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La Moneda y su estrategia del “oasis” para decretar la “normalidad” pese a las alertas globales

por 20 septiembre, 2021

La Moneda y su estrategia del “oasis” para decretar la “normalidad” pese a las alertas globales

Crédito: Aton

El Gobierno esta vez buscó sintonizar con las expectativas y sentimientos de una ciudadanía cansada, fatigada y al borde del hastío y optó por soltar y abrir con el objetivo de revertir las cifras económicas y, por supuesto, darle un empujón a Sebastián Sichel. Total, el problema rebotará en unos meses más y en ese momento Piñera ya no estará en La Moneda. Pero el Gobierno olvidó algo clave. Volver a creer que Chile es un “oasis” puede convertirse en un error grave. ¿Qué sacamos con abrir las fronteras si estamos en un vecindario y un mundo con baja vacunación y en que la pandemia sigue creando nuevas cepas y mutaciones a diario? Piñera parece no aprender las lecciones.
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No me voy a ir con rodeos. Si hay algo que se puede rescatar de este complicado segundo Gobierno de Sebastián Piñera, es la gestión logística con que Chile se abasteció de manera diversificada de vacunas e inoculó –hasta ahora– a más del 88% de la población objetivo original. Todo un logro, que refleja en plenitud la arista empresarial de Piñera. Pero, ojo, intencionalmente no dije “la gestión de la pandemia”, porque creo que el Mandatario no podrá lucir lo que él llama “el legado”, la forma en que el país enfrentó toda la crisis sanitaria que ya arrastramos por más de un año y medio.

Piñera mostró un déficit político significativo, especialmente el año pasado, cometiendo errores comunicacionales importantes, representado en su paseo sin mascarilla por Cachagua. En la retina de los ciudadanos quedará el anuncio de la vuelta a la normalidad anticipada recién comenzada la primera ola, o las frases torpes de su exministro de Salud, Jaime Mañalich –como esa de que el virus se podía volver “bueno”–, y por supuesto, las propias, como cuando señaló, al inicio de la pandemia y sin saber lo que venía, que Chile estaba mejor preparado que Italia y otros países del mundo.

Quizás, el mejor reflejo de la percepción ciudadanía sobre la gestión de Piñera en la pandemia es la reciente encuesta CEP, que le asignó un paupérrimo 16% de apoyo ciudadano. Y aunque su evaluación mejoró respecto de hace un año, lo lógico, cuando llegó al nivel más bajo que ha obtenido un Presidente(a) desde el retorno a la democracia, lo esperable –en cualquier país del mundo– después del proceso de vacunación exitosa como el que ha tenido Chile, es que su evaluación se hubiera disparado a las nubes. Y aunque son hechos incomparables, para el rescate de los 33 el actual Presidente alcanzó 44% en la misma encuesta y 60% en Cadem, que siempre lo “bonifica” con un 20%.

Por cierto, a medida que se extendía el proceso de vacunación, fueron disminuyendo los casos. Luego de la potente ola de abril –que superó por lejos al peor momento de 2020–, las cifras comenzaron una rápida caída hasta llegar a niveles muy bajos. En paralelo, el Gobierno comenzó a flexibilizar las medidas, disminuyó el toque de queda por regiones e hizo avanzar a Fases 3 y 4 prácticamente a todo el país. Todo correcto y de acuerdo al Plan Paso a Paso.

Pero, comunicacionalmente, La Moneda se jugó una carta mucho más audaz. Decidió dar señales rápidas de vuelta a la normalidad y poner al COVID-19 en segundo plano de la agenda. Era fundamental recuperar la economía y poner el foco en otros temas, como el empleo y los sectores más dañados por la pandemia. Claro, esta vez, tomaron la precaución de no repetir el error de Piñera en 2020 y optaron por “proyectar” normalidad, pero no mencionarla explícitamente. Se redujeron a un día a la semana los reportes del ministro, los medios sacaron de su primera página la pandemia, se acabaron las fiscalizaciones de todo tipo –incluidas en el toque de queda– y hasta Piñera se fue de gira a Europa. La cepa Delta no se mencionaba –salvo en círculos académicos–, se flexibilizó el ingreso por el aeropuerto y, para rematar, el Gobierno anunció que ni siquiera sugerirá renovar el Estado de Excepción, producto de las presiones de los partidos de su coalición.

Por supuesto que fue una puesta en escena exitosa. Se instaló una sensación de normalidad sin hablar de ella, que los ciudadanos de seguro e inconscientemente, después de un año y medio, necesitábamos. Los malls se llenaron, volvieron a abrir los cines y gimnasios y retornaron los espectáculos masivos. Si no fuera por el hecho de que andamos todos(as) con mascarilla –notable la disciplina de los chilenos–, el país estaría totalmente normalizado. Tal como lo deseaba Piñera hace un año. Insisto, más allá del excelente plan de vacunación y la gestión técnica que se grafica en la buena evaluación de Paula Daza en la CEP y no así en la del ministro y, menos, del Mandatario.

En el Gobierno tomaron la precaución de no repetir el error de Piñera en 2020 y optaron por “proyectar” normalidad, pero no mencionarla explícitamente. Se redujeron a un día a la semana los reportes del ministro, los medios sacaron de su primera página la pandemia, se acabaron las fiscalizaciones de todo tipo –incluidas en el toque de queda– y hasta Piñera se fue de gira a Europa. La cepa Delta no se mencionaba –salvo en círculos académicos–, se flexibilizó el ingreso por el aeropuerto y, para rematar, el Gobierno anunció que ni siquiera sugerirá renovar el Estado de Excepción, producto de las presiones de los partidos de su coalición.

La Moneda se jugó una carta final a sabiendas de que le quedan menos de seis meses en el poder. Soltó la billetera fiscal sin problemas y “decretó” –simbólicamente– que todo había vuelto a la normalidad, pese a que las cifras de estos últimos días indican que la tendencia de casos va nuevamente al alza, después de tres meses de caídas, y que son preocupantes. Durante la última semana, las cifras de contagios van en aumento (12%), al compararlos con el mismo día de la semana anterior. Además, luego de casi un mes, se volvió a una positividad sobre 1%, y se ha comenzado a repetir un ciclo –casi calcado– en que Arica se dispara y luego se expande por el norte.

Queda aún un porcentaje de personas importante que, pese a poder hacerlo, no se quiere vacunar, a lo que se suma la baja de efectividad de las vacunas –especialmente la Sinovac– luego de unos meses, y la fuerte alza de dos variables muy potentes: Delta y Mu. Esta última, conocida en su momento como “la colombiana”, que se asocia al ingreso ilegal de migrantes. En adición a esto, a partir de octubre se abrirá el aeropuerto, se acabarán las residencias sanitarias, terminará el toque de queda y ya no podrán existir cuarentenas –que lo permitía el Estado de Excepción–. Y, claro, luego del fin de semana de Fiestas Patrias, es muy seguro que a mediados de octubre tengamos un rebrote sí o sí, aunque ojalá menos duro que los anteriores. Como para recordarnos que esto no ha terminado, como lo hemos visto en el mundo, especialmente en Israel, que tuvo que retroceder nuevamente y que tiene características muy similares a Chile en materia de gestión de la pandemia y vacunación.

Creo que el Gobierno esta vez buscó sintonizar con las expectativas y sentimientos de una ciudadanía cansada, fatigada y al borde del hastío y optó por soltar y abrir con el objetivo de revertir las cifras económicas y, por supuesto, darle un empujón a Sebastián Sichel. Total, el problema rebotará en unos meses más y en ese momento Piñera ya no estará en La Moneda. Pragmatismo o búsqueda del legado perdido, da igual. Pero además del rebrote que se nos viene –que ya parecemos haber olvidado por completo lo que significa–, el Gobierno olvidó algo clave. Volver a creer que Chile es un “oasis” –como lo afirmó Piñera antes del 18-O– y que vivimos aislados, puede convertirse en un error grave. ¿Qué sacamos con abrir las fronteras si estamos en un vecindario y un mundo con baja vacunación y en que la pandemia sigue creando nuevas cepas y mutaciones a diario? Pero Piñera parece no aprender las lecciones.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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