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Oportunidades y mitos sobre la lectura en Chile

por 10 noviembre 2010

Algo está pasando con la lectura en Chile. Cada vez son mayores los recursos que se invierten, cada vez es mayor la valoración social (por lo menos aparente) que se le da, pero los índices no crecen, sino que estancan o retroceden.

Esta es la conclusión general que uno obtiene tras leer la nueva versión del estudio Chile y los libros, que en el contexto de la Feria Internacional del Libro de Santiago 2010, la Fundación La Fuente y Adimark han hecho pública. Esta medición, que corresponde al presente año y es la tercera usando la misma metodología (las anteriores fueron en 2006 y 2008), se ha convertido en un referente, entre otras cosas por la ausencia de métricas sostenidas en el tiempo realizadas por el Estado. A los que nos interesa el tema, sin duda debemos agradecer el trabajo y el rigor con la que se realiza, porque nos entrega elementos para fundamentar propuestas, contrastar miradas y evaluar lo realizado.

En esta primera reflexión que el estudio me provoca, quiero detenerme en las tendencias generales, en los grandes números del fenómeno de la lectura. Esas cifras que indican que entre el año 2006 y el 2010, el número de no lectores aumentó del 44,9% al 52,8%. Paralelamente, los lectores ocasionales, esos que leen al menos una vez al año, cayeron del 34% al 21,2%. Ambas cifras no permiten alegrarse por el aumento (de 21,1% a 26%) de los lectores frecuentes, que son los que leen una vez a la semana o más. Más teniendo presente que en este grupo, predominan personas de nivel socioeconómico alto o medio alto, los que tienen mayor capital cultural y mejor educación.  El 70,9% de las personas con estudios superiores se definen lectoras, frente al 38,1% de los que tienen educación media incompleta o el 35% en el caso de los que tiene educación básica incompleta.

A raíz de esto, Marco Coloma, en una entrada que publicó hoy en su blog, se pregunta si no estaremos presenciando el crecimiento de otra desigualdad, la de la distribución del capital cultural. La pregunta tiene validez, pero para su respuesta es necesario construir una fotografía más amplía sobre el consumo cultural, en la que el índice de lectura es una variable más. Por lo demás, la relación entre ingreso económico y nivel de educación con el hábito lector (y el consumo cultural en general) no es nueva.

Regresando a las cifras generales del estudio de la Fundación La Fuente, planteo tres elementos para construir una hipótesis sobre el escenario presente y una posible salida futura.

Hacia un nuevo índice

Este índice asocia de manera principal el hábito de la lectura a los libros, que si bien sigue siendo el eje principal, su excesivo protagonismo en la metodología puede estar escondiendo parte de la fotografía. Se aborda el consumo cultural que se realiza a través de Internet y por primera vez se introduce en la encuesta el conocimiento y lectura de e-books (¡todo un acierto!), pero no se apuesta por la construcción de un índice conjunto de la lectura en distintos soportes y formatos. Esto ya lo están haciendo los editores españoles desde el primer cuatrimestre de este año, comprendiendo que el fenómeno de la lectura está cambiando de la mano de un lector que está modificando su hábito. Al ser aplicado por primera vez, el índice de lectura en España pasó del 55% al 91%. Significativamente, el 81,2% de los españoles entre 14 y 24 años leen en formatos digitales.

¿Qué está ocurriendo en Chile? Esta es una pregunta que requiere bucear y procesar los datos duros de la encuesta, para saber si lectores de libros y navegantes de Internet son un mismo grupo. No obstante, llama la atención un dato: sólo el 36% de los encuestados dice ser usuario de Internet, cifra muy inferior a la arrojada, entre otros, por el estudio WIP Chile de la Universidad Católica, que ya en el 2008 apuntaba que los usuarios de Internet en Chile llegaban al 48%.

Comparto algo que Mario Waissbluth señala en el análisis del estudio de la Fundación: el uso conversacional de los más de 17 millones de dispositivos móviles y celulares que hay en Chile (que no es medido como uso de Internet en esta encuesta) está consumiendo cada vez más tiempo de los chilenos. ¿”Ocurre lectura” en ese uso? Mi experiencia empírica así lo indica, aunque no es una lectura tradicional y que requiere ser estudiada cualitativamente para aprovechar su potencial. ¿Cómo se puede aprovechar esa inmensa cantidad de horas/persona para el fomento de la lectura?

La trayectoria de largo plazo y el techo del libro tradicional

El punto anterior me lleva a pensar que la lectura en Chile, considerada de manera casi exclusiva como lectura de libros, ha tocado techo. Concuerdo con Nivia Palma, quien en una carta al director publicada en El Mercurio, sostiene la necesidad de mirar la trayectoria completa de la curva en los últimos 20 años: en este lapso, se dobló el número de lectores, pasando del 25% al actual 47,2%. Sin embargo, el retroceso de un 8% entre 2006 y 2010, obliga a revisar estrategias y reconocer que el salto que esperamos en el índice difícilmente ocurrirá sólo sobre la base de lectura de libros, por lo menos en su formato tradicional, para el que un 74,4% de los no lectores manifiestan no tener tiempo o interés.

El abrumador desconocimiento y casi nula lectura de e-books, plantea una oportunidad que debe ser explorada, pero con un rigor que evite caer en la tentación de creer que un cambio tecnológico producirá milagrosamente la revolución en el hábito lector de los chilenos. En este sentido, recomiendo seguir los resultados que está teniendo Territorio Ebook, la experiencia que la Fundación Germán Sánchez Ruiperez está llevando adelante. Ya está arrojando luces sobre cómo integrar esta nueva oportunidad en escuelas, universidades y bibliotecas.

Hacia una red de intermediación en la lectura

Por último, un elemento que espero desarrollar más en una próxima entrada:  ¿cómo se consolida una red de personas e instituciones intermediadoras entre los lectores (actuales y potenciales) y la lectura? En un mundo con una oferta creciente de lectura, en la que abundan personas sin las adecuadas competencias de lectura o niveles bajos de alfabetización informacional, el acompañamiento en la lectura (una arista de la dimensión social de la lectura) adquiere cada vez más un papel insoslayable. En esto, por cierto, la escuela y la biblioteca escolar juegan un rol de primera importancia, toda vez que el hábito lector sostenible (ese construido desde el placer y no desde la imposición) libra sus principales batallas en los primeros años de la educación formal preescolar y escolar. Lamentablemente, el universo de este estudio parte desde los 18 años, por lo que sigue siendo una incógnita la lectura no obligatoria entre los menores de edad.

Pero lo que si arroja este estudio es un dato relevante: el porcentaje de personas que son socios de bibliotecas (en general) se ha mantenido estable (pasando de un 6,5% el 2006 a un 6,8% el 2010), pero dentro de ese grupo crece significativamente el porcentaje de socios de las bibliotecas municipales (las públicas) de un 36,7% el 2006 a un 45,4%, confirmando una tendencia ya vista en el estudio del 2008. Hay acá otra oportunidad que requiere ser mirada con detención, asumiendo que la lectura ocurre en un ecosistema de lugares e intermediaciones que cuanto mayor sea su nivel de articulación, mayor será el impacto. En este punto, recomiendo leer la entrada publicada ayer por Lavinia Reyes sobre la necesidad de contar con una ley de biblioteca pública, que busca precisamente consolidar y proyectar el aporte que realiza la mayor red pública de acceso a la lectura en Chile.

En suma…

Sí, definitivamente, algo está pasando con la lectura en nuestro país. Es una invitación a descubrir los nuevos escenarios, revisar las estrategias y consolidar lo bueno que se ha hecho. A mi juicio, la alternativa de rasgar vestiduras sobre un Chile que lee cada vez menos puede llevar a la construcción de un nuevo mito: el de una sociedad que dejó de leer, basado en aquel que -sin datos en la mano- proyecta la imagen de un país que leía.

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