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La comuna de París y el fugaz resplandor del porvenir

por 19 marzo, 2021

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El 18 de marzo de 1871 es considerado el inicio de lo que se conocerá como la comuna de París, la primera revolución y organización política de trabajadores y trabajadoras de la historia moderna. Pero ¿qué representó este acontecimiento y cuál es su verdadero alcance en nuestra actualidad, especialmente considerando nuestra localización latinoamericana? ¿Tiene aún algo que decirnos? ¿A quiénes? ¿Por qué?

Para comprender cómo pudo llegar a ocurrir un evento de este tipo en una sola ciudad de Francia debemos partir de mucho antes, como lo señalara Gramsci al referirse al análisis de las correlaciones de fuerza. Para el italiano, acontecimientos históricos como la revolución francesa de 1789 no se agotan ni es posible observar su potencial si no varias décadas después. De hecho, consideraba a la comuna de París, así como a las rebeliones de 1848 que afectaron a gran parte de Europa y llegaron a permear incluso a otros continentes, situaciones profundamente vinculadas a la destrucción del absolutismo de Luis XVI, acaecida el siglo anterior. La metáfora de la piedra arrojada al agua que genera ondas que se expanden, le permite a nuestro autor proponer la tesis de que los auténticos eventos históricos se bifurcan en amplias ramificaciones, relevando contradicciones políticas, sociales y económicas, que hasta antes eran impensadas.

Sin embargo, contra esta tesis, pareciera que los hechos ocurridos entre marzo y mayo de 1871 atizaron e hicieron posible situaciones desconocidas hasta ese momento, como el internacionalismo proletario, el cuestionamiento al lugar de sumisión de la mujer, la crítica radical a la estructura de clases de la sociedad burguesa, la búsqueda de un modelo democrático con amplia participación ciudadana, la derogación de los cargos cuando las autoridades electas no cumplen con el mandato popular y la organización de base como fundamento de la libertad, la educación pública universal, laica y para niñas y niños, así como una democratización de la cultura y las artes, entre muchas otras. Pero, por supuesto, lo verdaderamente rupturista de la comuna de París estuvo en su reorganización de la relación capital-trabajo a niveles que no se volverán a ver hasta los primeros años de la revolución soviética.

¿Está equivocado Gramsci y esta experiencia fue algo nuevo o tiene razón y su fracaso puede haberse debido a esta incapacidad de romper completamente con el imaginario de la revolución francesa? La pregunta no es menor, pues en muchos puntos, en este inicio, están contenidas buena parte de las contradicciones que dividirán aguas entre las propuestas reformistas y revolucionarias durante todo el siglo XX y que aún hoy siguen presentes en los debates políticos.

Si nos detenemos en los aspectos antes señalados es evidente que aunque hubo integrantes de la Comuna que seguían pensando con las viejas categorías de la Revolución Francesa, sintiéndose herederos de los jacobinos, las ideas y acciones que orientaron los 72 días de duración del gobierno revolucionario, siguen teniendo plena actualidad hasta nuestros días y son un punto de referencia (y por lo mismo de quiebre) para las tres grandes corrientes teóricas de izquierda existentes hasta hoy: comunistas, anarquistas y socialistas. Si aceptamos la propuesta de Kristin Ross en el libro Lujo comunal. El imaginario político de la Comuna de París, el punto de inicio del proceso revolucionario que llevaría a establecer la comuna está en los clubes, espacios muy distintos, por supuesto, a la idea que se nos viene a la mente en Chile. Estos no sólo eran un lugar de encuentro situado geográficamente, sino que también marcaban puntos de contagio entre ideas y propuestas revolucionarias. Hay que recordar que el Manifiesto escrito por Engels y Marx ya tenía 23 años, Blanqui se encontraba en prisión por el peligro que representaba, los falansterios de Fourier y las propuestas de los populistas rusos (especialmente Nikolai Chernishevski) acerca de formas de organización sustentadas en el cooperativismo eran conocidas y practicadas, Proudhon era un escritor célebre y un respetado activista revolucionario. Es decir, material para debatir, hacer discursos, aprender mediante ejercicios de autoeducación, existían y tenían un amplio acumulado histórico de experiencia y teoría. Quizá por esto mismo la comuna pretendió tomar el cielo por asalto. Unía un proceso de formación que se había ido construyendo con grandes dificultades en contra de Napoleón III y formas organizativas de carácter popular.

La República francesa emergida de la toma de la Bastilla había devenido en un imperio sustentado en un bloque histórico de burgueses, campesinos y lumpen proletariado, que era fiel a los Napoleón desde la época en que gobernaba su padre. Una alianza de clases tan heterogénea tenía que tener su contraparte en una organización revolucionaria y esto la comuna lo realizó en tres frentes.

Aparte del proletariado que ya tenía tradición de organización y lucha, la comuna, debido a su carácter internacionalista (fuertemente influido probablemente por la primera Internacional), incluyó en su gobierno y organización a franceses y extranjeros en condiciones de igualdad, llegando a ser elegido para la Comisión de Trabajo e Intercambio un húngaro como Leo Frankel, entre muchos otros, en amplios campos de la vida y la organización de la Comuna. Este carácter internacionalista será constitutivo de aquí en más de las organizaciones populares, sus luchas políticas y revoluciones hasta la caída del bloque socialista y obviando la tesis de Stalin del socialismo en un solo país. Pero, hubo un tercer componente que fue central, la amplia incorporación de las mujeres en la organización de la vida social y económica de la Comuna. Esto también es un punto de ruptura con las tradiciones liberales vinculadas a la burguesía y la pequeña burguesía, que tanto en la Revolución Francesa como en las rebeliones de 1848, reivindicaron derechos políticos para las mujeres, pero sin proponer ninguna fórmula de autonomía económica y poder social real, es decir sin alterar en lo más mínimo la relación capital-trabajo que las afectaba más brutalmente que a los hombres. Mientras los acontecimientos políticos anteriores agitaron la idea de la igualdad política femenina, la Comuna se encargó de empoderarlas en toda la cadena de la producción y organización del trabajo, incluyendo la defensa militar, como lo recuerda Louise Michel. Además, al dotar a las mujeres de igualdad laboral, incorporándolas en todos los derechos sociales, inmediatamente les entregó un poder político que superó el estrecho margen de las elecciones nacidas al amparo de las revoluciones burguesas, concebidas a partir del principio de la representación individual. El caso de la Unión de Mujeres para la Defensa de París y los Auxilios a los Heridos que llegó a ser el Comité más eficiente de toda la comuna, es una excelente muestra de este punto.

La comuna reorganizó de modo tan amplio la relación entre lo social y lo político, que sus fricciones y contradicciones, en opinión de Marcello Musto, generarían un quiebre irreductible entre las posiciones que creían en la centralización del poder versus las que creían en la descentralización de él. Lo que será aprovechado por Thiers y las fuerzas reaccionarias reunidas en Versalles. Sin embargo, la apuesta por la descentralización del poder, la organización popular en todos los niveles, la revocabilidad de los cargos, la obligación de responder por las decisiones ante las bases, resultan una transformación mucho más profunda que la simple posibilidad de votar y después terminar convertido en un súbdito de la persona elegida, quien, además, muchas veces termina convertido en un tiranillo rapaz y sostenido por el uso constante de la violencia y la complicidad de instituciones capturadas por integrantes de la burguesía. Como lo señala Marx: “La gran medida social de la Comuna fue su propia existencia, su labor. Sus medidas concretas no podían menos de expresar la línea de conducta de un gobierno del pueblo por el pueblo”. En su mera existencia, la comuna sólo podía operar como antagonismo material respecto de la forma de organización política del bloque histórico constituido en torno a la burguesía. La existencia de la comuna era desafiante en sí misma, sin importar el respeto o búsqueda de convivencia con la organización del poder económico, político y social en torno a la burguesía. Su socialismo autogestionario y su modo de organización eran incompatibles con la organización republicana del poder, articulado en torno a los industriales, banqueros, grandes terratenientes y otras fortunas.

Como lo ha señalado Pablo Romero recientemente, la lectura que harán los movimientos socialistas y comunistas de este acontecimiento histórico marcará la profunda ruptura entre quienes buscan integrarse al aparato institucional para hacer los cambios desde adentro (suponiendo que es posible una alteración del sistema económico-social desde la política) versus aquellos que sostendrán la vía revolucionaria, es decir, quienes no creen que el sistema institucional pueda ser cambiado sin alterar la relación capital-trabajo. Estos últimos buscarán producir transformaciones económicas profundas, de modo que el sistema social termine por imperar sobre el político, haciendo que el poder se transfiera a la base, a la sociedad organizada, en desmedro (hasta llegar a su extinción) de los políticos profesionales y la formación de burocracia. Al invertir la relación política-sociedad, haciendo a la primera radicalmente dependiente y subordinada a la segunda, resulta ingenuo creer que una burguesía todopoderosa (pensemos en el caso de nuestro país y la epidemia de impunidad que la afecta) y su clase funcionaria, con sueldos millonarios, perversamente invertidos respecto de la realidad de sus representados, pueda aceptar democráticamente su derrota.

La comuna de París aprendió de modo trágico, con cifras que hablan de más de 15,000 muertos, más otros tantos deportados o exiliados, que la burguesía no escatima en el uso de la violencia cuando se ve amenazada.

Pero creo que no es esto lo principal que nos deja ese gran acontecimiento histórico, que cumple 150 años, sino que, como lo dice la canción La Internacional, creada por Eugène Pottier en homenaje a la Comuna, son la unidad y la organización, la fuerza de esa famélica legión de “nadies”, que algún día esperan ser todo, cambiando al mundo de base y hundiendo el imperio del capital que oprime a las y los trabajadores en todo el planeta.

Sin embargo, citando a Marx considero que lo importante no es siquiera lo que dice la canción (incluso existen distintas versiones y letras de ella), sino su existencia misma. Aún después de la caída de los socialismos reales europeos y el triunfo del neoliberalismo a nivel casi global, con su cuota de destrucción, guerra, contaminación, depredación, entre otros males, millones de mujeres y hombres a lo largo del planeta aún escuchan las distintas versiones (hoy con ritmos ska, punk, cumbia, entre otros que se le han sumado a la interpretación marcial) de La Internacional y siguen emocionándose.

Lo paradójico es que Pottier compuso el poema en junio de 1871, cuando la comuna ya había sido masacrada. El poeta y creador de canciones populares pudo conservar en el arte una imagen de un porvenir en que toda la especie humana se encuentre reconciliada, sin reyes ni patrones. Lo mismo sucederá con los recuerdos de la comuna de Louise Michel o con las pinturas de Gustave Courbet, entre tantos/as artistas, literatos, artesanos y músicos que fueron capaces de dejarnos a sus herederos y herederas, entre las cenizas, la importancia de la democratización de la cultura y la educación, igualando desde la infancia a niñas y niños. Éste fue un objetivo y una práctica que la comuna consideró fundamentales. Pues sin educación no se sabe por qué se lucha, terminando por aceptar la visión del amo o patrón sobre nosotros y nosotras mismas y sin una cultura propia, se termina por olvidar el fugaz resplandor de ese porvenir que la Comuna nos dejó apreciar y se pasa a creer en el presente inamovible y definitivo que se construye desde el poder.

 

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