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Que la escuela funcione: un factor de calidad innegable

por 23 marzo, 2018

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Ya iniciadas las actividades escolares es conveniente revisar algunas variables que inciden en la calidad de la educación que estamos entregando. Entre ellas el funcionamiento de colegios normalizados, por la existencia de un director con liderazgo educativo pedagógico y siempre presente. Además, con una planta docente completa para poder desplegar el plan de estudios. No es tolerable la existencia de un directivo docente dedicado a otras labores durante un aparente tiempo libre o que carezca de profesores suficientes para impartir la enseñanza.

La escuela que reciba a nuestros niños junto con disponer de los espacios y luminosidad necesarios para no perjudicar su salud debiera poseer un mobiliario, decoración y sanitarios que favorezcan la enseñanza y estar inserta en un medioambiente más grato y acogedor que su propio hogar. Para ello, se debe fiscalizar como se ha gastado la subvención de mantenimiento que el estado aporta a los sostenedores, en el mes de enero, para que arreglen los colegios durante el verano y aumentar los recursos si han sido bien gastados.

Nuestro país desde la constitución del sistema escolar creó la figura del apoderado o apoderada como una forma de instituir un adulto responsable de que el niño o niña no tan solo asista a clases sino también realice sus tareas y dedique un tiempo diario a estudiar en su hogar. No ejercer dicho rol significa una pérdida de autoridad producto del temor, según la sicóloga Pilar Sordo, a enfrentar la molestia de nuestros hijos.

En nuestros días junto con diluirse el rol del apoderado que enarbolaba las banderas del esfuerzo y el trabajo permanente y que postulaba con convicción: la recta formación del estudiante ha dado paso a un tutor que cuestiona las tareas para la casa, que discute las calificaciones que obtiene su hijo y que discrimina la escuela municipal porque no selecciona alumnos por su origen social calificándola como receptora de flaites y migrantes.

El mejoramiento de la calidad del sistema educativo no se alcanzará en el corto plazo, con políticas remediales impulsadas desde el estado, sino a través de un gran acuerdo nacional para comprometer a los padres y a la familia en el éxito escolar de nuestros hijos. Con buena o mala intención política se ha instalado la idea que la calidad educativa depende exclusivamente de las políticas públicas y no de una coherencia entre los propósitos educativos del estado, la familia y la escuela.

Junto a este deterioro del control social sobre como ocupan el tiempo nuestros hijos, constatamos que el éxito escolar depende más de la casualidad que de un esfuerzo sostenido por mejorar los niveles de aprendizaje. Además, asegurar la promoción de curso al menor costo y en lo posible con poca lectura obligatoria y reducidas guías de ejercicios para no estresar a nuestros niños lo que no ocurre con quienes provienen de sectores acomodados.

La permisividad normativa para evitar la repitencia, decreto recientemente promulgado en enero de 2018, copiando el fracasado sistema español de promoción y la reducción de determinados sectores de aprendizaje dejan en evidencia una concepción estrecha del marco curricular concebido desde una dimensión más instrumental que valórica y más aún al desconocer el carácter formativo de las calificaciones hace más fácil la promoción y más placentero el tránsito escolar. En ese contexto difícilmente formaremos individuos emprendedores y capaces de alcanzar con dedicación y esfuerzo sus metas personales incorporando a su experiencia tanto sus éxitos como sus fracasos.

La convivencia escolar es parte sustantiva del currículo actual para contener las agresiones y tratar bajo un claro protocolo los casos de bullying y abusos que tienen lugar en el sistema escolar. La escuela sigue siendo un escenario en el cual desembocan las tensiones sociales debiendo acumular sabiduría para contenerlas, corriendo siempre el riesgo de ver entorpecida su misión educativo – pedagógica. Los profesores necesitan que los niños y niñas vengan motivados desde sus casas para dar cumplimiento al régimen escolar y que al ser educados en la tolerancia y el respeto sepan resolver pacíficamente sus conflictos.

El mejoramiento de la calidad del sistema educativo no se alcanzará en el corto plazo, con políticas remediales impulsadas desde el estado, sino a través de un gran acuerdo nacional para comprometer a los padres y a la familia en el éxito escolar de nuestros hijos. Con buena o mala intención política se ha instalado la idea que la calidad educativa depende exclusivamente de las políticas públicas y no de una coherencia entre los propósitos educativos del estado, la familia y la escuela.

Que una buena educación no depende de los recursos económicos o de medir la productividad del profesor o de las variadas modas pedagógicas que se pretende imponer nos lo dicen realidades tan disímiles como Cuba o Finlandia países que si han alcanzado tal coherencia que ejecutan un plan de mejora continua que nadie cuestiona y que les ha dado bastante éxito.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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