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Legislativas francesas: El derrumbe del viejo establishment

por 26 junio, 2017

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Hace una semana, la periodista de un programa político francés comentó lo siguiente refiriéndose a los resultados de la segunda vuelta de las elecciones legislativas: “Lo que ha ocurrido no es una renovación de la clase política, sino más bien una razzia”. La frase resume la opinión de los analistas y de los mismos actores políticos sobre las consecuencias del denominado “fenómeno Macron”, que se inició en abril último con la victoria del exministro en las presidenciales de Francia y que acabó este domingo con el triunfo en las legislativas de la coalición macronista, formada por La República En Marcha, el partido creado por el nuevo presidente hace tan sólo un año, y el MoDem (Movimiento Demócrata), pequeño partido de centro fundado hace exactamente una década por un exministro de derecha. Estas dos formaciones obtuvieron en conjunto 361 escaños en la Asamblea Nacional (el equivalente a la Cámara de Diputados) de un total de 577, es decir, la mayoría absoluta.

Para que el lector se haga una idea sobre el impacto que estas legislativas tuvieron sobre la vetusta estructura política francesa, basta observar la performance de una de sus formaciones más tradicionales: el Partido Socialista. El viejo partido fundado por Jaurés en 1905 y refundado por Mitterrand en 1971, pasó de elegir 295 diputados en 2012 a ganar sólo 32 escaños en esta última elección. Es la derrota más estrepitosa que sufre el PS francés en toda su historia, más grave aún que la de 1993 cuando el número de diputados socialistas cayó de 275 a 52.

El golpe se hizo sentir en la carne misma de la élite partidista que vio a sus más grandes figuras, el excandidato presidencial Benoit Hamon y el primer secretario del partido, Jean-Christophe Cambadélis, perder sus propios escaños ante los candidatos de La República En Marcha. El fracaso provocó el descabezamiento del partido, con la renuncia de Cambadélis a la conducción del PS, y la emergencia de una ola de descontento en las bases militantes que culpan de la histórica derrota a las políticas neoliberales implementadas por el expresidente François Hollande. Los analistas señalan que el PS se encuentra hoy en día ante el riesgo inminente de extinción pues enfrentará no sólo problemas económicos (cada escaño ganado significa un cierto cúmulo de recursos aportados por el Estado) sino además la potencial fuga de sus cuadros dirigentes hacia otros partidos.

El riesgo es grande si se tiene en cuenta que la mayoría de los parlamentarios elegidos del partido La República En Marcha pertenecen a la sociedad civil y jamás participaron en política. Quienes advierten esto no ponen en duda el talento de los nuevos diputados sino más bien su capacidad de soportar la soporífera burocracia de la política francesa, sus componendas, sus negociaciones, sus traiciones.

En la derecha las noticias no son mucho más alentadoras. Aunque sigue siendo la primera fuerza de la oposición, la coalición conservadora liderada por Los Republicanos perdió 94 diputados en la Asamblea Nacional, pasando de 225 escaños en 2012 a 131. Es la derrota más grave que sufre la derecha francesa desde el inicio de la Quinta República (1958). Si en el PS culpan a su antiguo líder del fracaso electoral, en la derecha los dardos se dirigen a los caciques de las distintas facciones que componen este sector, cuya enconada lucha por el control del partido Los Republicanos y luego por la candidatura única a la presidencial no hizo más que provocar la autodestrucción del sector. Prueba de ello es que tras la derrota no hay un solo dirigente suficientemente capaz de liderar el partido en el próximo quinquenio. La caída de los viejos caciques, Nicolás Sarkozy y Alain Juppé, a manos de François Fillon en las primarias de la derecha el año pasado y la derrota de este último en la presidencial, tras un bullado escándalo de corrupción, terminó por dejar a los conservadores sin referentes históricos de peso. En este contexto, el riesgo de fuga de los cuadros dirigentes de la derecha hacia el partido del presidente Macron no hace más que crecer sobre todo si se tiene en cuenta que el actual primer ministro, Édouard Philippe, fue uno de los fundadores del partido Los Republicanos.

El desastre que viven los principales partidos del establishment político se grafica en el inédito número de asistentes parlamentarios que se han quedado sin trabajo. Según el diario Le Figaro, entre 1200 y 1400 colaboradores de diputados no reelectos deberán abandonar la Asamblea Nacional en los próximos días, lo que obligará al Estado a desembolsar cerca de 27 millones de euros en indemnizaciones.

¿Triunfo o cheque en blanco?

La victoria aplastante de los macronistas en las legislativas dotará al nuevo presidente de un poder casi sin contrapeso a la espera de las senatoriales previstas para septiembre, donde se renovará la mitad del Senado. Pese a esto, en el gobierno son conscientes de que la victoria electoral no es sinónimo de cheque en blanco. El porcentaje inédito de abstención en la segunda vuelta de las legislativas (57,4%) deja planeando una interrogante en cuanto a la fidelidad del electorado al nuevo gobierno. Ciertos analistas interpretan el alto grado de abstención como una especie de apoyo encubierto al gobierno de Macron: puesto que los pronósticos preveían una victoria aplastante del oficialismo, los electores habrían preferido quedarse mayoritariamente en casa.

Sin embargo, otros analistas advierten sobre la ausencia del voto de protesta extremo en estas legislativas; un voto que podría despertar en forma de manifestaciones callejeras en caso de un conflicto político o social. En efecto, muchos se preguntan qué pasó en estas legislativas con el electorado fiel a la extrema derecha de Marine Le Pen. Recordemos que ella obtuvo 33,9% de los votos en la segunda vuelta presidencial, lo que equivale a cerca de 10 millones de electores, muchos de los cuales no concurrieron a votar en las legislativas. Su partido, el Frente Nacional, obtuvo apenas 8 escaños, quedando en la quinta posición. Qué pasó con los electores de la extrema izquierda, cuyo partido más representativo, Francia Insumisa, obtuvo 19,5% de los votos en la presidencial, pero que en las legislativas llegó apenas a los 17 escaños.

Los que apoyan la tesis sobre la existencia de una masa contestataria dormida advierten sobre el limitado espacio que tendrán tanto el gobierno como sus parlamentarios para cometer errores. El riesgo es grande si se tiene en cuenta que la mayoría de los parlamentarios elegidos del partido La República En Marcha pertenecen a la sociedad civil y jamás participaron en política.

Quienes advierten esto no ponen en duda el talento de los nuevos diputados sino más bien su capacidad de soportar la soporífera burocracia de la política francesa, sus componendas, sus negociaciones, sus traiciones. Construir una nueva élite será una ardua tarea, más aún a sabiendas que bajo los escombros del viejo establishment hay muchos que aún respiran.

 

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