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Negacionistas del cambio climático amenazan en Bonn el éxito de la COP25 en Chile

por 3 julio, 2019

Negacionistas del cambio climático amenazan en Bonn el éxito de la COP25 en Chile
La gravedad de la crisis climática es el resultado del desmedido aumento de la temperatura media global en la superficie terrestre, la que es proporcional a las emisiones de CO2 que se acumulan en la atmósfera. Simple y claro. Mientras más emitamos CO2, más sobrecalentamos la superficie terrestre. Hasta ahora vamos en poco más de 1,1º C. Elevarla más allá de 1,5º C, por sobre los valores existentes en la época preindustrial, es el peligro más grande que hasta ahora ha enfrentado la humanidad. Ese es el quid del asunto.
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La semana pasada, una vez más, el Acuerdo de París recibió un golpe contundente. Los negacionistas están decididos a no dejarlo avanzar. En la Reunión Anual de Bonn sobre la Acción Climática realizada en la Secretaría de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) –que se llevó a cabo desde el 17 al 28 de junio con más de 3 mil participantes, incluida nuestra ministra del Medio Ambiente, Carolina Schmidt– una vez más Arabia Saudita y Estados Unidos, con el apoyo de Polonia, Siria, Hungría, Brasil, se opusieron a aceptar las recomendaciones del Informe del IPCC. Se niegan, incluso, a discutir los datos científicos y sus recomendaciones o conclusiones. Desconocieron el acuerdo de caballeros adoptado en la COP24 en Katowice.

Por el contrario, la gran mayoría de las partes, con el apoyo de las ONG y movimientos ciudadanos, enarbolaron el lema de “la ciencia no es negociable”. Las recomendaciones del IPCC lo que plantean, en síntesis, es que la comunidad internacional asegure una reducción inmediata de las emisiones de CO2 en, por lo menos, un 3% por año a partir de este año.

Pero cómo lograrlo si ningún gobierno ha empezado a reducir sus emisiones en una cantidad cercana a ese 3%. Al contrario, vamos en el sentido opuesto. Continuamos con un aumento de casi el 2% anual en las emisiones de CO2 global promedio en los últimos dos años, una constatación que nos conduce derecho al desastre. Con tal aumento, aunque aumentemos el uso de renovables, no podremos frenar el sobrecalentamiento global y superaremos los 2°C antes de 2035-2040, con consecuencias nefastas.

Lo más decepcionante es que, a pesar de la gravedad de este llamado, los gobiernos no están honrando sus compromisos. Continúan haciendo muy poco al respecto, enredados en discusiones estériles y se doblegan a las argucias de Arabia Saudita, EE.UU. y otros negacionistas exportadores de petróleo o ligados a las industrias de los combustibles fósiles. Tampoco hay indicios de que los grandes contaminadores estén reduciendo sus emisiones de CO2. Los políticos y legisladores tampoco están legislando para obligar a los contaminadores a reducir sus emisiones. Ningún avance. Ese, en pocas palabras, es el estado de la situación. Una peligrosa inacción.

La gravedad de la crisis climática es el resultado del desmedido aumento de la temperatura media global en la superficie terrestre, la cual es proporcional a las emisiones de CO2 que se acumulan en la atmósfera. Simple y claro. Mientras más emitamos CO2, más sobrecalentamos la superficie terrestre. Hasta ahora vamos en poco más de 1,1º C. Elevarla más allá de 1,5º C, por sobre los valores existentes en la época preindustrial, es el peligro más grande que hasta ahora ha enfrentado la humanidad. Ese es el quid del asunto.

Según un modelo matemático recién publicado (Lawrence y Schäfer; Science, 31 de mayo de 2019: Vol. 364, Issue 6443, pp. 829-830), que utilizó datos de emisiones hasta 2018, podemos afirmar que “para tener un 50% de probabilidad de permanecer por debajo de 1,5 °C en 2030, las emisiones netas globales de CO2 tendrían que disminuir en un 5% por año, comenzando de inmediato”. Así de urgente es la situación. Los datos son como un balde de agua fría y ponen en peligro al Acuerdo de París.

El informe del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) –la élite científica mundial en temas relativos al clima– plantea que aún es posible limitar el calentamiento global a 1.5 °C, pero que requeriría transiciones "rápidas y de gran alcance" en la forma en que gestionamos la tierra, la energía, la industria, los edificios, el transporte y las ciudades. Específicamente, las emisiones netas de CO2 causadas por el hombre tendrían que reducirse de aquí al 2030 en, aproximadamente, un 45 por ciento desde los niveles de 2010, alcanzando la “neutralidad” alrededor de 2050.

Lo más decepcionante es que, a pesar de la gravedad de este llamado, los gobiernos no están honrando sus compromisos. Continúan haciendo muy poco al respecto, enredados en discusiones estériles y se doblegan a las argucias de Arabia Saudita, EE.UU. y otros negacionistas exportadores de petróleo o ligados a las industrias de los combustibles fósiles. Tampoco hay indicios de que los grandes contaminadores estén reduciendo sus emisiones de CO2. Los políticos y legisladores tampoco están legislando para obligar a los contaminadores a reducir sus emisiones. Ningún avance. Ese, en pocas palabras, es el estado de la situación. Una peligrosa inacción.

Se confunde el mundo político y el sistema de gobernanza mundial si considera que la crisis climática se va a superar con el tiempo, como lo hacen con los problemas económicos y financieros. Se confunden también los que creen que por realizarse la COP25 en nuestro país habrá alguna posibilidad de superar la inacción y apatía. Se equivocan asimismo aquellos que creen que llegará a tiempo un milagro tecnológico, los que esperan que la solución sea por una disrupción tecnológica antes de 2030 o 2040 que nos salve del desastre. Esa es una esperanza irresponsable. Necesitamos más tiempo para que esa disrupción ocurra a una escala global.

Uno de los principales detonantes de la crisis climática es la insuficiencia y el incumplimiento de las Contribuciones Nacionales Determinadas (NDCs). A la fecha 183 países, entre ellos Chile, las han presentado para reducir voluntariamente sus emisiones de CO2. Pero la verdad es que, con esos aportes, estamos en fojas cero o peor que antes. Si todos estos países cumplieran con sus NDCs, según las cifras que han presentado, las emisiones globales de CO2 se mantendrían casi iguales o incluso aumentarán ligeramente hasta al menos 2030. Es decir, las NDCs son claramente insuficientes y lo trágico es que ese es el núcleo donde reposa todo el éxito futuro del Acuerdo de París.

Las NDCs tampoco reflejan la urgencia requerida. Tomadas en conjunto, no lograrán limitar el calentamiento global a 1.5 °C, según el “Informe de la Brecha de Emisiones” (Emissions Gap Report) publicado recientemente por el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA). Incluso, las estimaciones más conservadoras tienen ese número casi duplicándose a 3ºC para fines de este siglo, si continuamos haciendo las cosas como siempre. Lo que más debería inquietar a los optimistas de un posible éxito de la COP25 es tomar nota de que, para el colmo, en la Reunión de Bonn los mismos que se siguen oponiendo al informe del IPCC, también rehusaron discutir o entrar a analizar la efectividad de las NDCs.

En las veinticuatro Conferencias de las Partes (COPs) sobre el clima realizadas desde 1994 a la fecha, los gobiernos tuvieron igual número de oportunidades para adoptar un plan de acción efectivo para detener el cambio climático. Las han desperdiciado todas. Arribarán a nuestro país en diciembre, en medio de la más grave emergencia, a punto de escalar a situaciones extremas, con la mochila de la ineptitud, inacción y apatía a la crisis climática. Esta será una de las últimas oportunidades que tengan para superarla.

El panorama futuro del Acuerdo de París se ve muy oscuro en el ámbito de las negociaciones intergubernamentales. La responsabilidad de salvarlo ahora, parece más bien estar en los hombros de la iniciativa privada, los ONGs y las organizaciones ciudadanas. El grito que se escucha es: “Olvidémonos de los gobiernos”.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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