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Bondades y peligros del “Big Bang” político

por 29 diciembre, 2016

Bondades y peligros del “Big Bang” político
Para qué referir las elecciones presidenciales, donde respecto a las tendencias que se observan en las encuestas –que ya, casi sádicamente, se publican todas las semanas– el apoyo popular a los aspirantes en la posición de partida no supera, en conjunto, el 35%, manteniendo fuera de cancha a casi el 70% del electorado, al punto que hoy se ve, con cierto aire de triunfo, el alcanzar sistemáticamente un quinto del electorado y se dan como “altamente viables” a aspirantes que no superan los 20 puntos. Ni hablar de aquellos que presentan menos del 10%.
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Diversos análisis sobre la actual situación política del país intentan visualizar los eventuales escenarios futuros sobre la base de conjugar la evolución, posiciones e intereses de los principales partidos, así como, recientemente, respecto de la capacidad de presión que tienen algunos de los múltiples movimientos sociales que se han expresado en los últimos años.

Sin embargo, en época de cambios, patrones de comportamiento anteriores para prefigurar conductas futuras, no solo resultan ineficaces, sino que también tienden a distorsionar una mejor percepción de los fenómenos más generales que efectivamente parecen estar incidiendo en el desenvolvimiento de los factores que intervienen en estos procesos. Y es que los cambios, si bien están fundados en nuevos conocimientos, que generan nuevas maneras de hacer las cosas y, a su vez, nuevas formas de relacionarnos, nos enfrentan también a nuevas éticas y costumbres, y a conductas que nos abren o cierran espacios de crecimiento y desarrollo personal y social.

Por ejemplo, referirse hoy a “las posiciones de la DC” es una generalización que no contribuye en nada a dilucidar las eventuales decisiones que dicha colectividad adoptará en lo sucesivo, no obstante la existencia de una orgánica y estructura que permite su funcionamiento como “partido”. Por de pronto, la DC está conformada por al menos siete grupos cuyas posiciones ideológicas y de intereses los separan en su práctica política diaria, generando vectores de tensión en diversas direcciones: “Progresistas por el Progreso”, “Guatones”, “Príncipes”, “Colorines”, “Disidentes”, “Chascones”, “Freistas”, “Gutistas”, todos los cuales difieren en forma y fondo respecto de su autocalificación como partido de “centroizquierda” o de “centro”; así como en relación con sus políticas de alianzas, y, en consecuencia, políticas públicas consistentes con dichas definiciones.

El PS, por su parte, tras haber vivido una diáspora que lo pulverizó en más de una decena de grupos internos en los años 70-80, había logrado reconstituir cierta unidad en torno a los Gobiernos de la Concertación y su política de alianza con la DC. Pero, hoy, tampoco parece eficaz referirse a las “posiciones del PS” en distintas materias, porque también conviven en su interior siete u ocho fracciones, como Nueva Izquierda, Renovación Socialista, Tercerismo, Grandes Alamedas, Colectivo Identidad Socialista, Izquierda Socialista, Frente Allendista, todas las cuales, a su vez, se definen tanto respecto a ciertos liderazgos, como a su posición en el arco de izquierda-centro-derecha, buscando una política de alianzas hacia el centro o la izquierda y propuestas de administración del Estado coherentes con aquello.

El PPD sufre similar situación. Habiendo nacido como una orgánica política instrumental para derrotar al régimen militar por medios políticos y pacíficos, su fundador, Ricardo Lagos, redujo los requisitos para integrar sus filas a “estar contra del sistema institucional de Pinochet y querer derrotarlo por medios políticos”. La extensión de su propuesta posibilitó el ingreso de personas de ideologías socialista, radical, socialdemócrata, liberal progresista, social liberal, de izquierda cristiana, mapucistas, comunistas, y hasta antiguos militantes de partidos derechistas como el Nacional y Republicano. Socio de la Internacional Socialista, en la actualidad, tampoco parece posible delinear sus futuras conductas desde la perspectiva ideológica socialdemócrata original y, más bien, se observan tendencias definidas por el temperamento de sus líderes “naturales”, como Ricardo Lagos, o su “controlador” –como calificara el renunciado dirigente ex PPD, Pepe Auth– al senador Guido Girardi.

No habría que olvidar, tampoco, que el PPD acoge al creador de la política de “retroexcavadora”, senador Jaime Quintana, quien parece tener mayor simpatía por una política de alianzas hacia la izquierda más que al centro, hecho que marca diferencias con el sector social liberal del partido respecto de las mejores políticas económicas y sociales; y que, junto al novel movimiento social liberal “Ciudadanos”, de Andrés Velasco, constituye una contrapresión para los avances de sus sectores más estatistas, circunstancia que, por lo demás, también vive la DC.

El viejo Partido Radical, a su vez, muestra también una larga historia de divisiones internas y una tendencia a alinearse con líderes de turno de la colectividad o, como en esta ocasión, externos, el independiente Alejandro Guillier, quien gracias a su expectante posición en las encuestas ha adquirido cierta influencia política en sus bases, aunque más por razones de conveniencias partidarias que por cuestiones propiamente ideológicas o programáticas, que aún son desconocidas.

No es que la diversidad y pluralidad de intereses y miradas de mundo que estamos presenciando como un “Big Bang” político y que se expresan naturalmente en una sociedad libre, abierta y democrática, sean malas para el país. Por el contrario. Lo malo, tal como en economía, es el “monopolio” que “oligarquiza” el funcionamiento político e impide –para no competir– el surgimiento de ideas, líderes y propuestas nuevas que los desafíen.

Finalmente, en la Nueva Mayoría, el MAS, de Alejandro Navarro, y la IC, de Sergio Aguiló, aunque menos influyentes, no son sino fracciones duras del socialismo, cuya vocación de alianzas hacia la izquierda más extrema y posición ideológica antiliberal y pro estatista permiten mayor certeza sobre sus posturas posibles –no obstante sus propias pequeñas luchas por el liderazgo interno–, situación que también se puede afirmar en relación con otros movimientos o partidos menores de izquierda. Con excepción del PC, colectividades como el PRO, Humanistas, Ecologistas Verdes, Igualdad, Movimientos Autonomistas o Autónomo o Revolución Democrática, tampoco son muy predecibles en materias específicas, dado que, aun cuando sus vocaciones ideológicas se pueden ubicar en la izquierda dura, la raigambre anarquista, ecologista o socioliberal de muchos de sus líderes, los hacen divergir en políticas públicas relevantes como educación, salud, medioambiente, cultura, o valores, poniendo grave opacidad a las ofertas de administración de Gobierno de una eventual alianza del sector, como el llamado “Frente Amplio”.

El cuadro hacia la derecha, aunque menos fragmentado, no es mejor. En efecto, la UDI ha sufrido por primera vez, desde su fundación, el público impacto de los cambios políticos, económicos, sociales y legales, generándose en su interior tendencias que, en ciertos casos, como el del diputado José Antonio Kast, han terminado por renunciar al partido –junto al silencioso abandono de otros–, mientras que, en su dinámica diaria, sectores liberales más jóvenes han salido a competir su conducción al tradicional bloque dominante de la entidad conocido como “los coroneles”. Así y todo, se trata de un partido más predecible y cuyas ideas y propuestas son extensamente conocidas, no obstante los matices internos.

En RN, la situación es similar y, aunque ha tendido a ordenarse bajo los mejores resultados electorales de las municipales, bajo la presidencia de Cristián Monckeberg subsisten tendencias que van desde el nacionalismo, hasta conservadores, liberales y socialcristianos, al tiempo que, a su fundación, concurrieron sectores socialdemócratas provenientes de la antigua Democracia Radical y ex militantes de centroizquierda. Esta amplia conformación ideológica terminó por generar dimisiones y grupos que, como Amplitud o Evópoli, constituyen ahora colectividades que buscan ubicarse en el centro político, tal como el PRI, escindido de la DC, y que, para efectos de análisis, tampoco resultan muy transparentes en sus posiciones respecto de ulteriores políticas públicas o alianzas estratégicas. Polémicas de intereses personales o ideológicos en su interior han provocado también sus respectivas crisis, con la dimisión al partido del senador Manuel José Ossandón y la dura contienda interna por transformarse en el candidato de RN a las primarias de Chile Vamos.

El surgimiento lateral y menos publicitado de una serie de movimientos políticos y sociales menores de corte “independientes”, “nacionalista” o “apolítico”, agregan confusión a las futuras decisiones potenciales del sector, al punto que, en diversos grupos, tradicionalmente asociados a posturas de derecha, se escucha preferir a Lagos como Presidente, antes que al propio Sebastián Piñera.

Así las cosas, con más de una treintena de partidos y movimientos en el “mercado” de la política chilena, el “Big Bang” que se preveía como resultado del cambio del sistema electoral binominal está en pleno proceso de expansión, aunque, por su pausada velocidad, no nos demos cuenta. Este se expresa, empero, en las desaprensivas y violentas polémicas al interior del sistema de partidos respecto de cualquier política pública, las recurrentes renuncias a las colectividades de destacados dirigentes o militantes de diversos colectivos, las dificultades para alinear, tanto a los grupos como a sus dirigentes, en las coaliciones políticas respectivas y la casi brutal independencia de juicio con que operan hoy los parlamentarios de casi todas las orgánicas en el Congreso, y que hacen salir “canas verdes” a las dirigencias partidarias y a sus estrategas sobre las alianzas políticas posibles o viables, según auguren derrotas o victorias potenciales, o dependiendo de si los colectivos van unidos o separados a los comicios parlamentarios de 2017.

Son cálculos legítimos, pues, en política, se trata del acceso a cuotas de poder. Pero muchas veces no son necesariamente razonables, si ideas, propuestas o sueños de país, se transan por el mero juego de potencias. En tal caso, la razón no es la fuerza; ni la fuerza, la razón. Y, en dichas circunstancias, a veces es mejor la derrota digna que la victoria mendaz.

Para qué referir las elecciones presidenciales, donde respecto a las tendencias que se observan en las encuestas –que ya, casi sádicamente, se publican todas las semanas–, el apoyo popular a los aspirantes en la posición de partida no supera, en conjunto, el 35%, manteniendo fuera de cancha a casi el 70% del electorado, al punto que hoy se ve, con cierto aire de triunfo, el alcanzar sistemáticamente un quinto del electorado y se dan como “altamente viables” a aspirantes que no superan los 20 puntos. Ni hablar de aquellos que presentan menos del 10%.

Es decir, como indica el sentido común, el proceso político está “líquido y abierto” para cualquier resultado y, por consiguiente, nos enfrentamos a la peligrosa circunstancia de que, en lo sucesivo, pueda intentarse en Chile cualquier política pública, si es que mayorías paupérrimas –como las que pudieran surgir de comicios en los que vote un tercio del electorado y se presente una decena de candidatos– busquen imponer, con legitimidad jurídica, –mas no necesariamente democrática– sus posiciones, en un ambiente social cada vez más desinteresado en lo nacional, por desconfianza hacia su clase política.

De dicha desconfianza y falta de credibilidad surge, en parte, la vía de acción ciudadana a través de movimientos sociales, sean estos más universalistas o claramente “single issue”. Hoy día no es “cool” pertenecer a un partido tradicional, sino a un “movimiento” y es mejor ser visto como “independiente”. Pero dichos movimientos, si bien pueden tener cierta claridad respecto del interés particular por el que luchan, muestran escasa o nula capacidad de visualizar el cuadro socioeconómico, político y cultural completo, que es la labor que, en las democracias modernas, se atribuye a los partidos y a sus respectivas consistencias (o inconsistencias) ideológicas, filosóficas o sueños de país.

Quien intente explicar hoy, por ejemplo, una posición favorable a la capitalización individual de pensiones es calificado simplemente de “fascista”; o “latero”, si quiere demostrar la coherencia entre su postura práctica y filosófica, que pone en el centro a la persona y no al Estado. La respuesta más “ideológica” sería, en tal caso, acusar a los primeros de “individualistas” o “egoístas”, no obstante que, en la vida real y a diario, cada uno de los críticos “tiene gallinas” cuando se trata de repartir lo propio. La “trampa” de Voltaire y Hegel, sigue, pues, causando estragos, pero pocos pueden dar cuenta de ella.

La capacidad crítica y autocrítica, racional, informada e inteligente, tan necesaria para una sociedad mejor, parece en retirada y el exageradamente lábil comportamiento de los partidos –supuestos epítomes de la razón y el conocimiento sobre el “orden de la polis”– aumenta la desazón de quienes quisieran aportar en tal dirección, apartándolos. No por otra causa, los partidos –todos– están alcanzando apenas la reafiliación de los pocos miles de fieles militantes que requieren para conformarse nuevamente y tener acceso a los fondos estatales que les permitan seguir funcionando como tales, en un entorno ya sin “mecenas”, porque el incesto política-dinero está amenazado por ley y por una ciudadanía enojada, con enorme acceso a la información.

No es que la diversidad y pluralidad de intereses y miradas de mundo que estamos presenciando como un “Big Bang” político y que se expresan naturalmente en una sociedad libre, abierta y democrática, sean malas para el país. Por el contrario. Lo malo, tal como en economía, es el “monopolio” que “oligarquiza” el funcionamiento político e impide –para no competir– el surgimiento de ideas, líderes y propuestas nuevas que los desafíen.

Lo malo, en fin, es que muchos incumbentes en la tan necesaria discusión nacional sobre los destinos de Chile, se hayan transformado, paulatinamente, desde leales promotores de sus respectivas propuestas filosóficas, políticas, sociales y económicas, en simples articuladores de poder, lo que, siendo también legítimo, cuando el empeño apunta a la difusión, materialización y práctica de aquellos valores superiores que conceden al hombre esa antigua pretensión de ser hijos de un Dios justo y bueno, no lo es cuando aquellos son guiados por inconfesos propósitos de mera satisfacción de algunos pulsos animales de la especie.

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