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Dudar, pensar y crear

por 24 junio, 2020

Dudar, pensar y crear
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Después de comparar los precios que las cadenas farmacéuticas cobran por los medicamentos en Chile con los de los mismos en Europa o EE.UU., después de conocer detalles de los experimentos que la industria hace con humanos, especialmente en África, de ver las presiones que ejerce sobre médicos y medicina, y los cientos de prácticas salvajes que realiza y que logran filtrarse en su prensa amiga, es imposible creer en la industria farmacéutica. Es imposible no concluir que sus acciones corresponden más a un cartel que a una industria con “responsabilidad social corporativa”.

Sus acciones se hacen más graves contra nuestra salud y nuestros bolsillos, si pensamos que vivimos en un país de hipocondríacos, inundados por publicidad engañosa, carentes de información veraz, protección estatal y con costos de salud inalcanzables para la mayor parte de la población. Donde, especialmente a los más viejos, las mismas cadenas farmacéuticas que nos cobran precios absurdos por las medicinas más imprescindibles, nos ofrecen tarjetas de crédito en dinero efectivo a altas tasas de interés.

En países tan neoliberales como Chile las políticas del cartel se hacen más descarnadas, pero son de nivel mundial. Aunque se han venido intensificando desde los años 80 por el vencimiento de patentes, las nuevas que surgen multiplicadas por los TLC, el alto costo de los juicios que el negocio pierde por los efectos secundarios de sus medicamentos, sus prácticas monopólicas y sus errores médicos. Además, enfrenta una crisis estructural, que muy poco se informa, que ha comenzado con el descubrimiento del genoma humano que está cambiando la concepción de la medicina. Estamos pasando desde el uso de fármacos iguales para una misma enfermedad a la prescripción de medicamentos específicos correspondientes a la genética individual de cada ser humano.

Algunas prácticas del cartel, imposibles de ocultar, son las relativas a las fusiones, la concertación de precios en un mismo país y la multiplicidad de acciones para patentar marcas o líneas de producción discutibles por dañinas como la semilla transgénica y otras.

Las permanentes fusiones han acrecentado el poder del negocio, como la fusión de Sanofi-Synthelabo con Aventis, que los situó en el tercer lugar de la farmacéutica del mundo, después de la empresa norteamericana Pfizer y de la británica GlaxoSmithKline. Esta última se ha destacado por sus acciones contra la salud por lo que ha sido llamada por sectores alternativos del Primer Mundo como GLOBAL SERIAL KILLERS (GSK).

Solo como ejemplo podríamos citar algunas de las acciones de estas empresas que se han logrado filtrar a través de la prensa alternativa. En julio 2001, la Asociación Americana de Endocrinología había obligado a GSK a retirar, por sus efectos secundarios, el Avantia; en 2000 el Troglitazone o Rezulin por tóxico; y en diciembre de 1999 el FDA les prohibió la comercialización en Estados Unidos del Roviglitazone (Avandia) y el Pioglitazone. En enero del 2002, la GLAXO fue acusada por la Agencia para el Control de Medicamentos de Gran Bretaña, de haber causado 57 muertes con el fármaco Bupropión, comercializado en España como Zintabac, antidepresivo para dejar de fumar que causa efectos secundarios. También, en octubre de 2002, fue acusada de haber violado tres cláusulas del Código de Comercio por publicidad engañosa y falta de información por la PMCOPA (Prescription Medicines Code of Practice Authority) de ese país, en relación con la promoción del fármaco llamado Paroxetina, Seroxat o Plaxil.

Muy someramente, nos enteramos, que el 8 de octubre del 2003, murió un bebé en Chile de tres meses por un experimento de la Compañía Farmacéutica GLAXOSMITHKLINE, GSK, con la vacuna rotavirus. El Ministerio de Salud de la época dictaminó que se debía continuar con los experimentos. En junio del 2003 los medios de comunicación internacionales comentaban que miles de hemofílicos se habían querellado contra las empresas Bayer, Baxter Healthcare, Armour Pharmaceutical y Alpha Therapeutic por vender medicinas fabricadas con sangre contaminada y haber sido expuestos a contraer SIDA o Hepatitis B. Estas empresas ya habían actuado como cartel cuando en forma conjunta, entre 1982 y 1985, omitieron cualquier referencia a los riesgos de contagio.

Una denuncia informaba que estas empresas continuaron vendiendo la droga en Asia y América Latina aún después de que esta había sido retirada del mercado norteamericano. En Hong Kong y Taiwan, más de 100 de estos enfermos contrajeron el VIH tras usar el medicamento, pero se ignora cuántos lo hicieron en Argentina, Japón, Indonesia, Singapur y Malasia, países donde se vendió incluso después de que la nueva versión estaba disponible. Según documentos internos de la empresa Cutter Biological, se continuó vendiendo el medicamento en esas naciones para evitar quedarse con grandes reservas de la versión vieja, de las que era cada vez más difícil deshacerse en Europa y Estados Unidos.

En Chile, El Mercurio se refirió al tema en forma sigilosa y la televisión obvió la noticia. Solo El Periodista expuso el hecho, pero en general, algo tan grave pasó inadvertido. Al parecer no existe medio que no se rinda ante un cañonazo de publicidad millonaria.

En Chile, las políticas del cartel se hicieron más impúdicas después de firmar el TLC con EE.UU. Los precios de los medicamentos llegaron a ser 10 y 20 veces más caros que en el resto de América Latina, las tres o cuatro cadenas se metieron en el negocio del crédito y llevan a cabo toda suerte de colusiones y esquemas siniestros para aumentar rentabilidades. La batalla por la venta de medicamentos genéricos ha sido dura y tomada con poca osadía por muy pocos. En suma, nuestra salud está en manos de un cartel, con un poder gigantesco y con la supuesta credibilidad que da entre los más crédulos el curar a los enfermos.

En este contexto de explotación de las grandes mayorías aparece el corona con la publicidad mundial más grande que haya podido recibir ningún hecho, acción o actividad en nuestra historia. Justo cuando estamos en un estallido social sin precedentes en Chile, por su espontaneidad e independencia de partidos, nos encierran. Cuando en el mundo han entrado en crisis los paradigmas políticos, cuando la gente está decepcionada de los políticos e, incluso estos mismos, de la política. Cuando es por todos intuido que hay que cambiar el mundo, sin saber cómo, se nos concentra toda nuestra atención en un hecho. Y es aquí donde es legítimo dudar.

Si se nos miente en todo, si se nos embauca con medicinas nefastas, con semillas transgénicas, con agroquímicos que producen malformaciones congénitas, por qué hay que creer que los que nos han mentido con nuestras vidas y la salud de nuestros hijos, ahora dicen la verdad. Los que sin tener un peso son capaces de comer hamburguesas del Mc Donald por TV para tapar la intoxicación de niños que había producido la cadena, dañina, pero no tanto como el cartel farmacéutico, ¿por qué tengo que creer en estadísticas comparadas que no consideran porcentajes, ni tamaños de población, ni características de cada una de estas?

No digo que el corona no exista. Pero recuerdo cuando en mi infancia sabía de los contagios de tuberculosis, veía a niños en sillas de ruedas en la calle por la poliomelitis, cuando todos los menores estábamos con tifus, sarampión o tos convulsiva. Más tarde, en mi juventud, visitar barrios populares donde cada dos o tres casas había un inválido, enfermo o discapacitado.

Lo que es claro es que en esta coyuntura, sea el corona causa o efecto, viene un cambio potente en el mundo, donde la máquina asumirá gran cantidad de tareas humanas y donde deberemos acostumbrarnos a usar el tiempo libre comunitariamente, donde ayudarnos los unos a los otros deberá ser una consigna colectiva.

Creo que en el encierro, en la desesperación por la falta de trabajo, debemos dudar, pensar y crear.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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