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Editorial

La elección presidencial antes que la municipal

por 21 julio, 2016

La elección presidencial antes que la municipal
¿Cuál es el curso institucional actual? Lo que prevalece parece ser un vacío de poder presidencial y un concurso burocrático para acceder al cargo de Presidente de la República, pero sin hacerse real cargo de la crisis actual y de lo que el país parece demandar.
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El país bordea más o menos la docena de candidatos presidenciales. La mayoría autoproclamados antes de que exista el primer dato electoral duro del período: los resultados de las elecciones municipales de octubre de 2016. Todos aspiran a colocar su nombre en el aplausómetro de las encuestas, principalmente la CEP y el barómetro CERC, bajo la premisa de que, si tu nombre no figura como aspirante presidencial en ellas, te quedarás abajo de la carrera. Todo está muy líquido, pero nada es tan rápido como para aparecer y desplegarse de la noche a la mañana ya avanzado el primer semestre de 2017.

Desde el centro hacia la izquierda se han levantado Ignacio Walker, Ricardo Lagos, Isabel Allende y, hace pocos días, José Miguel Insulza, todos nombres previsibles de su sector. El Partido Radical, socio menor de su coalición, promueve fuertemente a Alejandro Guillier, quien aparece como una novedad en el escenario. Sectores de la DC hablan de la estrella ascendente de Carolina Goic y, por cierto, Claudio Orrego, quien no desea desperdiciar la campaña de primarias del año 2013.

En el ámbito de influencia social de la Nueva Mayoría y hacia la izquierda, se mantiene Marco Enríquez-Ominami y no se descartan dos o tres candidatos adicionales de las fracciones políticas autónomas, que actualmente viven un proceso de fragmentación mayor.

Una parte sustantiva de ese espectro político interpreta el momento político actual bajo el prisma de que es necesario contar con un liderazgo fuerte, que dé confianza y garantice una conducción de gobernabilidad para el país. Aunque no lo dicen, es obvia la referencia al bochorno de un Gobierno en ejercicio que hipotéticamente les pertenece, pero que la mayoría considera más un factor negativo que un activo político, debido a sus omisiones y errores.

La ausencia notoria de un sentido de Gobierno en medio de crisis, un tema explícito de La Moneda, impediría que se simplifiquen las prioridades y se marque un rumbo ordenado de gestión para una salida, al menos honrosa, al final del período.

Ello estaría golpeando de lleno las aspiraciones electorales del sector, razón por la cual las preferencias se inclinan por la figura de Ricardo Lagos, más incluso como la antípoda de lo que es Michelle Bachelet que por lo que realmente promete.

En la derecha las cosas no son mejores, aun cuando no tienen el desgaste diario de administrar un Gobierno en medio de una crisis. José Antonio Kast, Manuel José Ossandón, Alberto Espina, Francisco Chahuán y Sebastián Piñera son los nombres más visibles, hasta ahora. Todos autoproclamados. Se agregarían los de Andrés Allamand, siempre atento, el de Lily Perez, en caso de que no haya proceso de unidad y, por qué no, lo que queda de Andrés Velasco, en un juego tecnócrata de centro.

En el sector predomina la percepción de que el ex Presidente Piñera, quien ya está desplegado en campaña, es quien tiene la mejor opción, a pesar de los heridos que va dejando su digitación del fraccionamiento político de RN y la UDI.

Sin embargo, su dificultad mayor proviene de Manuel José Ossandon. No porque este arrastre unidad de la centroderecha sino porque maneja una imagen y un volumen de votos que posiblemente le harán falta a Piñera.

El ex alcalde de Puente Alto y y free rider de derecha es, dentro de su simpleza, bastante impredecible y capaz de levantar un fuerte arraigo electoral transversal merced a una voluntad que golpea directamente la lógica de los partidos políticos y, también, al poder del dinero, por lo menos mediáticamente.

Mientras Piñera usa su fortuna económica personal como su plataforma sustantiva –en un país masivamente enojado con los ricos–, Ossandón cultiva el carisma paternalista y mayoral de la vieja hacienda chilena, y no ha tenido pelos en la lengua para atacar a Piñera y a Lagos, como los representantes políticos de la colusión. En esto sintoniza muy alto con lo que piensa la gente.

Es posible que su entusiasmo no le permita crecer hasta poder ganar la elección, pero es uno de los pocos candidatos que no tiene otro techo que no sea él mismo, y eso es un problema adicional para Piñera. Si predominara una mirada de retorno al pasado, Manuel Jose Ossandón es lo más fresco y nuevo del escenario político, electoralmente hablando, y las elecciones se ganan con votos.

El exceso de candidatos está dejando en evidencia una anomia total del sistema político, que es anticipada por los líderes de cada sector en sus apuestas a mecanismos indirectos, como las encuestas o los controles burocráticos de los partidos, y menos a la convocatoria o encantamiento ciudadano.

Tal como hemos señalado en un editorial del 27 de mayo pasado, el país vive uno de los peores momentos de anomia política de su historia. Dijimos que había crisis institucional y reflexionamos acerca de la existencia de razones estructurales y de sistema en las democracias, que acentúan el rol del líder “siempre y cuando exista un equilibrio entre la capacidad de tomar decisiones y el efectivo control institucional de quien las toma”.

Dicho en otras palabras, los contextos institucionales no son neutros, y determinan los poderes y controles, favoreciendo o impidiendo determinados cursos de acción. Así, los liderazgos no son modalidades culturales de ejercer el poder sino acciones políticas de impulso al interior del sistema, que requieren capacidad para adoptarlas.

¿Cuál es el curso institucional actual? Lo que prevalece parece ser un vacío de poder presidencial y un concurso burocrático para acceder al cargo de Presidente de la República, pero sin hacerse real cargo de la crisis actual y de lo que el país parece demandar.

Refuerza ese hecho el que decisiones del Gobierno adoptadas en torno al Sename o Gendarmería, o lo actuado en ejercicio de sus propias competencias por el Congreso, no puede ser catalogado como un “estar en control” de las instituciones. Más aún, la extrema judicialización de la política y la deficiente administración del Estado solo contribuyen a fragmentar el poder y a minar un sentido de orden común en las elites, absolutamente necesario para un tratamiento racional de los problemas y las controversias.

Las características básicas del momento político son la falta de confianza entre los actores, los procesos de fragmentación, el descontrol institucional y la pérdida del sentido de representación ciudadana. No hay procesos de diálogo y unidad conjuntamente con los de competencia, pues no existe un sistema de referencias comunes sino un enrevesado enervamiento de toda figura o tema solo para encontrar el mecanismo que garantice la supervivencia dentro del sistema.

Un tema no menor dentro de esto es que el descontrol institucional hace rato que roza al Servicio Electoral, ya sea en la credibilidad interna entre quienes lo componen, los problemas judiciales ajenos a lo electoral que lo tocan o la creciente complejidad técnica de un padrón aumentado de gente que simplemente no va a votar, vis a vis de un problema de recursos.

Peor aún, cuando la garantía proviene no de la profesionalización sino del cuoteo político, el tema se oscurece aún más.

De ahí que el exceso de candidatos esté dejando en evidencia una anomia total del sistema político, que es anticipada por los líderes de cada sector en sus apuestas a mecanismos indirectos, como las encuestas o los controles burocráticos de los partidos, y menos a la convocatoria o encantamiento ciudadano.

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