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Corea del Norte y el trasfondo político

por 6 septiembre, 2017

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Los ejercicios de cohetería realizados por Corea del Norte y que podrían incluir armas de destrucción masiva, son advertencias implementadas por más de una década. Es una respuesta al cambio de política en Corea del Sur de suspender el plan de negociación propuesto por el Grupo de los Seis, formado por China, Corea del Norte, Corea del Sur, Estados Unidos, Japón y Rusia y que adquiere relevancia durante la administración de Barack Obama.

Corea del Norte entra al Tratado de No Proliferación Nuclear en 1985 y lo respetó en la medida de lo que se puede fiscalizar en ese tipo de tratados. No obstante, reinicia sus ensayos nucleares en 2009 para enfrentar la amenaza externa de poner fin a su sistema político. En la actual coyuntura es fundamental evaluar el impacto en Corea del Norte, de la oposición a la política de acercamiento entre las dos Coreas que se fortaleció hasta 2007, por obra del presidente surcoreano Lee Myung –bak, un nacionalista de extrema derecha. La entrada de una nueva postura con el nuevo presidente fue el punto de inflexión al asumir en febrero de 2008, desmantelando las negociaciones de acercamiento y reinstala la agenda de ponerle fecha al fin del régimen en Pyongyang. Esta política continuó con la presidenta Park Geun –hye, (2014-2017) y frente a la actual coyuntura, la política de ponerle fin al régimen no ha cambiado con la asunción al poder del moderado Moon Jae-in.

Para Estados Unidos, el cambio de régimen en Corea del Norte ha sido una agenda permanente. El Gobierno de G.W. Bush, antes de los atentados del 11 de septiembre de 2001, en marzo, contemplaba como primera medida desmontar el régimen de Kim Jong II, el padre de Kim Jong –un. No había agenda internacional antiterrorista de gran magnitud y el argumento consistía en que Corea del Norte desarrollaba su capacidad nuclear.

La actual crisis en la península de Corea, con Estados Unidos y Corea del Norte amenazándose mutuamente en términos de abrir un enfrentamiento con armas nucleares, obliga a consultar los antecedentes políticos históricos para ilustrar mejor el problema. En medio de una política de acercamiento entre las dos Coreas, diez años atrás era impensado el grado de beligerancia en las declaraciones de dos enemigos históricos. Corea del Norte había respetado los compromisos asumidos al firmar el Tratado de No Proliferación Nuclear en 1985.

Se observaba que la administración Bush no tenía una agenda internacional muy definida. Irán no exhibía el rostro amenazante para EEUU e Israel de 10 años más tarde, y se encaminaba hacia reformas políticas. El Medio Oriente entraba en un proceso de reformas políticas estimuladas por la administración de Bill Clinton y gobiernos liberales en Europa Occidental. Con el 11 de septiembre de 2001, se modifica ese y todo se torna más violento con los diferentes escenarios conocidos que hacen alterar las agendas de varios países desde el borde Atlántico hacia el Lejano Oriente. El presidente Barack Obama, en 2009 continuó con la política de ponerle fin al régimen en Pyongyang y retoma el foco que se extravió con los atentados del 11 de septiembre 2001.

La actual crisis en la península de Corea, con Estados Unidos y Corea del Norte amenazándose mutuamente en términos de abrir un enfrentamiento con armas nucleares, obliga a consultar los antecedentes políticos históricos para ilustrar mejor el problema. En medio de una política de acercamiento entre las dos Coreas, diez años atrás era impensado el grado de beligerancia en las declaraciones de dos enemigos históricos. Corea del Norte había respetado los compromisos asumidos al firmar el Tratado de No Proliferación Nuclear en 1985.

Sin embargo algo empieza a mutar. Esto sucede más bien en el ámbito político externo a Corea del Norte que en las necesidades intrínsecas de Pyongyang, de proseguir en la búsqueda de mayor protección bélica nuclear y no respetar los compromisos del tratado.

Si el debate se circunscribe solo a las amenazas bélicas publicitadas por ambas naciones y no hacemos, aunque sea un leve rodeo, al sustrato político del problema, el conflicto se reduce primero, a un régimen, el norcoreano, que aspira a sobrevivir a toda costa incluyendo el uso del arma nuclear. Y, segundo, a una fuerza opositora, Estados Unidos aspira a derribar el régimen norcoreano a toda costa, usando el mismo argumento bélico del arma nuclear.

El ataque masivo expresado por el secretario de defensa James Mattis, no puede ser menos que un ataque nuclear con impacto radioactivo limitado al corazón estratégico de Corea del Norte. Es aplicar un código establecido que consiste en golpear al primer blanco, usando el poderío nuclear para eliminar la capacidad de respuesta nuclear del enemigo. En el plano del uso de armas nucleares, cualquier nación que las posea y que se sienta amenazada tiene las opciones muy reducidas: Todo queda circunscrito al uso de esas armas. Sin embargo Mattis declaró al mismo tiempo, “que el recurso bélico era la última alternativa, porque lo primero era negociar”. Rusia y China naturalmente han planteado negociar y se hace muy difícil pronosticar cualquier escenario de intervención masiva militar de Estados Unidos en Corea del Norte y abstraerse de la posible reacción de China y Rusia.

China mantiene un tratado de defensa mutua con Corea del Norte en caso de un ataque externo, para ambas naciones. Si Corea del Norte es el primero en atacar algún objetivo externo, China no acudiría a protegerla. Rusia y su relación con Corea del Norte, es más distante, aunque fueron aliados durante la guerra en los años 50. Rusia de todos modos utilizará todos los caminos para la negociación y evitar un conflicto bélico en la frontera norte de China que está en las barbas mismas de su frontera sur del extremo oriente.

En este sentido, ha existido siempre la probabilidad de que, de no llegar a un acuerdo para la desnuclearización de toda la península y el cese inmediato de los ejercicios de cohetería por parte de Corea del Norte, Corea del Sur actúe como un proxy de Estados Unidos para invadir militarmente Corea del Norte en un plan de derribar el régimen en Pyongyang. Este ha sido el antiguo plan del grupo de neoconservadores con influencia en Washington y muy popular por sus equivalentes neoconservadores en Corea del Sur.

Con todo, el tema es más complejo que el asunto bélico que, se puede negociar pacíficamente aún con alguna coerción. El tema es ideológico y también de supremacía de la Alianza Trasatlántica que lidera Estados Unidos. Los efectos de la contienda por la supremacía global no se han evaluado en toda su dimensión. En su núcleo doctrinario subyace un realismo de pocas concesiones y al no reconocer este fenómeno, no se acepta que Corea del Norte se sienta con el derecho a protegerse con el expediente más poderoso en la era Post Hiroshima: un artefacto nuclear. La aspiración de las naciones occidentales por la supremacía global y su forma de proceder en Irak, Siria, Libia, Afganistán, no permite una alternativa diferente a la expresada por la conducta de Corea del Norte. En este sentido es una astuta señal asiática.

El conflicto de Estados Unidos con Corea del Norte, no es más que un regreso a la política de la supremacía de un poder por sobre el otro. Estados Unidos y China, ambas naciones centrales en este conflicto, así como las alianzas que representan abiertamente o bajo cuerda, China con Rusia por ejemplo, y Estados Unidos, con sus aliados atlánticos, deberían definitivamente acercarse a una postura que les permita definir equilibrios de poder, aunque tengan que ceder frente a las necesidades de naciones emergentes. El tema central que se evita debatir a toda costa son los equilibrios de poder apuntando hacia la eliminación del arsenal nuclear en el planeta de una vez por todas. A las naciones del sistema multilateral se les exigen desde hace mucho tiempo que se pongan de acuerdo por un nuevo orden mundial político más allá de la globalización comercial. Naciones Unidas y las naciones que la forman, tienen estos desafíos por delante. ¿Son capaces? ¿Están las herramientas?

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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