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Medicina contra la intolerancia

por 6 agosto, 2020

Medicina contra la intolerancia
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“¡Triste época la nuestra! Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”, dijo aparentemente Einstein, después de la Segunda Guerra Mundial.

La intolerancia y los prejuicios son una enfermedad grave y contagiosa. A veces es genética, heredada de la tradición de padres y antepasados rígidos, creyentes o ateos, comunistas o conservadores, tiros o troyanos. Como un virus, se expande mutando rápido, y nos engaña disfrazándose de razones, de virtud y superioridad moral. Llega a ser una enfermedad mortal cuando hace metástasis e invade los órganos claves de nuestro cuerpo social, que no pueden extirparse sin riesgo vital.

Así, la intolerancia mata democracias, invalida estados de derecho, desintegra naciones y pisotea la verdad. Ha matado también a miles de millones de personas bajo el nazismo alemán, el estalinismo soviético, el fascismo italiano, las guerras religiosas y cientos de dictaduras.

Einstein, como judío, fue víctima de la intolerancia en los inicios del nazismo de Hitler. Luego en España, donde le ofrecieron quedarse, y los antisemitas y católicos conservadores lo hostigaron hasta que optó por irse. Finalmente, Einstein se radicó en Estados Unidos a fines del año 32, pero para su mala suerte la intolerancia también lo persiguió hasta allá. Sospecharon de él científicos estadounidenses, el FBI de Hoover y el senador McCarthy, que lo creían comunista, “extremista radical” y traidor a esa nación.

Todo eso hizo que Einstein empatizara con los afroamericanos y sus luchas contra el racismo en EE.UU. Él no podía entender que esa intolerancia campeara en ese país al que admiraba por su supuesto respeto por las libertades y la igual dignidad entre todos los individuos. Pero se dio cuenta que esos principios solo se aplicaban entre personas blancas. A los negros, ni hablar, solo el áspero camino de la discriminación y humillación. Decepcionado, publicó el artículo “The Negro Question”, concluyendo que el racismo es la peor enfermedad de Estados Unidos.

Y una vez más –como era de esperar de un genio– Einstein tenía razón. Setenta y cinco años después, esa grave enfermedad sigue afiebrando y produciéndole convulsiones a EE.UU.

¿Y en qué está ahora esta enfermedad? Es un virus que se está extendiendo por todo el mundo y en Chile. Se manifiesta de múltiples formas, no solo en la política, sino también en el mundo de los intelectuales, las universidades, los estudiantes, contagiando así a todos aquellos que presumíamos serían nuestra reserva reflexiva, razonable y tolerante que mantendría cierta cordura.

¿Qué hacemos entonces? ¿Hay alguna vacuna contra la intolerancia? ¡No la hay! Busquemos entonces medicinas preventivas para mantenerla bajo control.

Como toda enfermedad, podemos atacar sus síntomas o sus causas.

¿Y qué estamos haciendo hoy? Solo atacamos los síntomas y efectos, bajando la fiebre con paños fríos, lamiendo las llagas y tomando jarabes que no terminan enfermedades graves como la intolerancia. Atacar síntomas es apagar incendios, controlar el orden público, condenar a la primera línea; a los que queman estaciones de Metro; a los terroristas; a los cobardes anónimos que amenazan a rectores, profesores, intelectuales y políticos. Atacar efectos es contener a los provocadores altisonantes de lado y lado; sancionar a los acosadores que ejercen violencia física, verbal y psicológica, etc.

Pero para terminar o controlar realmente la enfermedad, debemos identificar y entender sus causas y dar medicinas que la ataquen en su origen. Es un tratamiento más largo, es verdad, pero más efectivo y perdurable.

No está mal que ataquemos los síntomas y efectos de la intolerancia. Es necesario, sin embargo, nos dará alivios pasajeros y solo ganaremos pequeñas batallas. Pero ya es hora de que también empecemos a atacar las causas, que es lo que en verdad nos permitirá ganar la guerra contra la enfermedad.

En la siguiente columna, describiré algunas causas de origen de la intolerancia actual y ciertas medicinas para remediar esta enfermedad, incluyendo la receta de Albert Einstein.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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