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La impugnación del diagnóstico restaurador

por 24 agosto, 2016

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Tal como era de preverse, la interpretación de los resultados de la encuesta CEP publicada el viernes pasado fue hegemonizada por los agentes encargados de blindar analíticamente los esfuerzos de la política restauradora. El “colchón” discursivo que recibirían los datos se venía montando hacía varias semanas. El propio consejero del CEP, David Gallagher, afirmaba en una entrevista otorgada a El Mercurio, a solo cinco días de oficiarse la entrega, que “la gente se cansó de exceso de ideología y quiere un gobierno moderado, que gestione y administre bien el país”.

Una vez publicada la “madre de todas las encuestas”, el ex ministro del Interior, Jorge Burgos, replicaría un argumento similar: “Tengo la impresión de que la gente está esperando propuestas menos refundacionales”. Como es costumbre, el editorial del domingo de La Tercera también se acoplaría brillantemente a estas interpretaciones.

En dicho editorial, se establecía que los resultados obtenidos “confirman que hubo un evidente error de diagnóstico respecto de cómo se han priorizado las reformas y la manera en que han sido concretadas. Es valioso que frente a esta agenda ideológica, que busca cambiar radicalmente las bases del modelo que ha seguido el país, la encuesta muestre, en cambio, que la respuesta de la ciudadanía va por un camino opuesto y menos ideologizado”.

Los ejemplos podrían multiplicarse por doquier. Sin embargo, basta mencionar los tres casos precedentes para contrastar los diagnósticos hegemónicos ofrecidos por los grupos restauradores en torno a la situación política actual con la imagen que ofreció el país el pasado domingo 21 de agosto. Dicho contraste permite evidenciar un claro “cortocircuito” entre las explicaciones ofrecidas por el establishment y los síntomas de agotamiento que manifiesta el modelo neoliberal y los bloques políticos tradicionales.

No es muy difícil constatar que el bloque restaurador ha insistido en que el desplome de los porcentajes de aprobación de Michelle Bachelet, el Gobierno y la Nueva Mayoría, no solo se debe al desencanto de la población ante una ejecución reformista desprolija, improvisada y con escasas definiciones técnicas, sino que también, y fundamentalmente, se debe al rechazo de la gente a las propuestas maximalistas, en gran medida, alimentadas por el espíritu refundacionalista de un programa de Gobierno en el que ya nadie se reconoce.

Precisamente, una de las cuestiones más interesantes de este caso, es que la refutación en contra de la interpretación hegemónica de los resultados de la encuesta CEP, no vino desde sectores intelectuales subalternos capacitados para posicionar una lectura distinta a los datos otorgados por la medición. Tampoco, la objeción provino desde el ámbito de la ciencia o la politología. Más bien, la crítica que fracturó lectura restauradora emanó desde los propios síntomas generados por “los tiempos de la politización” (no por nada, tesis del último informe PNUD emitido el 2015). En síntesis, es la emergencia de lo social –expresada en una de las marchas más multitudinarias de la última década– la que hace trizas los diagnósticos restauradores.

Pues bien: ¿cómo explican estos sectores las movilizaciones en contra de la “viga maestra” del patrón de acumulación neoliberal instaurado en el país? Acaso la propuesta para reformar el sistema, emitida en cadena nacional hace dos semanas por Michelle Bachelet, ¿no había sido celebrada como un gran “acuerdo político nacional”, apoyado unilateralmente y con muy pocos “matices” por el pacto gobernante, Chile Vamos e incluso los representantes de las propias AFP?

No es muy difícil constatar que el bloque restaurador ha insistido en que el desplome de los porcentajes de aprobación de Michelle Bachelet, el Gobierno y la Nueva Mayoría, no solo se debe al desencanto de la población ante una ejecución reformista desprolija, improvisada y con escasas definiciones técnicas, sino que también, y fundamentalmente, se debe al rechazo de la gente a las propuestas maximalistas, en gran medida, alimentadas por el espíritu refundacionalista de un programa de Gobierno en el que ya nadie se reconoce.

Evidentemente, la matriz cínica levantada por todo discurso restaurador, ante la imposibilidad de oponerse abiertamente a un ideario de transformaciones que se ha vuelto sentido común, es bastante clara: “No es que nos opongamos a las reformas, por el contrario, queremos reformas, pero graduales y bien hechas”.

Estos diagnósticos reducen groseramente la complejidad de un escenario sociopolítico en el que las tasas de desaprobación se explican incorporando las dimensiones fundamentales de un proceso en el que se conjugan fenómenos tan intensos como la descomposición del sistema político, el develamiento del “incestuoso maridaje entre el dinero y la política”, la implosión interna de las coaliciones políticas transicionales, la defraudación de expectativas ante las promesas de cambio levantadas por la Nueva Mayoría y la maduración de una alternativa política anclada al resurgimiento de los movimientos impugnadores, que nuevamente irrumpen en un escenario sociopolítico cada vez más abierto de cara al próximo ciclo eleccionario.

Ciertamente, un análisis de los datos emanados por las encuestas no debiese perder de vista dichos componentes, al momento de ofrecer sus explicaciones e intenciones políticas derivadas.

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