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Good bye, tía Pikachu Opinión

Good bye, tía Pikachu

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Juan Pablo Rodríguez
Por : Juan Pablo Rodríguez Académico investigador del Centro de Investigación en Ciencias Sociales y Juventud (CISJU) de la UC Silva Henríquez (UCSH), e investigador adjunto COES.
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Inesperado en su magnitud y alcance, el estallido demostró eso y algunas cosas más que faltan por seguir siendo recordadas, analizadas y estudiadas, porque este tipo de manifestaciones, sus contornos y consecuencias, hablan del espíritu de la época y, sobre todo, de la política.


El 7 de julio no era un buen día para entrar en un estado de inconciencia en el Chile constituyente del 2019, pero eso fue precisamente lo que le ocurrió a Daniela, una mujer trabajadora de la periferia de la ciudad. Símbolo de las movilizaciones más extensas y masivas que ha tenido Chile en su historia, de su espíritu de revuelta, juguetón, carnavalero, pop, la mujer perdió el conocimiento al ver cómo la policía golpeaba a un manifestante.

La familia se ve envuelta en una situación compleja cuando, cuatro años después, Daniela despierta. Aun convaleciente en su cama, quiere saber en qué estaba el proceso que ella misma había contribuido a iniciar. En un comienzo la familia decide ocultarle los drásticos cambios políticos ocurridos durante ese período. Pero una tarde, al no hallar cómo sostener el engaño, su hijo le revela todas las transformaciones ocurridas durante los últimos años. Le cuenta que ella había sido una de las 154 personas encargadas de redactar una nueva constitución para Chile, que la lista con la que compitió con un cupo como independiente se separó adentro de la convención, y terminó por desaparecer, que uno de sus compañeros a quien lo aquejaba una grave enfermedad resultó ser un timador, que después de extenuantes jornadas se aprobaron la mayor parte de las normas que apoyaba, que se lograron los 2/3 para aprobar la constitución más progresista de la historia de Chile, y que en un 4 de septiembre de 2022 en un plebiscito con alta participación, el pueblo decidió rechazar la propuesta.

De fondo, el noticiario muestra las discusiones del consejo constitucional, instancia dominaba por quienes fueron minoría en el proceso anterior, o que ni siquiera llegaron a ser elegidos, “se aprueba la enmienda que incluye la protección a la vida de quien está por nacer”, “se promueve el acceso al derecho a la salud, la educación, la seguridad social”, “se excluye al Estado de una participación activa en el aseguramiento de esos derechos”.

Recurro a un posible paralelo entre la película Good Bye Lenin y la historia de un personaje ficticio para enfatizar la magnitud de los cambios políticos en la sociedad chilena en estos últimos cuatro años. ¿Cómo aproximarse al fenómeno del “estallido” a esta corta distancia? Algunos quisieran olvidar qué ocurrió; otros olvidar que tuvo consecuencias, la mayoría no esperadas. Es probable que la memoria del estallido siga siendo objeto de disputas. En cualquier caso, sería útil intentar describir, comprender y explicar qué fue eso que estalló, y dónde fueron a parar esas esquirlas.  Las ciencias sociales tienen herramientas para ello.

Sólo dos ejemplos, dos fuentes entre muchas otras que pueden servir como compás y orientarnos en ese intento de comprensión.

A partir de la movilizaciones del 2011 hay una creciente literatura sobre lo que ha llamado “movimiento de plazas” (La vida después de la plaza: reflexiones sobre las consecuencias de los movimientos de ocupación, de Amador Fernández-Savater, Cristina Flesher Fominaya y otros ); el Occupy, los Indignaos, la revolución egipcia en la plaza de Tharir, las movilizaciones de la plaza Sintagma en Atenas, el estallido colombiano, todas ellas comparten haber sido movilizaciones masivas en que coexistieron personas comunes y corrientes, no organizadas, con movimientos sociales, organizaciones sociales previas, y emergentes, para expresar su malestar contra una elite política y un sistema socioeconómico que sienten no los favorece. Estos estudios muestran que incluso reconociendo que los efectos de las movilizaciones son múltiples, y afectan sobre todo a quienes participan de ellos, la falta de conducción política tiene efectos políticos, y ponen énfasis en las consecuencias no esperadas de la acción: aun cuando las movilizaciones ciudadanas expresen un profundo descontento y rechazo, entre otros, a la clase política, el sistema político sigue funcionando, y toma nota o traduce en sus términos la movilización, es una de sus conclusiones.

Otro grupo de literatura, enfocado en Chile, ha indagado en el malestar subjetivo y sus posibles formas de politización, y ha mostrado que el malestar se puede expresar de muchas maneras y está abierto a múltiples interpretaciones, alguna de ellas contradictorias. Y que es inevitable que así sea: como han demostrado investigaciones como las que ha realizado hace tiempo Kathya Araujo, o más recientemente Ana María Álvarez y su equipo, después de 40 años hemos aprendido con un sentido práctico a prueba de revueltas las reglas del juego, y conviven en las demandas por más derechos (de condiciones, de oportunidades y de trato) una veta igualitaria y una que apela al mérito para obtener esos derechos: “La aspiración a la universalidad de derechos sociales levantada en la propuesta de Nueva Constitución del 2022 se sostiene en percepciones contradictorias respecto de quienes deben o no ser sujetos de protección social. Estas visiones estarían fuertemente influidas por la focalización de la acción social del Estado en los más pobres, así como también, por la centralidad del esfuerzo individual autónomo como estrategia para lograr el bienestar”, concluye la investigación de Álvarez.

Inesperado en su magnitud y alcance, el estallido demostró eso y algunas cosas más que faltan por seguir siendo recordadas, analizadas y estudiadas, porque este tipo de manifestaciones, sus contornos y consecuencias, hablan del espíritu de la época, y sobre todo de la política, de una dimensión incalculable de la acción política, de torpezas, y quizás sobre todo, de las consecuencias no esperadas de la acción.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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