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La maquinaria neoliberal

por 8 abril, 2018

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Se tiene la idea de que el neoliberalismo es hostil a la planificación y a la burocracia. No es así. En la era de la gestión y del imperio del pensar calculante, cualquier iniciativa (una iniciativa intelectual, por ejemplo, o una actividad docente) debe estar rigurosamente configurada. Tiene que ajustarse a objetivos tácticos y estratégicos que deben ejecutarse y conseguirse en plazos claramente predeterminados. Todas las variables deben estar bajo control y subsumidas en un formato estándar para alcanzar la meta prefijada. Apartarse del camino es, literalmente, una aberración.

Tal racionalidad no sólo proviene del mundo empresarial, también proviene del mundo militar. Los equipos de trabajos deben funcionar de manera análoga a como lo hacen las unidades militares que realizan operaciones tipo comando. Todo debe estar cronometrado y coordinado. Las energías de todos los miembros del equipo (habría que decir los engranajes de la máquina, porque el enfoque es mecanicista) deben estar orientadas al mismo fin: el éxito de la operación, la consumación óptima del proyecto.

En la actualidad, dicha racionalidad funciona en casi todas las empresas, desde las de mercadeo, pasando por las fabriles y las extractivas. Pero lo insólito es que ahora también está comenzando a aplicarse, cada vez más, en las aulas universitarias. Es insólito, porque independientemente del modelo de universidad con el cual se simpatice, ellas tienen ciertas notas distintivas que les son comunes, a saber: el ser un espacio de cultivo de la dubitación, de la reflexión y de la creatividad. En ellas, asimismo, las relaciones de poder están ausentes; porque lo que en ellas existe es la autoridad. Habría que agregar, además, que los fines instrumentales les son casi completamente ajenos. De hecho, las universidades genuinas tienen bastante autonomía respecto de los poderes del mundo como, por ejemplo, el poder del mercado. Quienes se encargan de satisfacer dicho poder son los institutos profesionales, los centros de formación técnica, los institutos politécnicos, entre otros.

Estos últimos entregan saberes operativos que tienen una finalidad instrumental. Ellos tienen alumnos, no estudiantes. Ellos no educan, instruyen. Su finalidad es producir buenos funcionarios, no sujetos reflexivos ni creativos. Dada su finalidad requieren de un dispositivo burocrático para gestionar y controlar la entrega de conocimientos de manera estándar para evitar así la desviación. En ellos innovar sobre la marcha es apartarse de la planeación. La creatividad es un peligro que puede infartar el imperio de la regularidad al cual hay que someterse devotamente. El cuestionamiento, la duda, el preguntar radical, pueden barrenar los supuestos sobre los que se asienta el modelo, la matriz en la que se opera. Así, quien se afana en innovar desperdicia sus energías en algo que tiene un resultado incierto. El creativo deprecia implícitamente las prácticas vigentes. Quien cuestiona pone en tela de juicio las líneas de mando y la validez del modelo. En síntesis, el genuino pensamiento crítico y la creatividad no sólo son disfuncionales, además son un peligro.

Como se ve, el neoliberalismo quiere estandarizarlo todo y controlarlo todo. En tal sentido, es totalitario. Es subrepticiamente hostil a la libertad. En consecuencia, el neoliberalismo no tiene casi nada de liberal. Ya es hora de que los genuinos liberales desenmascaren al impostor.

Con todo, en los establecimientos neoliberales no solo es imposible ser un artista o un intelectual genuino por las razones apuntadas, sino que también porque para serlo se requiere de tiempo y de libertad. Dicho en una sola palabra: se requiere de ocio, en el sentido prístino de la palabra. Él es, recordémoslo, indisociable de la genuina vida intelectual. Vistas así las cosas, la línea que separa a las universidades de las instituciones que entregan meros saberes operativos es cada vez más tenue. En consecuencia, no sería del todo aventurado decir que la racionalidad neoliberal ha instrumentalizado y desvirtuado a las universidades.

De hecho, actualmente, las así llamadas universidades se afanan en producir (no se puede negar que la palabra tiene una connotación mecanicista y fabril) un buen funcionario que es, a la vez, un productor, gestor y consumidor que participa de un enorme aparato procedimental, del cual él es simultáneamente resorte, insumo y producto. Es verdad que todas las civilizaciones complejas han tenido algo de lo indicado y han incubado enrevesadas burocracias. ¿En qué radica, entonces, la novedad de la burocracia de la civilización neoliberal?

La burocracia neoliberal, al igual que todas las burocracias, es impersonal. Pero a diferencia de las otras es intangible e invisible. Así, por ejemplo, cualquier usuario de servicios de telecomunicaciones —al cual un azar menor lo puede convertir en un penitente— cuando tiene que afrontar de manera urgente un problema se ve en la obligación de digitar ciertos números en su aparato telefónico y, si tiene suerte, puede hablarle a alguien (o algo) que tiene voz de androide y explicarle el problema. Alguien que no se sabe en qué espacio físico está. El resultado de la súplica es incierto. Pese a ello, tiene algo ganado, ya que el asunto por lo menos tiene existencia en el menú de problemas. Si no tiene cabida en la matriz de problemas a resolver, inmediatamente el usuario del servicio se esfuma como un holograma. Deja de existir temporalmente para el dispositivo como problema, pero no como abonado. De hecho, tiene que seguir pagando regularmente la suscripción. Desafiliarse es una odisea mayor. Así, el poder de la burocracia invisible invisibiliza y esquilma al cliente que deviene en penitente y suplicante. Es la despersonalización absoluta.

Como se ve, el neoliberalismo quiere estandarizarlo todo y controlarlo todo. En tal sentido, es totalitario. Es subrepticiamente hostil a la libertad. En consecuencia, el neoliberalismo no tiene casi nada de liberal. Ya es hora de que los genuinos liberales desenmascaren al impostor.

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