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Periodistas: ni rebeldes ni profundos

por 5 febrero, 2020

Periodistas: ni rebeldes ni profundos

Crédito: Instagram 31 minutos

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Después del 18 de octubre siento que es un riesgo salir a las marchas con una cámara, una grabadora o un micrófono. De verdad, muchos de nosotros y nosotras, periodistas, tenemos miedo. Muchas veces la gente nos grita en las calles que somos “mentirosos”, que “nos vayamos”. Nos quieren poco en La Plaza de la Dignidad, que para muchos y muchas periodistas se ha transformado en un campo minado para nuestra profesión. A veces, nos lanzan botellas de agua vacías. Cuando voy a algún lugar donde no conozco a nadie y digo que soy periodista, me preguntan si soy de las buenas o de las malas.

En mi celular tengo al menos cinco grupos de WhatsApp de periodistas. En todos esos grupos, a veces, incluso parece que estuviéramos en la misma Plaza de la Dignidad. Hay quienes cuestionan duramente lo que hacemos o lo que dejamos de mostrar –o lo que preferimos mostrar–. Otro grupo aburre al resto con una crítica constante respecto a los medios en Chile y a nuestra labor. Ha habido momentos de enojo profundo, donde algunos periodistas piden a los demás que los dejen trabajar en paz. “Este no es el lugar para reflexionar sobre nuestra profesión”, dicen otros, como si hubiera un momento puntual para hablar de por qué no nos quieren. Porque no nos quieren. En la calle no nos quieren. O al menos, eso es lo que yo veo y siento.

En las últimas semanas han despedido a un número importante de amigos y amigas de medios de comunicación. Periodistas enormes, buenos, comprometidos, pero en el mundo paralelo de las redes sociales nadie lo lamentó. No nos quieren y yo, en mis grupos de amigos periodistas, sigo escuchando que lo que hacemos es profundo y rebelde. Pero no somos profundos. Menos, rebeldes.

Vamos a la calle pensando en que volvemos con oro, cuando muchas veces regresamos con los que nos quieren mostrar. Muchas veces nos conformamos con la “cuñita” de 30 segundos que nos da un organismo oficial porque así “equilibramos” una nota sin mirada y desabrida. Nos cuesta ver la grandeza en una declaración de una señora en una población, pero vamos como ganado a una pauta de prensa a poner el micrófono, por ejemplo, a un Presidente que no acepta preguntas. “Los invitamos a esta conferencia de prensa, pero no se aceptarán preguntas”. Sí, muchas veces nos dicen de antemano que no habrá preguntas y vamos igual. Muchas veces porque queremos preguntar igual; pero otras, vamos y dejamos el espacio para esa declaración porque es la autoridad, aunque lo que diga no sea verdad.

¿Qué diferencia hay entre un Presidente de la República y una vecina de Lo Hermida que vive bajo ráfagas? ¿Qué diferencia hay entre una ministra y un adolescente que vive en carne propia la desigualdad y tiene sellado el futuro? Creo que esta pregunta tiene mucho que ver con que no nos quieran.

Es cierto, hay una precarización laboral y una falta de modelo de negocios que también nos transforman en ganado, pero si hablamos de lo cotidiano, ¿qué estamos haciendo mal? No quiero generalizar, pero los periodistas que conozco vivimos en Las Condes, Vitacura, Providencia, Ñuñoa y cerca del Parque Forestal. Tenemos Isapre y vamos de vacaciones. Le pagamos a alguien, por lo menos una vez a la semana, para que nos haga el aseo. Salimos a comer y a tomar cuando cerramos una nota que nos costó parte del colon. Nos felicitamos por los premios y nos movemos en un círculo cerrado de espaldarazos e hilos mesiánicos de Twitter.

¿Qué nos pasó? Nos convertimos en tecnócratas igual que los gobiernos que no saben qué pasa en sus países porque viven blindados por las comodidades, por una realidad paralela que no palpamos en las calles. Dejamos de mirar, de oler, de sentir. Definitivamente no somos rebeldes. No somos capaces de hacer revoluciones ni dentro de los propios medios donde trabajamos, donde un rostro puede ganar 20 millones y un productor 600 mil pesos.

¿Y qué es lo que llamamos rebeldía? Dejar de trabajar para los auspiciadores y fiscalizar, cuestionar al poder, reportear para quienes no están blindados. Contribuir con una prensa libre de prejuicios y facilitadora en la comprensión de la realidad. Pero esa rebeldía debería ser nuestra pega. Eso que llamamos rebeldía debería ser una obligación única.

Ni siquiera digo esto desde un pedestal porque yo también soy buena y mala, si lo miramos así. He trabajado en al menos cinco medios de comunicación en Chile y también he ido tras la cuña de la autoridad. También he ignorado a la vecina de Lo Hermida. También me ha importado más competir con un compañero que ser profunda y rebelde. También he mirado la pauta en la mañana y eso ha antecedido la reflexión crítica de qué queremos o tenemos que contar.

Las pautas están armadas al revés y eso es también un esfuerzo periodístico más allá de los dueños de los medios. Es decir, en vez de construir relatos con lo que nos propone el oficialismo, deberíamos pensar antes si nos interesa, si es importante, si sirve o no a los ciudadanos y ciudadanas.

Soy docente y cuando mis alumnos se preguntan en qué van a trabajar, no me caben dudas de que serán ellos quienes inventen nuevos formatos donde hacer periodismo. A veces llegan con pautas no tan buenas como ideas; otras –la mayoría de las veces–, me abren la cabeza porque ven algo que yo no. Y lo peor es que no es solo generacional. Es también una mirada, una experiencia, que muchos soslayamos. No podemos escribir sobre lo que no vemos.

En medio de la crisis de los medios que nos golpea, nos deja sin trabajo y amenaza a nuestras familias, la reflexión no debe ser solo de plataformas. Las preguntas que nos inquieten no deben estar solo en cómo vamos a sobrevivir o en qué vamos a trabajar, sino sobre todo, en qué vamos a decir y en cuál es, al final del día, nuestro rol fundamental.

Porque no, no somos rebeldes ni profundos. Y no podemos seguir evadiendo esa reflexión.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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