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Los tiempos para la transformación

por 2 octubre, 2019

Los tiempos para la transformación
Actualmente vivimos un momento de inflexión, un tiempo en que los valores universales están en cuestión, tal vez estamos a la espera que luego de un período recesivo comience una fase expansiva y este nuevo ciclo traiga nuevos lenguajes para entender y resolver. 
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El proceso de globalización ha configurado cambios en el ritmo productivo y de consumo y las implicancias ambientales de aquello, han significado la aceleración del tiempo geológico frente al tiempo histórico. Mientras las temporalidades de la naturaleza fueron siempre más permanentes frente al tiempo humano, este aumento de velocidad ha implicado cambios transcendentales en cuestiones que siempre fueron estables; como el clima, los ecosistemas o las líneas de costa, que actualmente pueden modificarse en menos de una generación humana.

Esta aceleración del tiempo ha significado que el surgimiento de nuevas situaciones y desafíos también se precipite, no permitiendo producir el conocimiento experiencial necesario para enfrentarlos, de manera que nuestra capacidad para leer estos problemas, analizarlos y diseñar, o disoñar como diría Arturo Escobar, las soluciones, no alcanza el ritmo de su instauración. Consideremos además que estamos -de acuerdo a Kondratieff- en una etapa depresiva o recesiva en términos de la formulación de nuevas tecnologías que implican también nuevas perspectivas y modelos, por tanto, el diseño de soluciones se hace aún más lenta de lo necesario. Desde otra perspectiva Maturana indica que no hemos creado los lenguajes para entender estos recientes problemas, es decir, aun no contamos con las palabras que los hagan existir, por lo que ni siquiera podemos comprenderlos todavía, menos aún resolverlos.

Actualmente vivimos un momento de inflexión, un tiempo en que los valores universales están en cuestión, tal vez estamos a la espera que luego de un período recesivo comience una fase expansiva y este nuevo ciclo traiga nuevos lenguajes para entender y resolver.

Pero, ¿desde donde surgirán estas nuevas ideas, estas nuevas tecnologías? Sin duda esto implica la conjugación de una serie de factores y actores que producen estas revoluciones. Cada uno de los agentes implicados tiene además diferentes temporalidades de reacción y de acción frente a los problemas, tal vez para la transformación que urge se necesite una coordinación entre estos actores y sus tiempos de tal modo que permita acelerar también la resolución de los enormes desafíos que actualmente enfrentamos.

De cierta forma el neoliberalismo pretende acelerar el tiempo en ‘espacios lentos’, vale decir, instala una dinámica vertical que irrumpe en los territorios y a su paso va desestructurando economías regionales, destruyendo biodiversidad y profundizando de modo peligroso el proceso de acaparamiento de tierras, al expulsar o desplazar a comunidades rurales, campesinas o indígenas, violentando procesos de decisión ciudadana.

Es por esta situación que el rol que han adquirido los movimientos sociales de base es fundamental. Los efectos del desarrollo desigual o progreso selectivo han implicado procesos de injusticia social y ambiental que han acelerado su reacción frente a los problemas, de este modo los pobres, indígenas, las mujeres, los pescadores artesanales, los campesinos, nos han advertido sobre la grave tensión entre naturaleza y sociedad, han denunciado, resistido y han producido los conflictos ambientales, que pueden ser vistos como graves problemas de gobernanza pero también como oportunidades de democratización, concientización, participación y sin duda instalación de nuevos valores territoriales.

Estos grupos han estado a la vanguardia de los temas ambientales, porque siendo los más afectados han empujado a otros actores, transformando nuestra sociedad. Por ejemplo en el caso Pascua Lama de Barrick Gold, fueron las comunidades locales quienes al momento de la participación ciudadana obligatoria, preguntaron a la empresa que pasaría con los glaciares de la alta cordillera los que no se habían considerado dentro de las informaciones entregadas, esta observación y el conflicto que provocó, significó una lucha de casi dos décadas, que ha permitido primero, la instalación del tema de los glaciares en la opinión pública, segundo, el Estado debió crear una institucionalidad que reconociera la importancia de estos cuerpos de hielo, realizando una Estrategia Nacional de Glaciares en 2009, que incluía un Catastro Nacional que finalizó recién en 2014 y una propuesta de Política para su protección y conservación. Luego la modificación de la Ley 19.300 y su reglamento para incluirlos en el Sistema de Evaluación Ambiental.

Desde el 2005 han existido 6 proyectos de ley para regular los ecosistemas glaciares, solo 2 de ellos continúan vigentes pero aún no logran sortear el principal obstáculo, la influencia del sector minero. En 2018 se presentó un nuevo catastro donde se declara que los glaciares se han reducido significativamente entre 2002 y 2015 sobre todo los cuerpos mayores como campos de hielo. En junio recién pasado, uno de los proyectos de ley vigentes se aprobó por el Senado, sin embargo aún debe ser evaluado por la Comisión de Minería y Energía, justamente el grupo que es reconocido como su principal amenaza.

En tanto el mundo científico, que usa las demandas y el conocimiento procedente en los espacios locales, ha contribuido a producir información y con esto mayor concientización. Sus limitantes están en los mecanismos de difusión de los resultados de la investigación científica y en su propia incidencia en los cambios. También el conocimiento científico necesita tener definiciones éticas claras, recordemos lo ocurrido con la contaminación del Santuario Carlos Andwandter por parte de la celulosa Celco Valdivia, donde hubo opiniones científicas diversas e incluso contrastadas para lo ocurrido. Los resultados finales se obtuvieron 8 años después del conflicto confirmando la culpabilidad de la empresa.

El mundo político de cierta forma, es el más lento en reaccionar ya que no logra asimilar la situación de urgencia y de crisis ambiental, así como no consigue hacer los cambios necesarios para que desde las políticas globales, nacionales y locales, se produzcan las transformaciones. Si lo analizamos nuevamente desde la situación de los glaciares, el Estado ha demorado 17 años discutiendo una ley de protección que aún tienen deficiencias enormes, tales como; que protege solamente los glaciares que estén en el registro y que tengan una extensión mayor de 1 hectárea, es decir, desprotege y condena a todos los pequeños glaciares que alimentan los ríos del norte del país.

La urgencia climática, su comprensión y las posibilidades que tenemos frente a ella, son una situación completamente nueva, nos enfrentamos a un desafío al que nunca antes nos habíamos enfrentado como humanidad. Es por esto que necesitamos reacciones creativas y novedosas, además de rápidas y concretas, sin desestimar que ellas sean pensadas y consensuadas. En las últimas décadas hemos construido variados y numerosos diagnósticos, por tanto, las acciones a emprender son claras, la cuestión es que debemos tener la convicción suficiente para tomarlas.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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