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¿Dónde está la política?

por 24 noviembre, 2021

¿Dónde está la política?
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Esta columna no se trata de datos, pero comenzaré con uno. Los resultados de Colchane en la elección presidencial. En una de las comunas símbolos del fenómeno de la migración, el resultado indica que Franco Parisi obtuvo la primera mayoría con un 47,79%, lo siguió José Antonio Kast con 46,25% y Gabriel Boric 1,88%, superando por dos décimas a Sebastián Sichel. Durante las horas de entrega de resultados emergió un país fracturado geográficamente. Muy lejos de lo que escuchamos en la campaña, o de cierto sector de los candidatos y las candidatas. 

En la prisa de las campañas, se impuso una dinámica marcada por la enunciación y la refutación de sentencias. En buena medida, la conversación se centró en el “desmentido”. ¿Quién dice la verdad? La vanidad de nuestras ideas y logros nos puede hacer ciegos frente a lo que está ocurriendo. En ese escenario, el candidato Boric y su conglomerado se desgastó bastante en la tarea sin fin de establecer lo “cierto”. ¿Quién dice la verdad y quién miente? Probablemente se pensó que en moverse en esta dicotomía se jugaba la elección, quién lo diría en tiempos cuando lo binario tiene tan mala prensa. Entre bots, cifras contradictorias, opiniones que se dicen como afirmaciones, historiales médicos, declaraciones que no son declaraciones y otras joyitas que nos ha entregado estos comicios, se nos extravió la verdad.

Todo esto llevó a que durante el último debate se planteó contar con una suerte de fact check en tiempo real. La idea prosperó de cierta forma en los medios, algunos intentando dar respuestas durante el debate y post este evento. También Twitter lo fue, mientras Franco Parisi trasmitía su propia participación, fuera de la “institucionalidad”, incluso televisiva. Más allá del aporte de herramientas como el fact check, en el mundo real hay algo que cambió radicalmente, y que autores como Clemens Apprich, dedicado a los estudios de medios, lo han planteado de modo bastante obvio: la verdad se convierte en una cuestión de percepción. Por lo tanto, ¿por qué perseguirla?, y ¿por qué anhelarla, como si esto se pudiese?

En suma, estamos borrachos de información, y en ese estado –como sabemos– las emociones juegan un rol clave. Nos olvidamos de la política. Pero no todos, porque mientras a Kast y Parisi se les acusaba de no conocer su programa o de estrictamente mentir, no se los escuchaba, aunque en sus declaraciones se aproximaban a la política. ¿Buena? No. Pero sí con discurso, seducción, posiciones. En la vereda de enfrente, ideas como tener un fact check, es insistir en hacer de la política una tecnocracia. ¿Esto quiere decir que mentir está bien? Por supuesto que no, lo que no implica renunciar a hablar con todos y todas, escuchar, debatir y no descartar porque el otro es la “mentira” o la “ignorancia”. Y, lo que considero aún más importante, comprender que todos y todas creemos lo que queremos creer. En definitiva, no convencer a los convencidos, sino al electorado que te observa, incluso, con desconfianza. En cambio, se apostó por, ojalá, contar con una app que nos anuncié con una alarma, como si fuese una alerta de tsunami, si nos mienten o no. Una que pudiese haber anunciado lo de Karina Oliva, soslayando el entramado político que involucra ese caso: como la división interna del Frente Amplio entre su élite y el mundo popular. 

Qué duda cabe, el mundo es hoy más complejo. El surgimiento de los medios digitales genera una variedad de realidades, pero esto no puede provocar que abandonemos la política a su suerte y nos inclinemos ciegamente hacia las lógicas de poder de las tecnologías digitales, a las cuales la propia política no ha puesto ningún freno. Hubo un candidato que operó sin pisar el país. 

Este es un problema relativamente nuevo: y que se ha vinculado a fenómenos inquietantes como el Brexit, Trump, Bolsonaro, ¿Parisi?, por nombrar algunos. Las cosas cambian y estos sucesos parecen enfrentarnos con las consecuencias de nuestra falta de resistencia, como lo denominaría la filósofa Mercedes Bunz, en relación con nuestra forma de convivencia con el poder de las tecnologías digitales. Pero este es un juego perverso. Porque a aquello que nos ha generado un problema, a su vez, le atribuimos la capacidad de darnos una respuesta. La soñada app de la verdad –que en otra dimensión se podría equiparar a la app francesa del consentimiento sexual– es una forma más de operar en lo que Bunz plantea como una lógica “solucionática”. Es decir, nos hemos acostumbrado, cual sacos de papas, a relacionarnos con las tecnologías digitales desde el requerimiento. Así torpemente anhelamos que una entidad abstracta nos ayude a distinguir al mentiroso o mentirosa. 

Pero esto carece de realismo. Sin embargo, el camino contrario es difícil, porque lo hemos dejado de practicar: la política. En este punto más de alguien objetará que la política está más viva que nunca, por ejemplo, en las demandas de participación popular o ciudadana, como se desee nombrar. En lo que esas voces no han reparado es que estas instancias también se han transformado en formas técnicas de participación, generando lo que se ha comenzado a nombrar como el “reduccionismo metodológico”. Finalmente, un voto, una opinión, un clic es un dato que en algún lugar se procesa. Nuevamente, esta operación se lleva a cabo con la voluntad de la “verdad”. 

Hannah Arendt, a quien siempre le preocupó el devenir de la esfera pública, planteaba este espacio como un lugar donde las ciudadanas y los ciudadanos pueden reunirse sin tirarse unos encima de los otros. De ahí que le inquietara la sociedad de masas, donde dicho tipo de reunión pareciera imposible o muy difícil que se diera. Este colapso –como lo veía Arendt– de las relaciones humanas, pareciera estar superado por las tecnologías digitales, porque aquello que se abalanza entre sí es un montón de avatares. Mientras veía el mentado debate leí una noticia, de esas que me hubiese gustado conversar con los candidatos y la candidata.

La empresa estadounidense IBM presentó un procesador cuántico que supera la potencia de cualquier computador convencional. Con ello, la capacidad de cálculo de este dispositivo duplica a su símil chino, llamado Zuchongzhi, considerado hasta hace unos días el más poderoso. El informático Jaron Lanier, en su libro ¿Quién controla el futuro?, pone el foco precisamente en los sistemas de procesamiento y cómo la administración de poder estará determinada por esta capacidad. Lo que suele soslayar el mundo político es que los datos no son individuos, son una infinidad de fragmentos de información de diferente índole y que el poder lo tiene quien ostenta la mayor capacidad de procesar estos datos. Hoy es IBM. Hoy IBM podría distinguir la verdad de la mentira, lo eficiente de lo ineficiente, y así sucesivamente. En este estado de cosas, podríamos decir que la esfera pública, pensada por Arendt, suponía un grupo de individuos dialogando, digamos en una mesa, la cual aún existiría, pero vacía. 

Si mi memoria no me hace trampa, el candidato Boric anunció que “el conocimiento es el petróleo del siglo XXI”, una frase enmarcada en la lógica del capitalismo cognitivo. Una afirmación que resuena a “vanguardia”, a “futuro”. Pero, me pregunto, ¿se ha pensado en sus implicancias? El conocimiento es colectivo e involucra a los individuos, si la analogía es con el petróleo, supondría que se nos “extraerá” el conocimiento. A esto, el filósofo Paolo Virno, cercano a su mundo ideológico, lo ha llamado biopolítica 2.0, aludiendo al concepto utilizado por otro filósofo, Michel Foucault, pero en su versión 1.0. En ambos casos, la biopolítica es la forma en que el gobierno administra la vida de las personas, las controla. Por lo tanto, más allá de la importancia que tiene impulsar la generación de conocimiento, todo esto no se puede hacer sin un profundo proceso de reflexión. De no hacerlo, la “solucionática” se apoderará de nuestros anhelos hasta convertirlos en pesadilla. 

Sabemos que existe un vocabulario preciso para este mundo de las políticas públicas basadas en “evidencia” y, no lo quiera ninguna divinidad, higienizada de convicciones. Esto es el abandono de la política y de los políticos como seres humanos, físicos, deseantes. A veces, aquello se les escapa, y ahí recién podemos pensar a quién elegir. Si de algo ha carecido esta campaña es de reflexiones sobre las formas de relación entre los grupos humanos, la técnica, la toma de decisiones. En contrapartida, hemos escuchado bastantes eslóganes y discusiones que se creían superadas. Y, por supuesto, la ferviente necesidad de comprobar quién dice la verdad y no quién nos convoca más.

Quizás, hoy más que nunca, vale recordar esa frase hecha: “La verdadera encuesta se verá en las urnas”. A fin de cuentas, cuando se agota una forma de convivencia de política, parece que transitar hacia otras maneras, por ejemplo telemáticas, duele menos de lo que se podría suponer. Quizás en eso estamos, en el tránsito.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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