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El emprendedor y director ejecutivo de Socialab dice que estamos en plena revolución del capitalismo:

Julián Ugarte: “Si premiamos la avaricia, nos vamos a terminar autodestruyendo”

por 26 julio, 2016

Julián Ugarte: “Si premiamos la avaricia, nos vamos a terminar autodestruyendo”
Si alguien quiere solo ganar dinero, Ugarte le da una idea: que se coluda, que pague bajos sueldos y ojalá produzca sucio. Sin embargo, el camino de este diseñador industrial va en sentido contrario. Cree que la economía debe tener bases amorosas. También cree que, en un futuro muy cercano, las empresas cuyos objetivos estén en ser un aporte al mundo –y no solo conseguir dinero– sobrevivirán, mientras las otras irán al despeñadero. “Es que, si no, somos estúpidos”, asegura.
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Son las 15:00 horas de un jueves y Julián Ugarte corre por un café.

–Hay agua en el aire –dice, apuntando a una máquina que funciona con un panel solar, atrapa el aire, condensa y entrega agua. Llega con dos tazas.

Es una de las fuentes de agua que ocupan en Socialab y en Ideas Factory (IF), un espacio colaborativo generador de ideas y proyectos innovadores que van desde lo científico a lo social, todos full tecnológicos, en pleno Barrio Italia.

En el recinto –la antigua sombrerería Girardi– hay varias organizaciones en espacios abiertos. En medio de ese ambiente de colaboración, horizontalidad y libertad, Julián mueve las manos como intentando tocar la nada: “Hay agua en todas partes, hasta se puede sentir, pero no la imaginamos”.

La máquina de la que saca agua para el café incluso sanitiza los entre 20 y 30 litros que puede producir al día. Es también uno de los proyectos que ha apoyado Socialab, plataforma de emprendimientos sociales que busca ir al revés de los negocios: buscar soluciones para la pobreza y la desigualdad –como objetivo– antes que la plata.

–Muchos piensan en innovar porque hay que innovar. O emprenden para no tener jefe. Pero en verdad si alguien quiere ganar plata como objetivo principal, yo le diría que haga algún emprendimiento donde pague bajos sueldos y ojalá de manera irregular. Que produzca barato, incluso sucio. Que se ponga de acuerdo con la competencia, que se coluda... ejemplos por estos días nos sobran. Pero parece que innovar no es eso que está pensando –dice Julián, diseñador industrial, director ejecutivo de Socialab y fundador de IF.

-¿Y qué es innovar?
-A mí me da la sensación de que estos casos, donde hay una competencia feroz o colusión, etcétera, y que tenemos para chutear por montones, generan rechazo en la sociedad. De esos puestos de liderazgo la sociedad también espera otra cosa. Estamos castigando el egoísmo; hay una desaprobación social. Y si estamos castigando el egoísmo, entonces, qué sí queremos planear: yo creo en las cosas amorosas. Yo creo que se va a mover ese centro para hacernos la vida más amorosa. La economía del amar. Lo que está siendo más abundante son las iniciativas más cariñosas.

-Pero es el egoísmo el que domina al sistema, el dinero se ha concentrado en unas pocas manos como nunca en el mundo durante la última década y la plata no es un mecanismo de intercambio sino de poder.
-Yo creo que hay una reivindicación del capitalismo donde cabe la idea de que las cosas buenas tienen que venderse más. Y es lo que corresponde. Cuando existe este rechazo social tan grande al egoísmo, entonces lo que se pide es más de lo otro. Es un fenómeno, y como en algún momento en la Edad Media éramos teocéntricos y después fuimos antropocéntricos, lo que yo creo que está empezando a ocurrir es un cambio de época en donde la cosmovisión va a cambiar desde el individualismo hacia la empatía, lo colectivo. Eso es lo que, sin darnos cuenta, esconde lo que castiga esto y premia lo otro. Y nosotros, en concreto, tratamos de poner la plata en esas compañías que están tratando de expandir esa amorosidad.

Julián se refiere a proyectos como el del condensador de agua y otros que pretenden dar grandes soluciones a problemas humanos.

–A través de una plataforma concurso, damos premios. En Socialab hemos recibido más de 23 mil ideas de 92 países. Nos han llegado ideas hasta en iraní, pero hemos podido premiar solo 140.

-¿Qué otros proyectos han financiado?
-Por ejemplo, Algramo. En general la gente sin plata no puede comprar más barato y si tú compras mayor cantidad puedes conseguir mejores precios. Hay un tema de economía de escala que se llama el castigo de la pobreza. Es decir, tú pagas más por menos. Este emprendimiento se trata de envases gigantes en almacenes de barrio, que agrupa mucho detergente, mucho arroz, también líquidos... la gente compra con sus propios envases. El almacenero gana más vendiendo eso que el detergente chico. La familia tiene un ahorro cercano a 10 mil pesos mensuales, que si comprara todos los productos, es decir, 120 mil pesos anuales, cercano a un bono de gobierno.

"Hoy cualquier persona puede hacer cualquier cosa. Antes uno ganaba con el desconocimiento del otro. Hoy el conocimiento está globalizado, con tecnologías tan, tan baratas. Antes, al momento de emprender, uno debería haber tenido una educación muy privilegiada y redes; hoy la meritocracia de emprender es muy alta. Si tú tienes talento tienes acceso a todos. Para mí son microcambios de sistemas y este fenómeno es global. Yo viajo por el mundo viendo esto y Chile es uno de los países más avanzados en esta revolución, que aún es chica, pero es fuerte".

-Eso es una revolución desde el punto de vista de la economía y su lógica tradicional, donde hay un tipo dedicado a crear un producto solo para obtener una ganancia...
-La diferencia es que quien hizo Algramo se fue a vivir a un barrio y de ese vivir, de darse cuenta y del cariño –en el fondo es amor–, entendió que esto podría ser mejor. Y así nace una solución. Entonces la solución no nace como una forma de ganar plata, sino que para resolver un problema. Y cuando uno genera valor, valor de vuelta llega. Y como son negocios, son escalables; entonces le puede llegar a mucha gente y el efecto se amplifica. Es la reivindicación del capitalismo de la que hablo. Si tú piensas que para seducir a una mujer tienes que comprarte un auto, estás mal. Porque tú quieres seducir a la mujer. Acá es lo mismo, la plata no puede ser un fin en sí mismo, porque me quiero sacar el premio y entonces hago trampa. Quizás si a mí me encanta lo que estudio, tal vez la consecuencia es un 7, pero no es el fin. Entonces lo que yo creo que debe ocurrir en economía es que, si uno genera valor, la consecuencia es que te llega valor. Pero cuando lo buscas como fin último, puedes caer en las otras trampas.

Un futuro amoroso

Julián enfiló por el camino de este tipo de emprendimientos así: terminó Diseño Industrial en el Duoc de Viña del Mar. Reprobó su tesis de mobiliarios para espacios reducidos porque no había hecho lo fundamental: haber estado en uno. Un día vio un concurso del Techo para Chile que se llamaba “Mínimo”, que buscaba equipar las viviendas progresivas de Elemental, la empresa del afamado Alejandro Aravena. En vez de concursar, quiso hacerse cargo de las propuestas. Crecieron tanto, que la célula de innovación de Techo se convirtió en una bola imparable. Entonces escuchó una verdad que para él fue una revelación: “4 mil millones de 7 mil millones de personas en el planeta, ganan menos de 5 dólares diarios”. Visualizó que era un gran mercado con pocas soluciones, pero también comprendió otra cosa: que para entregar soluciones a un problema, tenía que entenderlo y vivirlo.

Julián viene llegando de San Francisco, Estados Unidos. Siempre está viajando. Esta vez estaba dando una charla en Singularity, una universidad en la Nasa, a la que se llega seleccionado y donde, además, Julián fue uno de los alumnos en 2010. Ahí tuvo como profesores a nombres como el inventor del Atari o uno de los fundadores de Google. Según Julián, en estos viajes ha podido ver que estas empresas que caminan hacia objetivos más nobles, también pueden ser rentables.

–Yo creo que empresas como Cumplo, que desafía las leyes de los bancos, o Natura, por ejemplo, se van a sostener mucho más en el tiempo que las empresas tradicionales. Estamos hablando del futuro de la economía. Es que, si no, somos estúpidos, porque si premiamos lo malo y la avaricia, nos vamos a terminar autodestruyendo. Porque vamos a producir más cochino, nos vamos a agarrar a peleas, porque no vamos a reconocer al otro como un hermano sino como un competidor.

-Pero así se mueve la sociedad
-A mí me gustaría citar a Humberto Maturana y Ximena Dávila, de Matríztica. De hecho, quizás ellos lo deberían contar y no yo, pero la biología funciona en torno a la colaboración y no a la competencia. De hecho, nuestros cuerpos son células que colaboran entre ellas, y para qué hablar del universo. Pero si nosotros nos creemos únicos, individualistas, mejores que el conejo, nos estamos conectando como un virus, como una célula que no quiere conectarse con la otra. La evolución y esa adaptación es colaborativa y no individual. Por eso el que sobrevive no es el más fuerte, sino el que se adapta mejor. Y para adaptarse mejor tú tienes que escuchar al otro y para escuchar al otro hay que amar.

-¿Cómo influyen este tipo de empresas, con esta mirada de la innovación, en la desigualdad o la pobreza?
-Con esta lógica no debería haber ni desigualdad ni pobreza porque a ti lo que te importa es hacer un bien en la humanidad y eso va a estar recompensado con dinero… y eso genera valor. Ahora, cuando lo que importa es la plata y no el humano, pasa lo que pasa ahora.

-¿Desde cuando se está produciendo este cambio en Chile y en el mundo, observas tú?
-Hay una generación, que son los millennials, que ya no quieren trabajar bajo las mismas lógicas. Están emprendiendo, construyendo y ahí hay una fuerza muy potente. Hay gente desafiando el statu quo desde su quehacer normal. Lo más importante detrás de un emprendimiento no es la plata sino el propósito. Hoy cualquier persona puede hacer cualquier cosa. Antes uno ganaba con el desconocimiento del otro. Hoy el conocimiento está globalizado, con tecnologías tan, tan baratas. Antes, al momento de emprender uno debería haber tenido una educación muy privilegiada y redes; hoy la meritocracia de emprender es muy alta. Si tú tienes talento tienes acceso a todos. Para mí son microcambios de sistemas y este fenómeno es global. Yo viajo por el mundo viendo esto y Chile es uno de los países más avanzados en esta revolución, que aún es chica, pero es fuerte.

-¿Cómo se adaptan las antiguas empresas, o con la vieja cultura, a este proceso de cambio?
-En el mundo empresarial hay un mucho dinamismo, mucho cambio. Donde teníamos a Canon hoy tenemos a Instagram. Las antiguas culturas aún siguen con ese miedo a perder o a desaparecer. Cuando te vas a los grandes lugares de la innovación, te das cuenta de que no están innovando por innovar, sino que para hacer un mundo mejor. No para sacarse el siete o ganar más plata. Lo que está pasando acá es que está habiendo conversaciones virtuosas entre este punto y los tradicionales. No hay ganas de pelear sino que de ir viendo cuáles son los caminos para que, a partir de lo que hacemos, construyamos un mundo mejor. Y es inevitable que a algunos empresarios les cueste porque vienen de otra cosa, estamos en esa transición.

-¿Cómo es ese diálogo entre lo antiguo y lo nuevo?
-Ese diálogo apunta a unirse, a ver fórmulas. A que un gallo de un retail no tenga miedo si le aparece competencia. Llámalo, invítalo, ayúdale a que le vaya mejor. Súmalo al carro. Si este gallo puede ser tu mejor amigo... Es como Facebook compra Instagram, por decirlo de alguna forma. No son competencia. Instagram hizo crecer Facebook. Esta mirada de la economía en colaboración abre nuevas posibilidades de encuentro.

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