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Chile tiene una deuda con los pueblos indígenas

por Sergio Ponce Alfaro 7 enero, 2019

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Señor Director:

Cuando pensamos en deuda común, lo hacemos desde una perspectiva social. Hay una deuda que se entiende la que tiene la sociedad chilena consigo misma. Chile nunca ha creado una Constitución Política como entidad soberana. En Chile siempre se ha visto dividida en dos clases sociales (que podrían definirse como castas) dispares en la administración del poder social, económico, cultural y lo político (lo societal). Una clase, la elite, ostenta el control del poder al punto de monopolizar el sentido común. La otra clase, el resto de la población, desprovista de privilegios, a punta de lucha, mucha sangre y unas pocas y fugaces victorias, ha logrado constituirse como sujeto histórico.

En este Chile que se forma de manera autoritaria durante el siglo XIX, la historia de la relación con los pueblos originarios, ha sido de una brutalidad inaceptable en los tiempos actuales. Pueblos como el Selknam fueron exterminados. Otros fueron reducidos, prohibiendo sus formas de vida tradicional, como el Kaweshkar y los Yámana.
Otros pueblos, tras sufrir la brutalidad de las fuerzas del Estado y de grupos paramilitares (las guardias blancas) organizados por la elite burguesa, como los Aymara, Licantai y Mapuche han logrado mantener sus estructuras societales hasta la actualidad.

El discurso oficial ha identificado al indígena a partir de tres prejuicios, que provienen de un historicismo vulgar, que lo entiende en un estado de barbarie que debe ser superado con la importación de una civilización europea, blanca, que “iluminará” al territorio con una forma moderna de organizar el mundo de la vida. Al mismo tiempo, los grupos indígenas que mantienen sus formas bárbaras de existencia, son un lastre para la sociedad europeizada que busca “saltar al desarrollo”.

En el siglo XX, tras la reducción y sometimiento de los pueblos originarios al modo capitalista de producción (modernidad económica), sus formas de producción social y económica son relegadas a “reducciones”, especialmente en el caso mapuche, cuando sectores imbuidos por la “cuestión social” de la propia sociedad chilena o argentina, reclaman un trato más humanitario.

La noción de Derechos Humanos influyen fuertemente en las legislaciones de la mitad del siglo XX, especialmente tras la Convención de 1948 y los juicios de Nüremberg, que en el caso chileno, revalida las autoridades tradicionales mapuche (lonko y machi) frente al Estado, especialmente en los conflictos de tierra con los “tribunales de indios”, pero siempre desde la dicotomía “bárbaro-civilizado”.
La escuela se transformó en un espacio de asimilación del indígena, donde los menores eran expropiados de su identidad sociocultural, pasando a ser chilenos. Pero la costumbre de entender al “indio” como inferior, el acoso y el maltrato forma parte de la experiencia infantil.

Sin embargo, el núcleo tradicional y milenario de la civilización mapuche, su cosmovisión y su forma de hacer política (el parlamento), interactúa con la institucionalidad chilena.

Las mentes brillantes de la escena cultural chilena, aquellos que iniciaron una búsqueda de las raíces de la chilenidad, como Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Violeta Parra, Victor Jara, al encontrar la riqueza y originalidad de pueblos ancestrales, produjeron un repensar que significa ser chileno.
A la par, el desarrollo de la historiografía, la arqueología y la antropología, los sitúan no solo en el pasado, también en el presente y futuro de la sociedad chilena. En el contexto societal, se puede deducir para 1970, un camino hacia la pluriculturalidad.

Pero la dictadura cívico-militar 1973-1990, con su estética monolítica de un ideal de corte fascista de lo que significa “chilenidad”, se produce una vuelta a los paradigmas de principios del siglo XX. El indígena es un salvaje y debe adaptarse a la modernidad (capitalista).

La vuelta a la democracia permite a los pueblos originarios, retomar la agenda, y aunque deben reandar el camino que la dictadura retrotrajo, en la resistencia a las aporías de la transición, y por del hecho de que con todas sus falencias, el contexto era democrático, los pueblos indígenas recuperan su identidad, proceso que sigue firme hasta la actualidad. Con todo, pueblos indígenas como el Aymara, Licantai, Rapa Nui y Mapuche, en mayor o menor medida influyen el escenario político actual, sea local o nacional.

Chile tiene una deuda con sus pueblos indígenas. No sea que la historia nos deje atrás.

Sergio Ponce Alfaro

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