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El realismo mágico y trágico de Brasil

por 28 octubre, 2018

El realismo mágico y trágico de Brasil
Lo que en gran medida se define este domingo no es solo Lula y el PT  y su legado, todo incluido como ofuscación y corrupción política versus una mano fuerte de orden y progreso, sino el destino sobre cómo enfrentar un futuro integrado y socialmente pacífico del país. Porque el mayor problema no es ganar la elección, sino cómo enfrentar el futuro y eso vale para cualquiera que gane. En Brasil los vectores de la violencia delictual, institucional, política y cultural, le han ganado la mano comunicacional a la racionalidad, lo peor de todo, de la mano legitima de la democracia electoral y la simulación de lo que es un buen gobierno, como ocurrió este último tiempo con Temer. Y la más preocupante perspectiva es un enfrentamiento entre el Estado corrupto militarizado y el crimen organizado.
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Hoy es la segunda vuelta electoral presidencial en Brasil, entre un designado sucesor de Lula y un ex militar conservador. Pero lo que se elige es algo más que un dignatario, es una manera de mirar la democracia, la cultura política y la memoria. Y tal vez, esta última los pobres ya no la tengan.

Treinta segundos le tomó a Luiz Inácio Lula da Silva votar en las elecciones presidenciales el 2010 cuando ungió con su carisma a Dilma Rousseff como su sucesora en la presidencia de Brasil. La gran sorpresa de esa elección la dio la candidata del partido verde Marina Silva, ex ministra de Medio Ambiente de Lula, al obtener el 20% de los votos en primera vuelta, por fuera del PT. Era un aviso de lo que ocurriría después con el PT.

Hoy Lula está en la cárcel acusado de corrupción, no pudo ser candidato pese a su favoritismo, y la sorpresa vino por el lado de Jair Bolsonaro, un ex militar ultraderechista, y la disolución –casi incomprensible-  de la base social del PT, lo que mermó su fuerza electoral y definió una variable sustancial de la elección: la identificación de la corrupción con el partido de Lula.

Brasil no tiene ni exceso de bocas ni falta de alimentos pues es uno de los cinco mayores productores agrícolas del mundo, además de transitar hacia la cuarta o quinta economía del mundo. Son grandes vendedores de armas y grandes depredadores de sistemas institucionales de otros países, pese a haber logrado un soft power significativo en el campo internacional con Lula.  Solo que, además de esto y de ser campeón mundial de fútbol, lo es también de la desigualdad social. Lula nunca quiso solo “una maratón de comida”, sino una de dignidad, pero se enredó en sus propias piernas y terminó preso.

Es un hecho que las elecciones se definen y terminan solo cuando se cuentan los votos. Pero parece casi imposible que Fernando Haddad, pueda remontar el favoritismo de Bolsonaro y ganar la segunda vuelta hoy domingo, a menos que toda la lectura de lo ocurrido –encuestas de por medio- sean erróneas y en Brasil se haya instalado un péndulo loco de la democracia electoral, y a última hora, unos ignotos o desconocidos ciudadanos concurran en otro acto mágico a las urnas, y den vuelta las elecciones.

Si se mira con atención la revolución social democrática realizada por el PT en los gobiernos de Lula, lo actual es muy parecido a una esquizofrenia política, pues ni siquiera los índices de corrupción del PT son diferentes al promedio histórico cultural del Brasil, todas las fuerzas políticas incluidas. Pero sí lo son los cambios sociales ocurridos en los últimos 20 años.

El  capitalismo social de Lula: en qué falló?

En su corta democracia republicana post años 80, Brasil siempre tuvo a Lula como candidato a Presidente desde 1989 y las dos veces que ganó nunca lo hizo en primera vuelta. Entregó un país con cifras impresionantes de inclusión y desarrollo social bajo premisas capitalistas, no con una revolución marxista y según se le definió en esa época por la Fundación Getulio Vargas, “Lula es para su país la encarnación del ascenso social, la personificación de un nuevo héroe brasileño, el trabajador, con trabajo y con derechos”.

Con el éxito de su política de inclusión social basadas en alzas salariales, creación de empleos, y medidas de acceso a la banca y a créditos bajos, millones de personas pasaron a integrar algo socialmente nuevo, la llamada clase C por los economistas, una especie de clase media que daba potencia y crecimiento interno a Brasil.

Con ella cambió el rostro de lugares como Rocinha, la favela más grande de Río de Janeiro, que de ser un reducto de miseria, delincuencia y desempleo, pasó a ser un lugar habitable para sus moradores. Desde el año 2003 al 2010 más de 30 millones de brasileños dejaron la pobreza y la clase C, con ingresos mensuales entre 500 y 2000 dólares alcanzó un volumen de más de 90 millones de personas y concentró el más del 45% del ingreso nacional.

La fórmula simple de usar la Caja Económica Federal, principal banca pública, para distribuir los beneficios sociales a los más pobres, agregando una “carta de crédito ciudadano”, con una cuenta gratuita en el banco gratuita, permitió que la gente de menores ingresos operara su dinero en el sistema formal accediendo a bienes hasta entonces inalcanzables.

El  retail prácticamente explotó empujando un crecimiento inesperado a partir de estos consumidores ávidos de electrodomésticos, informática, vestuario y servicios, y universidades, clínicas privadas o aeropuertos.

Pero esa clase C resultó, ya entonces un grupo muy diferente a las clases medias tradicionales, tenía un fuerte sesgo clientelista, y baja lealtad política orgánica y cambió durante los gobiernos de Rousseff. Sobre todo por un PT incapaz de captar la voluntad de “seguir cambiando”, la crisis económica y las redes de corrupción  del partido de Lula. Objetivamente su cambio social era evidente, pero dependía en gran medida de dineros provenientes del Estado y, por diversas razones este empezó a mermar. Y aunque con Lula su participación cambió el rostro social y político de Brasil, al parecer no tenían ni la cultura cívica ni la cohesión para ir más allá del líder. Preso Lula y fuera de la carrera presidencial, lo que ocurrió con Dilma Rousseff la corrupción extendida en sectores del PT,  cambió el escenario y nadie fue capaz de captar la continuidad de Lula enunciada el 2010. Ni siquiera él.

En zonas de la clase C, sobre todo en Río de Janeiro el PT perdió por paliza y Bolsonaro se llevó hasta el 60% de los votos.  El pragmatismo social de Lula, prácticamente su experiencia de vida, lo llevó a programas como “Hambre cero” y “Bolsa familia” que cambiaron el rostro del país. Pero la vida cotidiana de la mayoría del  Brasil no opera con la memoria de las cosas buenas o malas del pasado, (como en casi todas partes) sino con el día a día de la vida difícil. Y entonces la violencia, el desempleo y la crisis, copan la economía con la industria y la ideología del miedo, y en ese escenario, la racionalidad política termina sometida al que chilla o grita más o hace exhibición de musculatura de ley del más fuerte.

Brasil no tiene ni exceso de bocas ni falta de alimentos pues es uno de los cinco mayores productores agrícolas del mundo, además de transitar hacia la cuarta o quinta economía del mundo. Son grandes vendedores de armas y grandes depredadores de sistemas institucionales de otros países, pese a haber logrado un soft power significativo en el campo internacional con Lula.  Solo que, además de esto y de ser campeón mundial de fútbol, lo es también de la desigualdad social. Lula nunca quiso solo “una maratón de comida”, sino una de dignidad, pero se enredó en sus propias piernas y terminó preso.

Lo que en gran medida se define este domingo no es solo Lula y el PT  y su legado, todo incluido como ofuscación y corrupción política versus una mano fuerte de orden y progreso, sino el destino sobre cómo enfrentar un futuro integrado y socialmente pacífico del país. Porque el mayor problema no es ganar la elección, sino cómo enfrentar el futuro y eso vale para cualquiera que gane. En Brasil los vectores de la violencia delictual, institucional, política y cultural, le han ganado la mano comunicacional a la racionalidad, lo peor de todo, de la mano legitima de la democracia electoral y la simulación de lo que es un buen gobierno, como ocurrió este último tiempo con Temer. Y la más preocupante perspectiva es un enfrentamiento entre el Estado corrupto militarizado y el crimen organizado.

Bolsonaro, Haddad, Marcola y la cultura de la muerte

El año 2006 un levantamiento dirigido desde una cárcel del Estado de Sao Paulo paralizó la ciudad. Se incendiaron buses y edificios públicos y bandas de criminales fueron a los domicilios de policías y gendarmes carcelarios y asesinaron a más de un centenar de personas. Fue la aparición pública notoria del Primer Comando de la Capital, PCC, liderado por Herbas Camacho, alias Marcola. Después de tres días de terror, a mediamos de mayo, el Estado aceptó negociar con Marcola.

Un año después, O Globo publicó una entrevista (ha sido reiteradamente calificada como falsa) al líder de esa organización delictual. Se le conoce como El nacimiento de una nueva especie, (lea texto completo) y es prácticamente un manifiesto de poder frente al Estado.

Más al norte, en Río de Janeiro, el paisaje delictual es dominado por el llamado Cartel Vermelho (Cartel Rojo) dedicado a los secuestros y tráfico de drogas, que en el control delictual de la ciudad hace años desplazó a los grupos del clandestino Jogo do Bicho (Loteria de Animales) que se juega en cada esquina de la ciudad, con la participación abierta de la ciudadanía. El promedio de edad de los jefes de este cartel no supera los 20 años.

Ambas organizaciones criminales (PCC y CV), verdaderas asociaciones gremiales o mutuales criminales,  se diputan el control de las cárceles del país, además del poder y la influencia sobre políticos, policías e instituciones judiciales corruptas. Las cárceles,  una de las grandes industrias brasileñas, con casi 700 mil reclusos y en las que cada año desaparecen entre 50 y 100 reclusos víctimas de asesinatos y actos de canibalismo, es el escenario radical para ejemplificar porqué las soluciones de fuerza no tienen éxito.

Las policías brasileñas (cinco instituciones federales la mayoría militarizadas, 26 estaduales y miles de guardias municipales y otros cuerpos) son una de las que más matan en el mundo. Desde hace un año existe un creciente reforzamiento de recursos y métodos violentos para intervenir barrios y ciudades, con un número indeterminado de víctimas civiles inocentes.

La pregunta es cómo hacerse cargo de esta situación, pues la situación actual ya es límite, y existen zonas pobres donde se vive de manera permanente un estado de excepción de facto.

Ya no hay miedo a morir en los ámbitos criminales, menos a matar. Lo que nace es, según Marcola el líder del PCC una especie “post miseria” que se nutre de la desigualdad social del país.  Todo es parte del realismo mágico y trágico de Brasil.

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