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El valor de la libertad

por Gonzalo Garay Burnás 2 junio, 2019

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Señor Director:

Cada cierto tiempo, especialmente tras algún suceso violento o cuando algún falso empresario emplea sus dotes actorales para arrebatarle sutilmente el dinero a incautos contratantes, el oportunista mundo parlamentario levanta fervorosas propuestas, prometiendo las penas del infierno para quien cometa tal o cual hecho.

No obstante lo anterior, y pese a la amenaza de extensas penas, cada día somos testigos del aumento de la criminalidad y, consecuencialmente, de un incremento exponencial en el número de reclusos.

Para un adorador de los números y de las estadísticas, de esos que abundan en estos tiempos, el panorama expuesto en las líneas precedentes puede parecer ilógico. Paradójico podríamos decir. Más lo cierto es que es real. Esto nos obliga a buscar aquellas variables que inciden en el resultado negativo de la ecuación social que se nos presenta.

Sabido es que el gran número de las personas que viven el encierro carcelario proviene de los estratos menos favorecidos de la sociedad, quienes en una proporción no menor realizan más de una estadía en prisión. Descartada la finalidad resocializadora de la sanción penal, que en Chile y casi en todo el mundo es igual a cero, lo único que cabe por concluir, en la aproximación más elemental al fenómeno, es que para una masa importante de conciudadanos la libertad no resulta ser un valor fundamental y prioritario. Dicha afirmación encuentra asidero, primeramente, en la existencia de aquella jaula que permanece cerrada por fuera y asegurada con dos candados, uno de los cuales lleva el rótulo de la marginalidad y el otro el de la segregación. Desde esa pesada mochila, que implica para el sujeto redoblar sus esfuerzos para salir de un círculo vicioso cómodamente pernicioso, aplastante, es muy difícil abrirse a un mundo de libertades, espacio que parece reservado para la gente mas acomodada. La conspiración del Estado en este cuadro viene a agudizar el problema, dado que no ofrece escenarios abiertos para que las familias disfruten y se identifiquen positivamente con su ciudad, como plazas y parques; salud pública con un aceptable nivel de eficiencia y confortabilidad; transporte digno y expedito o educación gratuita y de calidad. A cambio, el futuro delincuente deambula hipnotizado desde su niñez por los pasillos de un mall, incorporando naturalmente la importancia del consumo y añorando como meta última el acumular bienes mundanos. Al subir en edad, simplemente se sustituirán los muros de aquel palacio de la oferta y la comida chatarra por los de la oscura y fría cárcel. Ambos, en todo caso, implican una privación de libertad. En los dos escenarios se aprende a estar encerrado. Al final, es el derrotero de las vidas vacías que estamos engendrando.

La explicación, como es evidente, pasa por un análisis sociológico del esquema imperante y ahí es donde nos encontramos con una sobrevaloración de lo material, consecuencia directa del modelo económico instaurado en Chile después del quiebre de la democracia, allá por los años 70; desarrollado a sangre en la década de los ‘80, y consolidado, paradójicamente, luego de la caída del régimen que gobernó por 17 años.

El desafío para las nuevas generaciones pasa por sacudirse de los agotados paradigmas del mercado que nos han gobernado por más de cuarenta y cinco años, única fórmula que puede llevarnos a reconectar nuestro enfermizo espíritu consumista con la textura y esencia misma de las emociones simples, erigiendo a la libertad a la cúspide de los derechos fundamentales, en el entendido que es en ella donde se encuentran las mejores condiciones para crear y desarrollarse, para expresarse, para disfrutar de la belleza en sus diversas manifestaciones, para amar y ser amado, para ser feliz.

Gonzalo Garay Burnás
Abogado y escritor

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