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Mi voto, ¿vale?

por 22 octubre, 2016

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Durante más de quince años hicimos gala de no tener gran parte de los males propios del barrio latinoamericano donde la injusta geografía nos depositó. A nosotros nos gusta compararnos con los países de la OCDE y no con sistemas políticos corruptos e ineficientes; poco confiables y con instituciones frágiles. Los escándalos de corrupción han magullado nuestra autoestima y si bien todavía podemos mostrar indicadores que, en general, son mejores que los de nuestros vecinos la brecha es claramente menor.

Ahora, el bochorno del padrón electoral viene a poner en evidencia otra fragilidad más; una que nos acerca más ya no a los vecinos sudamericanos sino que a sistemas políticos aún más débiles en donde las capacidades para organizar el proceso fundamental de todo sistema político -las elecciones- son cuestionables.

La importancia de las elecciones radica no solo en la generación de representación sino también de legitimidad. El que casi medio millón de ciudadanos vea dificultado -y en casos extremo, imposibilitado- su posibilidad de ejercer el voto no es un dato marginal. No es necesario ser politólogo para darse cuenta que se está afectando negativamente un derecho ciudadano fundamental y no se entiende por qué los tribunales no acogieron el recurso de protección interpuesto por una ciudadana para garantizarle su derecho.

Las elecciones municipales debieran haberse postergado. Arreglar el entuerto y convocarlas cuando se esté en condiciones de asegurar que nadie esté imposibilitado de votar por razones atribuibles al deber del estado de garantizar la calidad de proceso tan fundamental. Si es el SERVEL o el Registro Civil es indiferente en este momento de la conversación: es responsabilidad del Poder Ejecutivo, en tanto conductor y responsable último de este proceso, garantizar la calidad de un bien público como el padrón electoral; más aún si se tiene antecedentes que estos problemas se arrastran desde hace varios años. Es eso un atenuante; no pues; agrava el error el saber de su existencia desde hace años y no haber tomado las medidas oportunamente.

En estas elecciones, para las cuales ya se estima un nivel de abstención más que preocupante, habrá varios miles de ciudadanos que no podrán votar. ¿Y si las diferencias entre el ganador y perdedor es mínima; no podrá éste cuestionar el resultado? Y sino lo cuestionara, ¿no se vería la legitimidad del triunfador ciudadanamente cuestionada? ¿Se imaginan si esto hubiera pasado en una elección presidencial reñida como la peruana de hace unos meses o como la que enfrentó a Lagos y Lavín en segunda vuelta, el año 2000, en la que la diferencia fue de solo 40 mil votos?

Hace algunos años, se estrenó la película Swing vote. En clave hollywoodense, con Kevin Costner como padre irresponsable de una niña de doce años con una muy clara conciencia cívica, construye un escenario ficticio en el que un ciudadano tiene que votar nuevamente. Por esas casualidades que solo suceden en las películas, hay un empate entre los dos candidatos y ese es EL voto que define la elección estatal y, con ello, la elección presidencial el particular sistema electoral mayoritario estadounidense.

Claro, es solo ficción. Pero acordemos que la democracia moviliza entusiasmos porque -en parte- instala esa expectativa -ilusión, en el sentido positivo de la expresión- de que el voto de una persona puede ser tan decisivo como para, en ciertas ocasiones, cambiar la decisión colectiva. El próximo domingo 23 de octubre, se eligen concejales y alcaldes. Los alcaldes, al igual que el presidente, se eligen por mayoría. En el caso municipal, mayoría simple.

En estas elecciones, para las cuales ya se estima un nivel de abstención más que preocupante, habrá varios miles de ciudadanos que no podrán votar. ¿Y si las diferencias entre el ganador y perdedor es mínima; no podrá éste cuestionar el resultado? Y sino lo cuestionara, ¿no se vería la legitimidad del triunfador ciudadanamente cuestionada? ¿Se imaginan si esto hubiera pasado en una elección presidencial reñida como la peruana de hace unos meses o como la que enfrentó a Lagos y Lavín en segunda vuelta, el año 2000, en la que la diferencia fue de solo 40 mil votos?.

Este es un problema serio y la elite política no ha estado a la altura -otra vez- de lo que la ciudadanía espera y merece.

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