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Intolerancia de la razón a la emoción

por 11 julio, 2020

Intolerancia de la razón a la emoción
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El estilo de confrontación e intolerancia en la política, la enturbia y nos cansa a todos. Sentimos que no conduce a lo que esperamos de ella, que consiste básicamente en buscar soluciones posibles y deseables a nuestros problemas comunes, y tratar de ponernos de acuerdo para aplicarlas.

Suponemos que la democracia debiera ser un espacio predilecto para el pensamiento reflexivo, más inclinado a la deliberación racional que a los sentimientos y emociones. Pero en la política real, en general hay más conflicto, intereses y poder.

Sin embargo, por causas que podemos analizar en otra columna, es un hecho que aquí y en todo el mundo se ha estado produciendo en la política un giro desde la razón hacia la emoción.

La inclinación a la emoción en la política ha facilitado el surgimiento de gobiernos populistas en muchas partes. Se ha empobrecido el debate y, en vez de hacerse en torno a propuestas de futuro, ideas o principios, se nutre de acusaciones cruzadas, descalificaciones, celos de liderazgo, luchas de poder o resentimientos históricos heredados. Ha crecido la intolerancia y en ocasiones las emociones se han desbordado hacia las pasiones.

Basta ver lo que sucede actualmente en USA con Trump y su forma de gobernar; con el nuevo candidato presidencial norteamericano, el rapero de color Kayne West casado con Kardashian, emperadora del reality show; en Brasil con Bolsonaro; en Reino Unido con el Brexit y Boris Johnson. También vimos mucha pasión en las revueltas indignadas y autoconvocadas en París, Nueva York, Los Angeles, Ecuador, Londres, Kiev y Santiago. Y ahora último, en la destrucción de estatuas y monumentos simbólicos en todas partes del mundo. Esta semana, un grupo de 150 intelectuales, escritores, científicos y artistas de talla mundial como Chomsky, Fukuyama, JK Rawling, Steven Tinker, Fareed Zakaria, Salman Rushdie, Wynton Marsalis y otros, han manifestado su gran preocupación por los altos niveles de intoleracia y las estrecheces impuestas a la libertad de intercambio de información y de ideas.

Los racionalistas por su parte están espantados y desesperados con este giro exagerado hacia la emoción en la política. Claman el retorno imperial de la razón, con trompetas y tambores. Exigen análisis, lógica, deducciones; comprobaciones y evidencias; aplicando la técnica y la ciencia a la hora de decidir y dirigir.
Ellos nunca han sido muy amigos de los sentidos ni de la subjetividad y se manifiestan con enojo contra toda pulsión incontenida de emoción en el ámbito social y político, ya sea como desmadre individual o colectivo.
Algunos racionalistas extremos llegan a asquearse públicamente de aquello que tenga algún aire festivo, de “algarabía”, fresca o divertida; se molestan con los brincos “carnavalescos” o el humor sencillo. En su severidad racional, repugnan de lo lúdico y lo espontáneo. Otros parecen no entender muy bien esas cosas del apego, la culpa o la esperanza. Para ellos son sólo “niñerías”, “tonterías” o “deficiencias intelectuales”.

El racionalismo inmoderado también trae graves defectos a la política. Al racionalista le gusta tener siempre la razón e imponer su opinión, más que aproximarse a una verdad intersubjetiva fruto de una deliberación con los demás. Por lo mismo, la empatía y la tolerancia le resultan cuesta arriba aunque aparente lo contrario, generando división y distancia.

El exceso de razón, también aleja del sentido común y de la intuición, más cargados de subjetividad, pero que en la práctica son esenciales para entender la sociedad y tomar buenas decisiones políticas.

En Chile, a fines de los años sesenta y principios de los setenta, la racionalidad abstracta de una elite intelectual de primer nivel, fue parte de las causas de la intolerancia, la división nacional y la fragmentación infinita de los partidos políticos. Los iluminados se pintaron la cara para la guerra, con un trazo de racionalismo, otro de ideología abstracta y un tercero de utopía. Todo terminó en una pasión irracional que destruyó nuestra democracia.

Es indudable que la emoción y los sentimientos forman parte esencial de toda persona humana normal, tanto como la razón. Biológicamente vienen instaladas de fábrica en nuestro cuerpo (en las vísceras y el cerebro límbico). Si de espacio se tratara y nuestro cuerpo fuera una casa en cuarentena, la emoción y los sentimientos ya se hospedan en varios dormitorios y tienen tomado el living y el comedor de nuestro cuerpo, desde millones de años antes que llegara la razón a transformarnos en los homo sapiens que somos. La razón se acomodó en una pequeña esquina del escritorio de la casa, la corteza prefrontal del cerebro. Desde allí, sigue expandiéndose lentamente y controlando cada vez más la casa completa.

Pero no podemos renegar de nuestras emociones y sentimientos. Tampoco extirparlas del cuerpo, porque tendríamos que sacarnos casi todas las vísceras y la parte central del cerebro. Además, si no experimentáramos emociones y sentimientos, no tendríamos experiencias tan bonitas y esenciales como la alegría, el amor y el perdón. Perderíamos las capacidades de creación artística y de gozar el paisaje, el futbol, la música o la poesía.
También es un error meter todas las emociones en un mismo saco para excluirlas de la política. Hay emociones positivas como la alegría, la serenidad, la gratitud, la esperanza, el amor y el perdón, que no hacen daño sino producen beneficios. ¿Habría alguna razón válida para impedir que prosperen en la sociedad y la política?

Por otro lado, es un dato que la política requiere para funcionar ciertas dosis de emoción y sentimientos. Con ellas activa la razón ante los problemas de la gente y nos moviliza a la acción. Son indispensables la emoción y los sentimientos para generar relatos, épica, convocatoria y entusiasmo.

Finalmente es importante aprender a identificar y procesar bien nuestras emociones positivas y negativas, como personas y como sociedad. Entender que las emociones y sentimientos son muchísimo más rápidas que el proceso de la razón, a la que por tanto hay que darle más tiempo de maduración para después tomar buenas decisiones. En lo que se refiere al control de las emociones personales, cuando es necesaria, se hace a través la propia razón. Y a nivel social y político, son las instituciones el dique que contiene las emociones colectivas. Por lo tanto, nuestras instituciones deberán estar fuertes y gozar de legitimidad si queremos controlar mejor las pasiones que vendrán en el país en los difíciles años que vienen.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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