que organiza nuestra educación: la famosa Teoría del Capital Humano.

En lo básico, la teoría del Capital Humano dice que cada persona vale, en términos monetarios, lo que un mercado ofrece a sus capacidades acumuladas. Por lo mismo, la acumulación de capacidades significaría un retorno individual, lo que justifica que la educación tenga que ser costeada por los individuos. Urzúa invita al hipotético estudiante: “Deja de marchar y mejora tu competitividad”, augurando que el talento será algo escaso en el futuro, y quien aproveche de estudiar podrá explotar dichos talentos, incluidos el de ser perseverante y tener “carácter” (o “grit”, en la importada denominación de Urzúa).

En el mundo ideal del “Capital Humano”, la productividad y el crecimiento económico dependerían de las capacidades acumuladas por los individuos, y aprovechadas por las empresas con una “externalidad positiva” para la sociedad. De allí que una gran preocupación de los economistas tenga que ver fundamentalmente con la designación de tales capacidades y su relación con la productividad. Urzúa mismo se ha preocupado del tema, haciendo ejercicios tremendamente interesantes como la correlación entre el puntaje Simce –una designación de capacidad– y el sueldo futuro de un estudiante –un proxy de productividad y/o retorno–, llegando a conclusiones más o menos obvias: a mayor puntaje Simce, mejoraría el sueldo futuro.

La obviedad de la conclusión reside en un elemento que ha sido despreciado por quienes trabajan con los preceptos del Capital Humano: que las designaciones de capacidades dependen también de relaciones sociales dentro de las “unidades de producción” –escuelas, universidades o centros de capacitación–. Y una relación social importante es justamente la clase social, que por mucho amasijo tecnocrático de agrupamientos para “comparaciones justas” se hagan, siempre muestra una porfiada realidad: los pobres tienen menor puntaje que los ricos en las designaciones de capacidades (como el Simce). Por lo tanto, hay algo más a la productividad que la mera acumulación de talentos a nivel individual.

La calidad, como concepto en educación, es preocupación de quienes quieren transformar las capacidades humanas en “Capital Humano”. Es la transformación del individuo en un conjunto de “certificaciones de calidad”, que en el ciclo vital actual se inician con toda la batería de estrechas mediciones educativas aplicadas en la escolaridad, continúan con las segmentaciones de clase para estudiar en educación superior, y perduran incluso en las acumulaciones “demostrables” de capacidades en postgrados (por algo en Conicyt las becas de postgrado se organizan bajo el alero de un programa llamado “Capital Humano Avanzado”).

En nuestro tiempo, el Estado se ha involucrado enérgicamente en armar instituciones que resuelvan el problema de los economistas –la designación de capacidades para la productividad– a través de la burocratización de los juicios a las capacidades: creando agencias de acreditación, incentivos al desempeño o monstruos como la Agencia de la Calidad de la Educación.

Y es que esa certificación constante no solo actúa burocratizando instituciones educativas, sino también como dispositivo para reducir el “riesgo” que involucraría para un inversor el asumir el costo –el capital– de la contratación de las capacidades de los humanos.

En nuestro tiempo, el Estado se ha involucrado enérgicamente en armar instituciones que resuelvan el problema de los economistas –la designación de capacidades para la productividad– a través de la burocratización de los juicios a las capacidades: creando agencias de acreditación, incentivos al desempeño o monstruos como la Agencia de la Calidad de la Educación.Y es que esa certificación constante no solo actúa burocratizando instituciones educativas, sino también como dispositivo para reducir el “riesgo” que involucraría para un inversor el asumir el costo –el capital– de la contratación de las capacidades de los humanos.

A pesar del ideologismo que nos presenta Urzúa, sabemos que en Chile operan otros mecanismos sobre el mérito y el “retorno individual” a las capacidades. Sabemos que en Chile más del 80% de quienes ostentan posiciones de liderazgo en empresas provienen de 10 colegios y un puñado de universidades. También sabemos que más de un 90% de esos líderes son hombres.

Un panorama similar se observa en los liderazgos a nivel político, donde la mayoría de quienes tienen posiciones de representación provienen de colegios particulares pagados. Hay sesgos de clase y género, por lo menos, al “producir líderes”.

Por lo mismo, a Urzúa le recomendaría salir a marchar un día y hablarles a estudiantes que marchan, a seres humanos con sueños y no “Capital Humano” con “competencias”. Tal vez se asomarían en perspectiva razones más profundas por las cuales motivarse a la vida, razones que exceden al mero “retorno individual” con que nos encasillan las ideas del “Capital Humano”.

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