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La misma franja, con otro color

por 27 marzo, 2021

La misma franja, con otro color
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De momento sólo he visto la franja nocturna del 16 de marzo. Me parece que deja varias cuestiones interesantes. Antes, para quien las vea como si fuesen películas, está disponible aquí. Porque vienen varios spoilers.

La franja televisiva comienza con muchos candidatos y candidatas independientes y de pueblos originarios. Había los y las que se interesaban en la política; que querían participar. Más bien, siempre los y las hubo. Eran los partidos quienes les privaban de un espacio que hoy comienzan a conquistar.

Se muestran las regiones, y personas preocupadas del medio ambiente. Ya no es tan chistoso que alguien diga que es de Aric… Aparece un niño tal vez demasiado pequeño para un insulto que sería, en todo caso, igual de inapropiado si lo hiciera un adulto. Luego Pamela Jiles hace de Pamela Jiles.

Después viene lo más interesante. Algo que parece como distinto, medio subliminal.

Primero, RN nos dice que estamos de acuerdo. Se habla del agua, seguramente uno de los principales debates que traerá la Constituyente. Bajo estas circunstancias, para escribir la nueva Constitución habrá que ceder mucho. Seguramente se acabarán –a lo menos— ciertas facultades del TC, que se consideran por buena parte de la ciudadanía como cerrojos; las trampas para evitar cualquier transformación relevante; los quórum supramayoritarios; la forma en que se regulan las iniciativas de ley; o el Estado subsidiario. Pero no sabemos qué pasará con el agua. Ahí está la mayor incertidumbre, y los más grandes intereses. Porque la propiedad privada no se va a acabar. No hay ni de cerca dos tercios para algo así. El agua será una lucha dura. Por eso, los representantes de RN –conscientes de lo que viene, como suelen estarlo— dedican largos minutos sobre el tema.

Comienzan con la sequía, dicen que, cuando la hay, los precios suben y escasean los alimentos. Que ellos saben de la importancia del agua, y que su disponibilidad disminuirá dramáticamente. Que impactará a José, Manuel y Ana. Y eso es cierto.

Ahí justo viene la propuesta: “por una Constitución que promueva una institucionalidad que asegure una buena gestión, administración y acceso al agua a cada chileno y chilena”. Lo más novedoso es que no usen el masculino como plural. Porque dicen que el agua es un problema de gestión, no de propiedad. Así como con la salud y la educación, mientras sea privada y se mantenga una buena gestión, administración y acceso, no hay inconveniente. Nada nuevo bajo el sol. Soluciones privadas para problemas públicos; como si la propiedad, o más bien el régimen que regula al agente, no influyera en, por ejemplo, el acceso.

Estamos de acuerdo, dicen; porque ya no se atreven a decir explícitamente que no quieren nacionalizar ningún recurso natural. Ni tan subliminal.

Sigue la franja con un señor que se parece a Federico Sánchez; meten a los alcaldes, quizás los políticos más fortalecidos en esta crisis interminable; a un huaso que con suerte parece latifundista; y a un joven que parece asertivo. Habla de emparejar la cancha, y de que los nombres y los apellidos ya no serán relevantes. Lo dice desde un sector que defendió durante décadas la Constitución de Jaime Guzmán, que deliberadamente quería una cancha desigual. Guzmán decía que la idea era que “el margen de alternativas que la cancha imponga de hecho a quienes juegan en ella, sea lo suficientemente reducido para hacer extremadamente difícil lo contrario [a lo que ellos harían]”, en el caso que  llegaren “a gobernar los adversarios”. A confesión de parte, relevo de pruebas.

Continúa una canción bien pegajosa, cantada por un coro casi sólo ABC1. Finalmente llega un momento casi cinematográfico, que se cree metafórico: aparece la UDI.

Abren con una pareja sonriendo. Ella espera un hijo, él parece contento. Dicen que unidos el futuro promete.

Porque el futuro es la familia, y una bien tradicional. Hombre, mujer e hijo. Casados, por cierto. Bien se nota su argolla en el dedo anular. Y es que el futuro prometido requiere defender a la familia –esa familia tradicional que Guzmán proclamaba como núcleo de la sociedad—, pero sólo una familia. No otras. Ni del mismo sexo, ni de géneros raros, ni sin anillos.

Sigue, toca el turno de unas mujeres que se abrazan: unidos podemos sanarlo todo. Y es que si unas mujeres se abrazan es porque médicos son. Médicos, no médicas. Enfermeras, tal vez. Para seguir con el prejuicio. Lesbianas, jamás.

Una mujer camina de noche. Mira hacia atrás y alguien la aborda intempestivamente, pero no es un delincuente. Es un amigo. Era una broma y los dos sonríen: unidos nos sentimos seguros.

Porque la seguridad es que no te roben. Un robo con violencia eso sí; los demás no son robos. Todo es la seguridad pública. Que no es seguridad social, ni terminar con la vulnerabilidad. No es que haya dignidad. Es una seguridad pública porque es policial. Lo policial es lo único que debe seguir siendo público. Tal vez alguna carretera por ahí. Es una forma de política criminal que tenemos tatuada en el ADN. Como si el delito –y esto vale para todo el espectro político— fuera un problema que se soluciona con más delitos, penas y cárceles; y los factores criminógenos –como la pobreza, la desigualdad, la infancia, el deporte o las drogas— no importaran. Bueno, las drogas sí importan, cuando se pueden aumentar las penas y las cárceles. Para todos, pues con las drogas no hay víctimas y todo consumidor es victimario.

Llega una nueva escena y muestra otra pareja del mismo sexo abrazándose. Esta vez son hombres. Atrás hay una tele con fútbol, tienen toallas y short. Uno viste de albo y negro –aunque ellos preferirían decir blanco y negro— y el otro de azul: unidos desaparecen las diferencias y los miedos. Hasta que la frase dice “las diferencias” vemos a los amigos futbolistas abrazados. Las diferencias que hay que unir son las del deporte, juntar a las barras bravas. Unión con otras diferencias no. Eso, no. Los hombres se pueden abrazar, pero por el fútbol. No por amor.

Justo a continuación viene la parte que habla de que desaparezcan los miedos, y en ese preciso momento, cuando lo están diciendo, entran al cuadro tres mujeres, de distintas edades. Visten lisas pañoletas azules, que parecen simples e ingenuas, pero no son ni tan simples, ni tan ingenuas. No son verdes, ni moradas. Son celestes. De esas de salvemos las dos vidas; porque el miedo no es, nuevamente, ninguno de los problemas sociales del estallido. El terror es generado por que una mujer decida.

Dicen que estamos de acuerdo y unidos. Sin más, como si todos hubieran votado Apruebo. Pareciera que no hay nada que discutir. Estamos todos juntos, cantando a Los Jaivas, por el camino feliz. Mientras, al mismo tiempo, no dicen, pero muestran de manera casi evidente, que no quieren homosexuales, lesbianas, familias no constituidas. Como a veces les llaman. No quieren aborto, ni que el agua sea de todos. La cuestión es sólo que ya no lo dicen. No lo pueden decir. Tiene que ser subliminal.

Aunque finalmente, no hay nada de subliminal.

Esta segunda parte es la misma franja, con otro color.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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