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Formación de genios

por 23 junio, 2016

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El debate sobre la educación en Chile, desde el 2011 a esta parte, ha tenido varios aspectos. Me centro en un contenido educativo que pudiera tal vez intentarse: formar genios. Lo propongo con cierta inseguridad.

El tema es delicado. Los genios son admirables por su aporte, pero temibles por los efectos secundarios de su condición. Peor aún son los que se tienen por genios. Unos y otros suelen ser individualistas. ¿Necesita el país más egoístas de los que ya tenemos, más ególatras y caprichosos? Una educación aristocratizante sería fatal. Nos sobran personas que se desentienden de su prójimo, creídas, maleducadas o insolidarias. La genialidad es caldo de cultivos de nazismos y monstruosidades de este tipo.

Se dirá, por otra parte, que los genios se dan solos, que es ridículo tratar de producirlos. Pero yo reclamo otra genialidad. Todo ser que viene a este mundo tiene pasta para ser gen-uino, gen-til y gen-eroso. Estas tremendas virtudes, estoy convencido, pueden enseñarse y aprenderse.

Me preocupa a veces que nuestra educación chilena sea estandarizante, que pueda apagar lo gen-uino. Noto niños acomplejados por su incapacidad de aprender. ¿No se estará dando demasiada importancia a las notas? El Simce aterra. Asusta al director del colegio, quien a su vez mete miedo a la profesora, la que por un lado alerta a los apoderados y por otra presiona directamente a los alumnos. Notas, premios, asistencia… ¿No estaremos formando personas para competir contra los demás, infantes que repiten lo que nunca llegarían a aprender por sí mismos, curcos que obedecen hasta a su sombra y aduladores?

¿Y estamos formando personas gen-tiles? ¡Qué hermosa palabra! Todos tenemos un mínimo de capacidad de dar las gracias y de pedir perdón. Gentil es alguien que ha desarrollado el sentido del prójimo. No lo tiene precisamente el estudiante que se larga al piso del Metro quitando espacio a los demás y arriesgando su seguridad. Menos la tiene el graffitero que raya las ventanas de los carros, los asientos, las murallas porque quiere expresarse o qué sé yo. El don de gente puede educarse; también el instinto para adivinar qué le sucede a nuestros seres queridos, a la esposa, al compañero de trabajo. La gen-te gen-til nos devuelve las ganas de vivir.

La gen-erosidad también se enseña. En este caso ayuda mucho gen-erar en el formando la aptitud de ponerse en la situación del necesitado. ¡Necesidades hay tantas! Bien se puede aprender a sufrir en el lugar de los otros la carencia que les afecta. ¡Que le duelan los demás! Hasta que espontánea, libre y alegremente pueda uno sacrificarse por ellos, darles tiempo, amor, además de pan y de justicia.

Nuestra gen-ética nos ha dotado de la posibilidad de ser geniales: genuinos, gentiles, generosos.

Necesitamos personas geniales, si por tales entendemos gente-gente; personas auténticas, que se den ellas mismas, en vez de ofrecer palabras, regalos o posturas para agradar a las mayorías. La educación debiera poder formar mujeres y hombres educadas, gentiles. Tendría que formar niños dispuestos a sacrificarse por los demás, por el país, conscientes de sus derechos, de su dignidad, tanto como de sus deberes y de la dignidad de sus conciudadanos

¿Hay profesores a los que se pueda pedir algo así? Sí, muchos de ellos lo hacen. Si no logran formar genios, es otro asunto. Lo principal es intentarlo.

Inevitablemente recurro a mi propia experiencia. Se me excuse. Cuando más pude influir en los jóvenes fue cuando tuve a mi cargo una de las etapas de formación de los jesuitas. Me propuse precisamente formar genios. Pensé que, para conseguirlo, debía ayudar a que ellos mismos conectaran el misterio de su vocación con la necesidad de estudiar con pasión e independencia. Un seminarista no puede interiorizar a un Jesús pasado por agua. Cristo pudo mandar a los herodianos a la punta del cerro porque hizo contacto e interpretó el clamor de su pueblo. Representó a las víctimas de la religiosidad hipócrita porque se puso en su lugar, y sufrió su marginación social y religiosa. Entendió que la conexión auténtica con Dios se prueba en una conexión profunda con el ser humano inocente o pecador. Jesús fue genuino. Fue gentil con los pobres, los enfermos, los endemoniadas, pero a la vez fiero contra los despiadados. La gentileza no excluye el coraje. De tanto mirar a Jesús pensé que el contacto con Dios habría de constituir a los estudiantes jesuitas en gente a la mano de cualquiera, gen-te in-gen-iosa y gen-erosa. Su educación no podía ser enciclopédica, menos uniformante. Debía contactarlos con sus contemporáneos, son su padecer, para responder a sus clamores apasionadamente, como personas libres, creativas y creíbles.

¿Lo logré? Mal hace un formador si piensa que depende de él formar a una persona. Debe, por el contrario, estimular a sus estudiantes para que se formen a sí mismos.

Necesitamos personas geniales, si por tales entendemos gente-gente; personas auténticas, que se den ellas mismas, en vez de ofrecer palabras, regalos o posturas para agradar a las mayorías. La educación debiera poder formar mujeres y hombres educadas, gentiles. Tendría que formar niños dispuestos a sacrificarse por los demás, por el país, conscientes de sus derechos, de su dignidad, tanto como de sus deberes y de la dignidad de sus conciudadanos.

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