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Ciudadanos de segunda clase

por 7 abril, 2018

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Si esto fuese un cortometraje comenzaría con la canción “corazones rojos” de Los Prisioneros, y aunque no es un video, la canción sí está muy presente en mí al escribir este lamento. Estuvo presente desde hace unos días cuando por fin entendí que las mujeres somos ciudadanos de segunda clase, con ciertos privilegios galantes pero ningún derecho que iguale al de los hombres. Y cuando digo que es un lamento es porque realmente lo es. Supera a una queja y a la rabia que sentí en el momento justo en que me di cuenta de que no me estaban discriminando por ser sino que por no ser. Porque a los seres humanos nos pueden discriminar por gordos, negros, feos, inteligentes, tontos, rubios, cuicos, pobres, pero a las mujeres nos discriminan como si careciésemos de humanidad. A la mujer se la niega, básicamente se le reduce a un espacio de maternidad o la ausencia de ésta, a nuestra condición de sexo débil. Lo sé, suena a un argumento impropio para el siglo XXI, pero el discurso es lo único que ha mostrado mejoras. Hoy en día podemos hablar de micromachismos porque creemos que en lo macro el machismo ha sido superado; pero es en lo macro donde seguimos teniendo el problema y eso se replica en lo cotidiano y es por eso que los micromachismos siguen tan presentes en nuestras vidas femeninas y masculinas.

Espaldas débiles de mujer, que no soportan el peso de sus propias pensiones, que galantemente nos dejan jubilar cinco años antes ¿por qué? Porque no podemos trabajar tanto como los hombres, una decisión arbitraria feministamente hablando. Ni siquiera es por la maternidad, a menos que se pensara que las abuelas tienen el deber de cuidar a los nietos y tendría cierta consecuencia con la realidad, porque es lo que pasa en buena parte de las familias chilenas: el clan manteniéndose unido por voluntad y esfuerzo de la matriarca y provisto por el patriarca. He ahí donde las mujeres son destacadas, como madres y futuras abuelas. Pero no creo que el cuidado de los nietos haya sido la razón para que las mujeres no podamos trabajar cinco años más. Si lo pensamos bien, a los 65 años seguimos siendo jóvenes y vitales. Al igual que los hombres, hemos alcanzado cierta madurez y sabiduría que nos permite disfrutar la vida o a conformarnos con lo que alcanzamos a lograr… o la conclusión que sea a la que lleguemos a esa edad, a los años dorados, porque somos iguales: mujeres y hombres.

Sin privilegios y sin honor, sin consciencia e incapaz de tomar decisiones sabias, porque no soy un hombre, no estoy autorizada para dar mi opinión. Y de nuevo puede parecer un argumento poco válido para los tiempos que vivimos, pero seguimos sometidas a las mayorías masculinas para decidir por nuestros cuerpos, por nuestros bienes ¡Sí! Nuestros bienes, recuerdo cuando la mujer no podía abrir una cuenta bancaria sin autorización del marido o del padre, mucho menos retirar dinero. La mujer no es generadora de ingresos, no es proveedora ¿por qué tendría que ir al banco? Nos puede parecer lejano, pero mi madre no puede tener nada sin la firma de mi padre. Hace algunos años atrás nos asociamos para que yo pudiese tener un emprendimiento, llegamos a la notaría y nos dijeron que necesitábamos la firma de mi papá, el marido. Me indigné, pero mi mamá dijo que ella había elegido casarse con bienes mancomunados. Mi papá jamás ha tenido que llevar a mi mamá al banco para abrir una cuenta, pedir un préstamo, comprar o vender bienes que ambos han conseguido. Y según entiendo, ambos están casados con bienes mancomunados. Sí, fue una elección, pudieron haber hecho separación de bienes, podrían hacer el cambio ahora en el registro civil, o al menos intentar hacerlo. Pero nuevamente la mujer responde al hombre y el hombre no está obligado con la mujer, no en ese sentido por lo menos.

Porque yo doy la plata, estás forzada a rendirme honores y seguir mi humor. De nuevo nos puede parecer retrógrado, pero en la pobreza es donde más he visto machismo. Hay mujeres que todavía son golpeadas por hombres que les dan la plata y ellas están obligadas a someterse, ya sea por miedo, ignorancia, por amor, por amor a los hijos, al marido; así las enseñaron, así también me enseñaron a mí. El padre tiene derecho a castigar a los hijos, con vara si es necesario. El hijo al convertirse en hombre se puede defender, la mujer pasa del yugo del padre al del marido. Y seguimos en el siglo XXI. Es claro que hemos avanzado, que no es la norma hoy en día, pero la modernidad y el progreso no han alcanzado todos los rincones de Chile. Hay mujeres a las que no se les ha revelado la verdad, nadie les ha dicho que pueden cambiar sus vidas. Y si se los han dicho, no les han enseñado cómo. Porque la mujer debe tener un hijo si está embarazada, y tiene que alimentar ese hijo sin tener trabajo, sin tener herramientas para trabajar, sin tener el tiempo, porque las que son madres saben que no hay tiempo suficiente. Hay muchas mujeres que lo hacen, con ayuda de su propia madre o suegra, las abuelas. Con la ayuda de otras mujeres, porque las mujeres sí nos ayudamos las unas a las otras, no envidiamos la carga de la maternidad, empatizamos con ella y esperamos que cuando sea nuestro turno – si es que alguna vez lo es – empaticen también con nosotras. Pero ¿dónde está la sociedad que no nos permite elegir si tener o no a esos hijos? Está diciéndonos que existen métodos anticonceptivos, que si nos gustó el leseo ahora nos tenemos que aguantar, que hay que asumir, que demandemos por manutención (casi nadie dice eso). Que un hijo es una bendición, pero la bendición necesita comida y abrigo. La bendición también necesita un padre, la bendición necesita a una madre apta y cariñosa, que quiera tener una bendición. Porque no importa la carga que sea, cuando la queremos siempre va a ser bienvenida. Y no importa qué tan buena sea la carga, porque cuando no la queremos, es eso: una carga. Una maldición que nos condena a un mundo gris, sin posibilidades. Sí, sé que hay mujeres que salen adelante, porque las mujeres somos luchadoras, soportamos más dolor que los hombres porque tenemos útero, ese bendito vientre que aguanta el dolor de un parto y todo ese refuerzo positivo que nos enseñan desde niñas para construir nuestra autoestima – de nuevo en base a la maternidad – pero que más tarde, en nuestra vida adulta nos condena a ser ciudadanos de segunda clase, sin privilegios y sin honor.

Es claro que hemos avanzado, que no es la norma hoy en día, pero la modernidad y el progreso no han alcanzado todos los rincones de Chile. Hay mujeres a las que no se les ha revelado la verdad, nadie les ha dicho que pueden cambiar sus vidas. Y si se los han dicho, no les han enseñado cómo.

Y es aquí donde llegamos a los tiempos modernos, a buscarte un trabajo por la mitad del sueldo y doble labor. Las estadísticas me acompañan, sé que las mujeres ganamos menos que los hombres, todas las sociedades del mundo están conscientes de esta verdad. Algunos pueden decir que tienen una jefa que gana más que ellos y eso está bien ¡es la jefa! Tiene que ganar más. U otros pueden decir que sus empresas son super modernas y globalizadas y hay escala de jerarquía donde no importando el sexo, todos ganan lo mismo. Me parece fantástico, pero esa no es la realidad, lo sé porque he leído las encuestas, porque lo he visto en el diario y en la tele, porque lo he vivido. Me han dicho que es porque las mujeres nos embarazamos y es verdad, nos embarazamos, pero hacemos más que embarazarnos. Estudiamos, pensamos, nos esforzamos, trabajamos lo mismo, más o menos que los hombres o que otras mujeres, no es una competencia en sí misma, es un medio para un fin. Hay quienes quieren llegar más lejos, conseguir más cosas, otros quieren menos, el trabajo es un medio para un fin. Cada uno elige su camino. El problema es que las mujeres tenemos opciones distintas a las de los hombres, en donde no importa qué tan duro trabajemos o qué tanto hayamos alcanzado académicamente: podemos ser madres, esa posibilidad está siempre presente – ni aunque te saquen el útero o seas infértil – somos mujeres, ese es el motivo de nuestra condena social, de nuestra relegación social.

¿Y cómo sé que todo lo que digo es cierto? Porque un cotizante masculino de 25 a 30 años tiene un factor de 0.85 y un cotizante femenino tiene un factor de 1.50. porque en el mismo rango etario, una carga masculina tiene un factor de 0.90 y una carga femenina de 1.10. Porque un cotizante masculino puede llegar a tener una cobertura de 100% con su plan de isapre en cualquier clínica con convenio, incluso en planes abiertos no preferentes, por supuesto que también en planes cerrados. Pero una mujer sólo puede aspirar al 90% ¿el criterio? No lo sé, sé que tiene que ver con riesgo ¿cuál es ese riesgo? Existen algunas enfermedades que sólo desarrollan las mujeres, pero también otras que son exclusivas de los hombres ¿será la maternidad? No he tenido la oportunidad de preguntarle a nadie que me dé una respuesta 100% certera, con real conocimiento de causa, pero cuando pregunto a mis amigos y familia, es porque las mujeres nos embarazamos y son no sé cuántos meses de pre y post natal, y después las guaguas se enferman y las mamás se tienen que ir temprano a la casa, o tienen reunión de apoderados (todas necesidades que también pueden suplir los hombres). De los 0 a los 2 años hombres y mujeres somos iguales para el sistema privado de salud, todos tenemos un factor de 2.00. y seguimos siendo iguales hasta que alcanzamos las tiernas edades entre 5 a 10 años, donde las mujeres somos menos costosas que los hombres, tampoco sé por qué, pero se me ocurre que es porque jugamos como señoritas (es sólo un prejuicio que tengo). Y de ahí seguimos siendo iguales hasta los 15 años. Pero de los 15 en adelante seremos siempre más caras, ya sea como cotizantes femeninas o cargas femeninas. Al final de la vida todo cambia. 60 años y más, el cotizante masculino se enfrenta a un factor de 4.00 y la cotizante femenina a un factor de 3.90. ¿Cómo sé esto? Porque pedí la información en mi isapre, es transparente, cualquiera puede tenerla. Y siendo de libre acceso para mujeres y hombres no comprendo porque no estamos todos indignados ¿o es que nos parece sensato?, ¿aceptamos que las mujeres somos un pasivo para la sociedad?

Seguirá esta historia, seguirá este orden, porque Dios así lo quiso, porque Dios también es hombre. Y esto también lo sé porque lo he vivido, porque lo he visto. Porque un cotizante masculino que quiera incorporar una cargar femenina inmediatamente pierde su derecho a tener un 100% de cobertura, de libre elección, preferente, cerrado, da lo mismo, pierde su 100% de cobertura hospitalaria porque tiene una carga femenina: culpable por asociación. Además de negarnos la posibilidad de alcanzar el 100% - sin importar cuánto paguemos, porque no es cuestión de lucas – nos relegan a un espacio prohibitivo, en donde el que se atreva a mirarnos con benevolencia también será condenado. Dime con quién andas y te diré quién eres ¿Y cómo sé que dios también es hombre? Porque en la Cámara de Diputados los hombres tienen una presencia equivalente al 77.4% y las mujeres al 22.5%. Porque en el Senado las mujeres tenemos una representatividad del 26% y los hombres 74% (http://www.duna.cl/media/2017/11/INFORME-FINAL-Candidaturas-Chile-20NOV-.pdf).



Nuestro dios, nuestro estado, gobiernos y poder legislativo saben la verdad, la establecen como norma y nos explican con todos los recursos lingüísticos y matemáticos disponibles que como sociedad chilena sí discriminamos a las mujeres abiertamente. No es que la ley permita la discriminación, sino que la norma regulatoria no establece lo contrario ni tampoco el castigo (http://www.supersalud.gob.cl/documentacion/666/articles-4719_recurso_1.pdf refiriéndose al Artículo 199 del DFL N°1, de 2005, del Ministerio de Salud. Página 7). Todo lo anterior a sabiendas de que promueve la segmentación social, lo que afecta en mayor medida al grupo de mayor riesgo, como las mujeres en edad fértil http://www.supersalud.gob.cl/documentacion/666/articles-4719_recurso_1.pdf Página 8). Y si bien la Superintendencia de Salud tiene la gentileza de decir que las considera discriminatorias no reconsidera ni refuerza la idea de que necesitamos algo diferente. Que no basta con decir que las mujeres somos discriminadas sólo por ser mujeres, por un sexo que no elegimos y que nadie tiene la opción de elegir, y que no importando nuestro sexo, vamos al colegio, a la universidad, trabajamos, pagamos impuestos, comemos y nos enfermamos igual que los hombres. La única diferencia es que nos embarazamos, posibilidad que permite la perpetuación de la especie, por lo que es contraproducente castigar algo que nos permite la supervivencia.

Y no, la solución no es que me cambie a FONASA, porque nosotras también inventamos, también compramos, también ganamos batallas y marchamos. Lloramos y nos quejamos no de todo, sino que de lo injusto y discriminatorio. Y no cuando los hombres se emborrachan porque nosotras también nos emborrachamos. Nos quejamos porque nos discriminan, porque nos relegan a categoría de ciudadanos de segunda clase, porque nos someten a la inconstitucionalidad.

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