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24/7 en tiempos de pandemia

por Nicolás Verdejo B 28 marzo, 2020

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Señor Director:

En 24/7: Late Capitalism and the Ends of Sleep (2013), el crítico de arte y profesor de la U. de Columbia, Jonathan Crary, describió con provocadora lucidez las trayectorias del que, por entonces, podía considerarse el obsesivo blanco de la institución capitalista: el espacio del sueño. Dando cuenta de algunas iniciativas militares estadounidenses para suprimir el descanso y privar del sueño -tanto a víctimas como a victimarios-, Crary sostiene que, como ha sido habitual en la historia occidental, las innovaciones de la guerra acaban por asimilarse irrenunciablemente a esferas sociales más amplias. De esta forma, así como en operaciones bélicas el sueño podría determinar ciertas desventajas, la maquinaria global de producción y consumo resiente una gran cantidad de horas de inactividad. Y es que el sueño, ostracismo que no exige recursos, ha sido instancia esquiva -que no imposible- a los ardides de un mercado que busca renovar la propuesta de sus discursos ante una ciudadanía cada vez más crítica y suspicaz.

La pandemia desatada por el Covid-19 en todo el mundo ha desnudado las fortalezas y debilidades de los protocolos de crisis en diferentes administraciones de los países en el radar de contagio. Salud pública, suministros, servicios y trabajo constituyen una compleja geografía de conflictos por sortear. Por una parte, millones de personas en el mundo aún no cuentan con el beneplácito por parte de sus gobiernos o empleadores para hacer estricta cuarentena; por otra, un grupo no menor de la población puede simplemente trasladar su espacio de trabajo a sus hogares. Si bien el teletrabajo -o telecommuting para asiduos a los anglicismos- reviste hoy un privilegio social, no es menos cierto que permite hoy proyectar ciertas tendencias que podrían masificarse mundialmente en el mediano plazo.

Hace un par de días, la Cámara de Diputados de Chile aprobó el proyecto de Teletrabajo (que también describe la diferencia conceptual con la modalidad “trabajo a distancia”), cuyo texto comenzará a regir a mediados de abril del presente año. Lo cierto es que el proyecto había sido presentado en 2018 por esta segunda administración de Sebastián Piñera; y aunque hasta antes del proyecto original en Chile sólo un 0,4% de los ocupados teletrabajaban (distante del 5% en EEUU y del 10% en Europa), la actual crisis sanitaria y la exponencial proliferación de nuevos formatos digitales requirió de rápidos avances respecto a horarios, equipos y materiales empleados en la modalidad. Sin embargo, el impacto sobre todo aquello que es parte de nuestro espacio doméstico -topológica y afectivamente- es aún algo de difícil cuantificación y, si se nos permite aventurar, podría suponer cambiar o invertir el eje de gravedad taylorista-fordista del trabajo del siglo XX.

En un informe publicado a fines de 2019 en base al estudio sobre 15 países, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) advirtió sobre dos inminentes desdibujamientos para la vida que el teletrabajo trae consigo para la vida de las personas. El primero, y aunque el mandatario pusiera énfasis en que esto no significaría estar disponible las 24 horas, tiene que ver con la probada tendencia de los teletrabajadores a trabajar más horas de las debidas, lo que indiscutiblemente puede llegar a significar severos trastornos en los hábitos de reposo y descanso. A pesar de que el informe asume las diferencias culturales y de roles organizacionales de los países analizados (EEUU, Holanda, Bélgica y Argentina, entre otros), si observa que una porción mayor de los teletrabajadores centra su actividad en horario vespertino y, de forma naturalizada, los fines de semana.

El segundo punto crítico establecido por las recomendaciones de la OIT tiene que ver con la infraestructura necesaria para las actividades que esta modalidad requiere. Tanto el presidente como personeros de gobierno han subrayado que la ley promulgada atiende los costos de operación de los equipos (luz e internet, por ejemplo), pero la propiedad de equipos y herramientas deberá ser acordada por contrato. Esto último, como suele ocurrir en este tipo de casos, arriesga un arreglo de evidente unilateralidad por parte del empleador si es que la autoridad no establece penas, sanciones o, porqué no, estímulos. Como sea, y aunque las condiciones físicas y espaciales para el trabajo en casa llegasen a estar en orden, el riesgo que podríamos anticipar radica en todo aquello que lo orbita: la vida doméstica, la vida afectiva; la vida misma. Ante el inminente arribo de la oficina en casa, ¿cómo se verán afectados los espacios de ocio, recreación y descanso? De nuevo: asistimos con heterodoxa suspicacia a un nuevo orden organizacional de la domesticidad: del orden vida-trabajo-vida hacia el de trabajo-vida-trabajo u otras combinaciones.

Podemos observar que el teletrabajo significa una nueva oportunidad de desarrollar una nueva cultura laboral, en total equilibrio y balance con todos aquellos espacios en los que podemos sustraernos de producir y consumir. Parece poco probable que el capitalismo agote sus instancias en la presente crisis, aunque sin dudas la resiente. También podríamos asumir, sin oposición, un nuevo desplazamiento de los límites del capitalismo por extraer los activos que, para el mercado, podrían significar los espacios del “hacer nada”. Hoy, con una sociedad fuertemente vigilada y con militares en las calles, será posible recrear íntimas y perturbadoras ficciones sobre la incidencia de los medios tecnológicos en nuestras vidas, siendo el trabajo parte importante de ellas. Como el mismo Crary apuntase al final de su libro, el capitalismo no puede autolimitarse, siendo nuestro sueño y descanso una imposibilidad de acumulación y mercantilización; un momento en que el despertar permita refrescar una ficción en que la consideración por la vida no pueda ser reificada, mucho menos postergada por los índices de la economía.

Nicolás Verdejo B., investigador arquitecto y máster en arquitectura

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