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Sobre el lugar de la pérdida

por 10 agosto, 2021

Sobre el lugar de la pérdida
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Es un lugar común desde ciertos sectores de la izquierda la idea de que no hay nada que perder aparte de las cadenas. En mi caso particular, si bien me considero como parte de la izquierda, estoy en desacuerdo con esa afirmación. Es más, creo que cuando opera de modo dogmático, resulta incluso contraria a que como sector político podamos acumular fuerza transformadora.

Esto último dice relación con que, al asumir que no hay nada que perder aparte de las cadenas, se está partiendo del supuesto que debe existir una disposición al arrojo más absoluto. Esta es una actitud que difícilmente pueden tomar personas que, si bien puedan vivir de cierta forma “encadenados” (por ejemplo, forzados a un trabajo asalariado y, por ende, sin poder disponer plenamente del tiempo propio), sí tienen muchas cosas que perder si se rompen de cuajo esos amarres, sin que exista nada más.

Uno podrá hacer todas las diatribas que se quiera en contra del consumo o en contra de la subjetividad neoliberal, pero esos parecen ser datos de la causa en este minuto. Además cumplen un rol en la reproducción de la vida actual. Y por lo mismo la disposición voluntaria a perder las formas en que estas se constituyen, parece ser lejana. No por ello debemos renunciar a la búsqueda por transformarla, pero juzgar moralmente a quienes no están dispuestos a lanzarse al vacío para ver si se encuentra un camino diferente, no parece ser lo más útil para ampliar las bases sociales que hagan posible una transformación profunda.

Podemos suponer que algo todavía más radical sucede cuando la violencia y la represión estatal, o el castigo social y laboral, aparecen como horizontes amenazantes para toda forma de movilización y protesta. Pues, en estos casos, es evidente que hay bastante que perder aparte de las cadenas: el bienestar físico, el trabajo, la posibilidad de no estar encarcelado, la vida incluso.

Ciertamente esto último ha sido propiciado por el Estado de Chile y, por lo mismo, las luchas por la verdad, la justicia, la memoria, la reparación y las garantías de no repetición son fundamentales, pues en tanto reducen la amenaza estatal a la disrupción de la norma, abren espacios para mayor libertad y democracia. Pero esta es una realidad que está bien lejos de asentarse plenamente en nuestro país, y para la cual todavía debemos seguir luchando.

En cualquier caso, mi punto es que suponer que sin un arrojo absoluto la lucha sería inauténtica o contaminada, resulta una cuestión problemática para poder aunar voluntades en torno a ciertos deseos u objetivos comunes que permitan mejorar nuestra situación vital.

Ahora bien, al mismo tiempo resulta esencial asumir la dificultad de que, en un momento como el actual, puede avanzarse en un sentido liberador sin “perder algo”. En efecto, grados de comodidad, hábitos de consumo, formas de movilización, concepciones del deber ser dentro del espacio público, entre otras cosas, son cuestiones que difícilmente son enteramente compatibles con un mejoramiento general de nuestra situación vital.

En ese sentido, si asumimos que sí hay quienes tenemos algo que perder aparte de nuestras cadenas, entonces unas preguntas serían: ¿qué estamos dispuestos a perder y por qué?, ¿qué podemos ganar reflexionando sobre este asunto?, ¿cómo podemos actuar de forma coordinada para que eso que se pierde por una parte, se gane por otra?, ¿cómo lidiamos con la necesidad de tener pérdidas injustas, que remiten a un acumulado histórico del cual no somos responsables, pero que sí nos afecta directamente?

En torno a esto último, cuando veo a mi hijo pequeño encantado por los animales y por la naturaleza, no puedo evitar sentir infinita tristeza porque, muy posiblemente, vivirá en un mundo donde mucho de lo que hoy y ayer hemos podido contemplar y disfrutar, será ajeno. Esa pérdida la asumirán las nuevas generaciones, y lo harán sin ser en lo absoluto culpables por el mundo que les legaremos.

¿Qué y cómo debemos perder hoy para ganar esperanza de que exista un mejor mañana?

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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