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El milagro de las elecciones

por 16 diciembre, 2017

El milagro de las elecciones
Pero las elecciones producen milagros. No sólo a través de los resultados sino, sobre todo, en la percepción del país y de las transformaciones que pueden llevarse a cabo. Hace apenas unos meses, la gratuidad en la educación, el sistema de reparto en las pensiones o terminar con las preexistencias en las Isapres parecían propuestas revolucionarias y fuera control.
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La democracia es mucho más que votar. Sin embargo, el ejercicio del voto permite que –al menos ese día- nuestra voz valga exactamente igual que la del más poderoso, el que tiene más personalidad o el que grita más fuerte. No es todo, pero es una de las grandezas de la democracia.

El proceso electoral que termina el próximo domingo ha sido –o se ha sentido- largo y tenso.

Quizás se sienta tenso porque estuvo plagado de sorpresas que dejaron a la elite política agobiada y a la deriva. Sólo por mencionar algunas: el gran líder de la centroizquierda fue obligado a abandonar la carrera antes de comenzar, la coalición de gobierno se dividió en dos candidatos, un número significativo de parlamentarios históricos y de fuste perdieron su reelección, surgieron ganadores inesperados tanto en la izquierda como en la derecha, un candidato a punto de ganar la Presidencia en primera vuelta logró apenas el 36% de los sufragios. Se entiende el desconcierto.

Quizás esta campaña se sienta demasiado extensa porque los candidatos –presidenciales y parlamentarios- tuvieron una tarea muchísimo más ardua que en otras ocasiones. Y no porque exista un nuevo sistema electoral, ni porque crecieron los distritos electorales y disminuyó el gasto para hacer propaganda.  Lo más complejo fue enfrentar una elección en plena crisis política, es decir, tener que conseguir votos en medio del desprecio de la mayoría de la gente. Fue difícil romper el cerco de una ciudadanía que no quería abrir ni las puertas ni los oídos a los políticos, una ciudadanía impactada por los escándalos de corrupción, aburrida de los abusos cotidianos en el consultorio, el supermercado o las cuentas de los servicios básicos. Una ciudadanía cansada de escuchar que los cambios a su favor son imposibles.

Pero las elecciones producen milagros. No sólo a través de los resultados sino, sobre todo, en la percepción del país y de las transformaciones que pueden llevarse a cabo. Hace apenas unos meses, la gratuidad en la educación, el sistema de reparto en las pensiones o terminar con las preexistencias en las Isapres parecían propuestas revolucionarias y fuera control. Hoy, en cambio, después de ver la franja televisiva y escuchar a los candidatos, pareciera que existe un gran consenso nacional (y sin negociar en ninguna cocina): hay que terminar con el monopolio de las AFP, la AFP estatal es una buena idea, indispensable reforzar el pilar solidario para repartir entre quienes más lo necesitan, los impuestos no se bajan por ningún motivo, la gratuidad en la educación llegó para quedarse, hay que terminar con los abusos, especialmente en la salud y los medicamentos.

Realmente un milagro. Ya no hay políticos que defiendan el modelo neoliberal puro y duro, en el que no existía mejor mecanismo que el mercado para asegurar la libertad, la justicia y la igualdad. Tampoco hay quien defienda los inventos netamente nacionales como el sistema binominal o las AFP, tal cual las creó José Piñera.

También resulta milagroso cómo en el último mes, después que el centro y la izquierda obtuvieron un 55% de la votación en la primera vuelta presidencial, las reformas emprendidas por el gobierno dejaron de ser vapuleadas como ocurrió desde que se anunciaron hace cuatro años.

Cuento aparte es el milagro de las encuestas. La empresa Cadem, con una voluntad a toda prueba, siguió entregando resultados a pesar de la crítica generalizada. En su encuesta del pasado lunes anunció que la Presidenta Bachelet ya se empina por sobre el 40 por ciento de aprobación, después de haber estado durante más de dos años en el piso de un 20 por ciento.

Más allá de las preferencias subjetivas, es difícil aceptar de buenas a primeras un alza tan rápida y pronunciada en la popularidad de Michelle Bachelet que, de seguir así, volverá a terminar su gobierno por el cielo. A menos, claro, que no se trate de un milagro sino de la corrección de un error anterior. Es decir, que la Presidenta haya gozado durante gran parte de su mandato de un respaldo muchísimo mayor del que nos hicieron creer las encuestas y sus críticos.

Así también, cuesta creer en el milagro que alineó a toda la clase política contra el abuso e hizo posible que, ahora sí, después de décadas, se puedan reformar las AFP y subir las pensiones, terminar con las preexistencias en las Isapres, controlar el mercado escandaloso de los medicamentos y reforzar la educación pública.

El domingo 17, la ciudadanía tiene la palabra. Con su voto dirá si cree o no en milagros o, dicho de otro modo, cuál de los dos candidatos está más cerca de cumplir estas promesas que, sin duda, responden a demandas generalizadas y urgentes de la inmensa mayoría de los chilenos.

El resultado de la elección es responsabilidad de todos. También de aquellos que opten por no ir a votar ya que, con esta decisión, aceptan que otros decidan por ellos.  El voto de cada uno importa. Importa no sólo para definir lo que viviremos en los próximos años sino, sobre todo, para cuidar y fortalecer la democracia.

 

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