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Chile, ¿un país sin lectores?

por 14 junio, 2017

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A primera vista, la situación de la lectura en nuestro país resulta paradójica. Por un lado, hay consenso en las estimaciones más lapidarias: pocos avances en el comportamiento lector de la población adulta en los últimos años; magros resultados en la prueba PISA; bajo índice de comprensión de lectura entre los distintos segmentos etarios; una alta carga impositiva asociada al hábito de leer, etc., son motivos recurrentes en el diagnóstico.

Por otro lado, se aprecian notorios progresos en infraestructura regional y en facilitación del acceso de la población a textos escolares y a bibliotecas municipales; así también, el Plan Nacional de la Lectura 2015-2020 provee de un marco sistemático e integral para abordar la experiencia lectora desde perspectivas diversificadas. Como se ve, tendríamos parejamente razones para la mayor desolación o para cierto grado de optimismo (aún considerando que cualquier mejora sustantiva tomará varios años, si no décadas). No obstante, a nadie escapará el hecho concreto y comprobable de que los chilenos leemos muy poco, incluso de los temas que nos apasionan.

Como corolario de ese déficit general, escasamente valoramos la relación con la literatura. Parecen muy lejanos los tiempos de las ediciones populares de calidad y de los grandes tirajes a precios módicos. Se alegará (alguna vez lo he escuchado) que el IVA tiene en realidad una incidencia marginal en este declive, pero el lector de clase media seguro que encontrará difícil procurarse tres libros al mes. Es triste constatar que la lectura se va convirtiendo en el privilegio de unos pocos.

No es necesario atenerse ciegamente a un canon, cualquiera sea su proveniencia. En la medida en que cada lector, desde temprana edad, tenga la posibilidad de hacer su propio camino en el mundo de las letras, independientemente de los géneros que prefiera, se estará dando un gran paso para el cultivo de un gusto, si se quiere, más sofisticado: a la novela y a la poesía experimental no se llega más que perseverando y fomentando la curiosidad.

Si bien es cierto que las plataformas digitales son herramientas inestimables para la promoción de este hábito (generando, además, nuevas formas de interacción con los textos), no siempre es bueno subestimar el sencillo acto de leer un libro en formato impreso. De ahí la necesidad de afianzar su presencia en nuestros hogares. Quizá no exista una experiencia más íntima e imaginativa que aquella que tenemos a solas con un buen libro.

En el momento en que asumimos un pacto de complicidad con el escritor, entregándonos a sus tonos, a su vocabulario y sus voces, acompañando el ritmo de sus frases e internándonos en el mundo que despliega ante nuestros ojos, vamos apropiándonos también de las formas de ese mundo, enriqueciéndolas con nuestras propias interpretaciones, con nuestras memorias y experiencias. Cada lector está llamado a intervenir en el libro que está leyendo: es la resonancia necesaria para que el texto cobre vida, despertándose y proyectándose más allá de sí.

En el curso de la lectura, muchas voces se propagan, muchas imágenes palpitan, nunca una sola, nunca la misma. Es esa una riqueza peculiar de la lectura que se relaciona, en definitiva, con el hecho de seguir naciendo al mundo, de mirarlo como si fuese la primera vez. Por eso, al leer, es como si volviésemos a ser niños. Por eso, también, un niño que cae en el embrujo perdurable de la lectura forjará con ella una experiencia entrañable y positiva, que nunca querrá abandonar.

La transmisión de este simple hábito es una de las mayores herramientas de libertad que, como país, podemos legar a nuestras nuevas generaciones. Resulta imperioso que en el incentivo de la lectura tomen parte activa los principales mediadores, que junto con las escuelas son los familiares directos. Ahora bien, las familias podrán corresponder con su participación, solo si perciben que el estímulo lector se ve favorecido, entre otras cosas, por el acceso a precios razonables, única manera de equipar una biblioteca doméstica. Antaño, las ediciones populares tenían esta misión.

Con una pobre oferta local, quizá a falta de políticas específicas, y con kioscos y librerías de barrios por lo general desabastecidos (a diferencia de lo que se observa en países vecinos), van quedando pocas oportunidades para que niñas y niños en entornos carentes de poder adquisitivo puedan solventar su entusiasmo inicial. Sin duda tenemos una tarea pendiente, todavía, en el apoyo a iniciativas editoriales emergentes y a los procesos de distribución a lo largo de las regiones.

El acceso de niños y jóvenes a la gran literatura no es patrimonio, tampoco, de ningún género en particular. Bástenos recordar que la misma literatura infantil goza de espléndida vitalidad desde hace años, con destacados cultores en todo el mundo. O pensemos en el periodismo, que ha provisto de ejemplos históricos de escritura de alta calidad (Svetlana Alexiévich fue Premio Nobel en 2014). A veces nos sorprendemos con primicias inesperadas: hace algún tiempo, André Agassi publicó Open, su autobiografía, y fue muy elogiado por la crítica y el público.

No es necesario atenerse ciegamente a un canon, cualquiera sea su proveniencia. En la medida en que cada lector, desde temprana edad, tenga la posibilidad de hacer su propio camino en el mundo de las letras, independientemente de los géneros que prefiera, se estará dando un gran paso para el cultivo de un gusto, si se quiere, más sofisticado: a la novela y a la poesía experimental no se llega más que perseverando y fomentando la curiosidad.

Tan importante como franquear la barrera de los prejuicios o de las opiniones hechas sobre un género u otro, es que sepamos instigar el placer de la lectura en concordancia con los intereses particulares de cada persona. Entrevistas, testimonios, memorias, reportajes de actualidad, cuentos, novelas breves, semanarios, libros ilustrados, periodismo deportivo, todos los caminos conducen a la literatura de calidad, aun los que parezcan más alejados o superficiales. Cualquier género puede conectarnos con la más profunda experiencia literaria y será capaz de proporcionarnos herramientas para deambular, después, por otros territorios.

Debemos alentar esa libertad, ese tanteo, esa  afición por el lenguaje: solo así, en trato permanente con el lenguaje, sabremos dar expresión a lo que nos parece innombrable, a nuestras emociones y afectos más intensos, a nuestra desazón, a nuestros sueños.

Pues, en un país sin lectores, se vive sin ganas de soñar.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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