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martes, 23 de julio de 2019 Actualizado a las 14:52

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“Funcionando extraordinariamente bien”

por 23 noviembre, 2016

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Seguramente esta frase, con que Michelle Bachelet describió –en una entrevista a El Mercurio– la forma en que su ex Comité Político estaba trabajando hasta el momento del pequeño ajuste de Gabinete –porque la verdad es que no se puede denominar más que como eso– entrará a competir con “me enteré por la prensa” a la hora de los balances de su segundo Gobierno.

La verdad es que en todo ámbito de la vida, cuando uno tiene la convicción de que las cosas andan bien, no hace cambios. Los entrenadores de fútbol han popularizado la famosa sentencia “equipo que gana, repite”, para expresar una especie de ley sublime: al fin logramos el equipo y la sintonía en el juego. Entonces, la Presidenta nos ha confirmado lo que ya todos sabíamos: este acotado cambio ministerial fue completamente reactivo, respondiendo a los intereses electorales de tres de sus colaboradores ansiosos por buscar un cupo parlamentario el próximo año. Y punto.

Ella misma se había encargado de generar expectativas adelantando, por primera vez, que venía una modificación de ministros. Pero, por lo visto, no existió la idea de marcar un punto de inflexión, proyectar un cambio de etapa o hacer un giro después de la fuerte caída en las encuestas –en el límite del 20%– del papelón de la ley exprés, de la derrota municipal y la crisis del reajuste al sector público, situación que evidenció un divorcio absoluto entre La Moneda y la Nueva Mayoría.

Aunque queda un tercio de su mandato, Bachelet parece conformarse con navegar según el rumbo que le dicte el viento. Otra oportunidad perdida.

¿Acaso la Presidenta no tuvo personas cercanas que le aconsejaran con firmeza que lo que se necesitaba era marcar un punto de quiebre? ¿O es que Bachelet ha logrado quedar solitaria y encerrada en esa nebulosa del poder que decodifica la señal de cambio como debilidad?

La Presidenta pudo haber enviado una señal potente al país, pero especialmente a los electores cercanos al oficialismo, los que en forma importante se sumaron al 65% de abstención. Se estima que de las 900 mil personas que esta vez no votaron, y que sí lo hicieron en 2012, el mayor porcentaje corresponde a gente cercana a la centroizquierda. A buen entendedor, pocas palabras. Un voto castigo, de los que podemos denominar como los indignados de la Nueva Mayoría.

Los días siguientes a los comicios, el Gobierno realizó un par de cambios “cosméticos” en el entorno del problema suscitado en el Servel y Registro Civil, incluyendo algunos subsecretarios. Una acción de muy bajo perfil, poco oportuna –el costo político ya se había pagado completo– y percibida como otro parche más.

Por eso que se esperaba con tanta expectación un anuncio que tenía como fecha límite el 19 de noviembre, al vencer el plazo de renuncia de los “postulantes” al Parlamento. Todo hacía pensar que la Mandataria aprovecharía la oportunidad para realizar un cambio profundo que trasuntara una decisión política acorde a la precaria situación por la que atraviesa el Ejecutivo. ¿Tan poco queda de la Michelle de su primer mandato, la que parecía tener la flexibilidad y astucia de capturar las transformaciones del entorno y así conectar con las personas?

En la práctica, la Presidenta ha reconocido y reforzado a dos de los ministros del Comité Político más cuestionados, especialmente por los partidos de la coalición que la apoya.

En primer lugar a Fernández, quien ha estado lejos de ser el conductor político que se esperaba. Se nota que el ex embajador no se siente cómodo en el cargo, y el desgaste de administrar los vínculos con los partidos de la Nueva Mayoría, y en particular de su propio partido, la DC, pareciera estar pasándole la cuenta pese al corto tiempo que lleva en esa posición.

Eyzaguirre, en tanto, ha estado en el foco de la crítica de manera permanente. Su falta de manejo político y su explosivo carácter le ha significado cultivar más detractores que aliados dentro del pacto oficialista. Sin embargo, su cercanía con la Presidenta –a quien en su momento incluso llegó a tratar de “gordi”– opera como una especie de seguro que irrita, especialmente en el PDC. Por algo la Mandataria lo ha defendido con fuerza en la entrevista concedida al diario El Mercurio.

La única novedad de este equipo político lo constituyó la incorporación de Paula Narváez. Una mujer experimentada, hábil y que tiene la ventaja de leer muy bien a su jefa y de ser escuchada por Bachelet. Ella puede ser la última opción de este alicaído Gobierno para intentar dar un rumbo distinto, claro que Narváez no podrá dar sola esta batalla.

Si Michelle Bachelet quiere recuperar parte del capital perdido, aún puede intentar proyectar una transformación, un nuevo estilo de conducción política –partiendo por terminar con la “ley del hielo” hacia la Nueva Mayoría– que le ayude en esta etapa.

Obviamente que una transformación estructural le habría ahorrado tiempo de decodificación a los ciudadanos, pero también lo puede intentar a través de un buen relato que sintonice con la gente que en su momento llegó a apoyarla en un 80%. “Voy a escuchar con mucha atención la voz de los ciudadanos, y creo que va a ser un llamado de atención”, señaló 48 horas antes del 23O. Bueno, todavía estamos lejos de que esos ciudadanos entiendan el significado del mensaje enviado esa fatídica noche.

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