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La politización de la ayuda humanitaria

por 21 febrero, 2019

La politización de la ayuda humanitaria
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El 23 de noviembre de 1994, Cornelio Sommaruga, entonces presidente del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), pronunció un discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidad, que finalizó con la frase: “Todos tenemos que trabajar para humanizar la política y no politizar lo humanitario”.

Cuánto sentido me generan sus palabras en este momento, cuando algunos políticos de diferentes lugares se preparan para viajar a la frontera con Venezuela, a presionar el ingreso de ayuda internacional que ellos mismos han proporcionado, a solicitud de una de las partes de la crisis política, y que golpea fuertemente a ese pueblo.

El potente llamado que Sommaruga hizo ante las Naciones Unidas hace un cuarto de siglo recobra hoy vigencia a pesar de todos los esfuerzos que han hecho la ONU, el Movimiento Internacional de Cruz Roja y otras ONGs humanitarias para proteger y garantizar el buen uso de la ayuda humanitaria.

Desde principios de la década de los ‘90 se vienen fortaleciendo las iniciativas internacionales para precisar los principios y el rol de la asistencia humanitaria. Una muestra de ello es la resolución de la ONU 46/182 del año 1991, que define qué es la acción humanitaria (AH): que implica no sólo la provisión de productos básicos y servicios para la subsistencia humana, sino también la protección de las víctimas y sus derechos fundamentales.

La ONU se inspiró en los principios de la Cruz Roja y los adoptó:

Humanidad: trata de tomar todas las medidas posibles para evitar o aliviar el sufrimiento humano provocado por conflictos o calamidades.

Imparcialidad: la acción humanitaria debe llevarse a cabo en función de las necesidades, sin hacer distinción de nacionalidad, etnia, sexo, creencia religiosa, clase, u opinión política.

Neutralidad: trata de no tomar partido en las hostilidades y en las controversias de orden político, étnico, religioso o ideológico.

Independencia: la acción humanitaria debe ser autónoma de los objetivos políticos, económicos, militares o de otro tipo.

El sobrecogedor ejemplo de Ruanda en 1994, que mostró un vergonzoso fracaso humanitario, obligó a la urgente necesidad de continuar precisando los principios y métodos que deben regir la “asistencia humanitaria” en todo tiempo.

Con satisfacción hemos visto surgir una serie de normas, procedimientos y códigos que han sido creados bajo ese espíritu. Por ejemplo, el Código de Conducta del Movimiento Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja, que guía el accionar de la institución, estipula el estricto apego a los principios antes mencionados y explicita que ninguna organización actuará como instrumento de la política exterior gubernamental. Además, hace un llamado a los gobiernos donantes a respetar la labor independiente humanitaria e imparcial de las organizaciones no gubernamentales de carácter humanitario.

Estas normas y principios no pretenden desconocer que la acción política es un elemento imprescindible en la solución de las crisis. Sin ella, la asistencia humanitaria es sólo un paliativo temporal para los síntomas de una enfermedad que está condenada a agravarse e, incluso, perpetuarse, con el consiguiente mayor sufrimiento humano.

Por esas razones, inquieta que lo “humanitario” sea visto como una herramienta más de la lucha política. Preocupa que se presione a las organizaciones humanitarias a que tomen parte de la acción política de los gobiernos y que los medios de información sólo reproduzcan esas presiones, otorgando poco espacio al accionar permanente e independiente de las organizaciones humanitarias.

Intranquiliza –por contraste- la indiferencia que existe respecto de otras crisis humanitarias como la que se vive en estos momentos en Haití o Yemen. ¿Es que son menores o están más lejos?, o ¿es que geopolíticamente no tienen importancia? ¿Los que allí sufren y mueren nos importan menos que nuestros hermanos venezolanos? O, es que hemos tomado partido por unos, porque ideológicamente su lucha nos resulta más afín a nuestros ideales políticos. Son preguntas que surgen y que obligan a reflexionar sobre cómo se manejan estas situaciones.

Lo relevante, finalmente, es lo que Cornelio Sommaruga planteó ante la ONU hace 25 años atrás: “Todos tendremos que trabajar para humanizar la política y no politizar lo humanitario”. Sólo de esa manera habrá menos conflictos y, si los hay, las organizaciones humanitarias podrán actuar de acuerdo con sus principios y aliviar el sufrimiento de muchos y salvar vidas de otros.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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