viernes, 22 de noviembre de 2019 Actualizado a las 11:01

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El futuro de la DC y los fraccionalismos: un peligro realmente terminal

El futuro de la DC y los fraccionalismos: un peligro realmente terminal
No es un misterio para nadie que la Democracia Cristiana no es un partido que responda a una moda, pero las cosas tienen un cierto límite y nos parece que a un partido con un fuerte sentido originario comunitario, fuertemente conflictuado por el individualismo imperante, le resultó muy difícil evitar que no sufriera un daño irreparable, y decimos esto con preocupación, porque se observa en la vida diaria que ninguno de sus miembros parece ya ser muy buen compañero de otros, sino que surgen antagonismos y fraccionalismos de los que hay que cuidarse y este es un peligro realmente terminal.
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La decisión tomada en su junta nacional de fines de abril, que definió por mayoría que la candidata Carolina Goic fuera a primera vuelta, ha sido objeto de muchos análisis y, entre ellos, algunos están señalando que constituyó un error o un acto premeditado de algunos de dividir la fuerzas que se proclaman como las de vanguardia o estandartes del progreso en Chile.

A pesar de que el debate fue escaso en esa junta, no se puede señalar que haya sido una votación desinformada. Sin duda todos supieron lo que se acordó y además el voto fue libre y secreto. Posiblemente la mayoría pensó que el camino iba a ser, a partir de ahí, sencillo y que tratar de cambiar los ejes políticos resultaría cosa de niños y que la candidatura Goic iba a ser fácilmente comprendida por un electorado como nunca mediatizado por las encuestas y los medios de opinión pública, los cuales se retroalimentan de tal forma que verdaderamente crean hechos. Para que las nuevas ideas se hagan como se requiere, es necesario permear los medios y eso no es fácil.

El esfuerzo de la Democracia Cristiana puede verse trunco si prima el temor. Para quienes han estado en el largo proceso que se inició a fines de los 80, sin duda les resulta más tranquilo y les causa menos temor que nada hubiese cambiado. Sin embargo, es incuestionable que las realidades humanas y la política están en el centro de ellas, hacen y deshacen constantemente las cuestiones que nos parecen inmutables. No existe una esencia estable en estas materias sociales, estamos bajo permanente amenaza y ocurre no solo con las conductas políticas.

La cuestión esencial es saber si el paso dado por la Democracia Cristiana obedeció a un cálculo de sus dirigentes o a una convicción y si estas cuestiones fueron debidamente sopesadas.

Ya hace 3 años escribíamos un artículo llamado “La DC Acorralada” y expresábamos que al partido de la flecha roja no se le había entregado la conducción de los ministerios claves, de ninguno; ya que Interior, Hacienda, Educación y Relaciones Exteriores quedaban todos en manos de militantes de izquierda y fueron precisamente esos ministerios los que condujeron las reformas electoral, constitucional, educacional, tributaria y posicionaron al país en el ámbito internacional.

Desde luego, terminado el binominal, el terreno político sufre un cambio estructural, el único real que reconocemos al actual Gobierno. La ineludible consecuencia era que apareciera algún nuevo elemento en escena y lo que había liderado por 20 años el Partido Comunista se conformó en una difusa estructura que se llama hoy Frente Amplio. Sin dudar de la honestidad intelectual de sus miembros, conviven neoliberalismos morales extremos que buscan rediseñar aspectos esenciales de la convivencia humana y de la organización de la sociedad y, junto con ello, se mezclan elementos estatistas en materia económico-social, que con el pretexto de que el mercado es cruel o salvaje, casi se le puede suprimir.

Desde otro ángulo, el Gobierno mismo careció de una adecuada afinidad desde sus inicios: Ya hace 3 años escribíamos un artículo llamado “La DC Acorralada” y expresábamos que al partido de la flecha roja no se le había entregado la conducción de los ministerios claves, de ninguno; ya que Interior, Hacienda, Educación y Relaciones Exteriores quedaban todos en manos de militantes de izquierda y fueron precisamente esos ministerios los que condujeron las reformas electoral, constitucional, educacional, tributaria y posicionaron al país en el ámbito internacional.

Lo descrito son simples hechos que no pueden ser discutidos y que fueron incubando profundas desconfianzas y se fueron agrandando con dimes y diretes, al tiempo que fueron empujando al Gobierno en todos los temas relacionados con cuestiones familiares, que pusieron siempre a la Democracia Cristiana en situaciones límites.

Los aspectos mencionados tienen distinto impacto, dependiendo el tipo de organización política de que se trate. No es un misterio para nadie que la Democracia Cristiana no es un partido que responda a una moda, sin perjuicio de que sus principios se van aplicando a nuevas realidades, pero las cosas tienen un cierto límite y nos parece que a un partido con un fuerte sentido originario comunitario, fuertemente conflictuado por el individualismo imperante, le resultó muy difícil evitar que no sufriera un daño irreparable, y decimos esto con preocupación, porque se observa en la vida diaria que ninguno de sus miembros parece ya ser muy buen compañero de otros, sino que surgen antagonismos y fraccionalismos de los que hay que cuidarse y este es un peligro realmente terminal.

Habría que agregar, dentro de este cuadro interno, que la coexistencia de visiones, lejos de irse definiendo, a partir de los acuerdos que se tomaron en el congreso de 2007, comienza a derivarse hacia el camino de los intereses estrictamente personales y es aquí donde nos encontramos entrampados.

Explicadas las razones por las que era lógico que se adoptara la decisión de ofrecer una alternativa al país distinta a la izquierda y a la derecha, observamos una falta de comprensión, por parte de la opinión pública, de la importancia de la decisión tomada. Si ella tiene éxito, y se agrupa en torno a Goic una masa crítica de votantes que representen una política moderada y que preserve los grandes valores que han sido pilares de nuestra sociedad, podremos felicitarnos del paso que se dio por el PDC.

Si, por el contrario, no se logra una masa crítica de votos, se tendrá una prueba concluyente de que las tesis que se desarrollaron principalmente en la extrema derecha y en algún sector significativo de la izquierda concertacionista, respecto a que el movimiento socialcristiano carece de sentido, tendrían razón.

El país comenzaría así una nueva etapa de recomposición de fuerzas, en que el denominado centro político no gravitaría y, entonces, serían otros los actores. Entraríamos en un período intenso de una fuerte polarización política. El centro político progresista que representa la Democracia Cristiana habría dejado de tener relevancia en el país y veríamos que las fuerzas de la derecha y de la izquierda se enfrentarían duramente, con repercusiones sociales, políticas y económicas imprevisibles, pero en ningún caso positivas.

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