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Opinión

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¿El Otro Modelo?

por 13 agosto, 2013

¿El Otro Modelo?
Qué no se dijo de Eduardo Frei Montalva y la Revolución en Libertad desde el interior de nuestro propio partido: que solo estábamos “reformando” el capitalismo y en ningún caso “sustituyéndolo”, que lo de Frei Montalva era una experiencia de “neo-capitalismo” y que lo único que estábamos ofreciendo al país era un “capitalismo con rostro humano” –traigo esto último a colación porque uno de los autores, Fernando Atria, con brillantez y elocuencia, como todo lo que dice y escribe, a no dudarlo uno de los grandes intelectuales en el Chile de hoy, escribe recientemente su libro “Neoliberalismo con rostro humano” para describir los 20 años de la Concertación. Definitivamente no estoy de acuerdo pero no es ese el libro que comentamos.
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Me ha tocado recientemente presentar el libro “El otro modelo” de Fernando Atria, Guillermo Larraín, José Miguel Benavente, Javier Couso y Alfredo Joignant. El texto nos invita a una reflexión de fondo, necesaria para un país como el nuestro que ha ido viendo cómo el interés general, cómo lo público, no sólo se toma las calles sino que nuestro debate nacional.

Comparto la tesis principal del libro en cuanto a la necesidad de afirmar la centralidad del “régimen de lo público”, caracterizado por la primacía del interés general por sobre los intereses particulares. Éste debiera ser el principio ordenador de la vida social y política.

De allí la crítica a la “hegemonía neoliberal”, basada en la primacía de los intereses particulares y del mercado, lo que habría conducido, al decir de los autores, a una “privatización del Estado”. En la perspectiva neoliberal el Estado actúa como algo residual, sólo cuando hay “fallas de mercado”. El régimen de lo público, en cambio, no surge sólo de las fallas de mercado sino de la necesidad de asegurar la igualdad de la ciudadanía, especialmente en términos de la garantía de los derechos sociales. Esto sería lo opuesto a una ideología neoliberal caracterizada por una suerte de reduccionismo economicista que lo reduce prácticamente todo (economía y sociedad) al mercado.

A mi juicio, el verdadero aporte conceptual del libro y de sus autores es sostener que “lo público” se define no tanto por el “agente” (estado/privados) sino por la “función” (pública); en otras palabras, hay un espacio para el sector privado y un espacio para el mercado pero desde la centralidad del “régimen de lo público”, que está dado por la primacía del interés general. La alternativa que hemos conocido, simbolizada en “El Ladrillo” de los Chicago Boys, base fundante y sustentación de la ideología neoliberal, está basada en el predominio de los intereses privados y en un vago interés general entendido mas bien como una agregación de esos intereses particulares.

“Reconocer el interés general no implica desproteger al agente privado” (p. 131), dicen los autores. Se reconoce la provisión pública y privada de los bienes públicos —aunque los autores prefrieren hablar de “derechos sociales”—, pero organizado desde el “régimen de lo público (p. 192). Es más, no se descartan “soluciones privadas para problemas públicos” —que fue una de las fórmulas que adquirió en Chile la ideología neoliberal en los años 80—, pero no desde la perspectiva del Estado residual y las fallas de mercado, sino de la función pública entendida como predominio del interés general (derechos sociales).

Aclaran que “la provisión únicamente estatal, aunque compatible con los derechos de los ciudadanos, no es exigida por los derechos sociales” (régimen de lo público). En cuanto al mercado, señalan que “es condición de libertad. En esto es necesario reconocer que autores como Von Hayek tenían razón” (p. 176). Lo que se objeta es el mercado como “criterio de distribución”, manteniéndose a firme la idea del mercado como espacio de libertad. El mercado pasa a ser “generador de libertad” cuando su lado oscuro es compensado por la garantía de los derechos sociales. Hay, pues, una defensa de lo privado y del mercado pero desde la afirmación de lo público (interés general).

En lo que a mí respecta, y creo que es el caso de muchos de mi generación y de las anteriores a la mía, vengo de vuelta de los “modelos” y de las “planificaciones globales” y me he puesto más tentativo y cauteloso después de tres revoluciones y de una prolongada y cruenta dictadura militar tras el golpe de Estado de 1973. Me he puesto reformista. Uno de mis libros de cabecera (“Después de la Quimera”) está escrito por dos ex comunistas (Ernesto Ottone y Sergio Muñoz) y es la defensa del reformismo. De ahí soy y ahí me reconozco. Otro de mis libros de cabecera es la monumental biografía de Jeremy Adelman sobre Albert Hirschman —uno de los grandes pensadores y cientistas sociales del siglo XX— sobre el “posibilismo” (otra forma de referirse al reformismo).

Es más. El libro rescata el “principio de subsidiariedad” en su concepción del social catolicismo, que es distinta de la concepción neoliberal (residual) del Estado: “el régimen de lo público es compatible con el principio de subsidiariedad” (p. 176). Me permito recordar, en aval de esta afirmación, que el Papa Juan Pablo II fue muy claro y explícito en señalar que el principio de subsidiariedad no podía entenderse desvinculado del principio de solidaridad y que ambos son dos caras de una misma moneda.

La tesis central de la primacía del “régimen de lo público” es aterrizada en la segunda parte del libro (cuarta parte del índice general) en el ámbito de lo que se denomina “una nueva estrategia de desarrollo”. Comparto la tesis que allí se desarrolla, con una salvedad importante: contrariamente a lo que se presenta como un “nuevo modelo” de desarrollo o “un golpe de timón, buscando superar el modelo”, sostengo que lo que verdaderamente proponen los autores es un ajuste a la estrategia de desarrollo que ha seguido Chile en las últimas dos décadas y media, alterando —parcial y acotadamente— sólo uno de los tres pilares de lo que denominan “el modelo chileno”: la estrategia no intervencionista en el desarrollo, manteniendo explícita y declaradamente los otros dos pilares; a saber, la responsabilidad macroeconómica y la apertura externa. Así lo reconocen explícitamente los autores.

Se propone modificar uno de los tres pilares del modelo chileno a través de una acción más proactiva del Estado en torno a una política industrial que nada tiene que ver con el “Estado empresario” —lo que mas bien se descarta—, sino con el desarrollo de clusters (encadenamientos productivos) y de una mayor introducción del conocimiento en el proceso productivo, principalmente a través de la innovación.

Junto con una política industrial más activa se propone un sistema tributario más progresivo y una fuerte inversión en educación, en la perspectiva de una mejor distribución del ingreso y un desarrollo regional más equilibrado.

El aumento de la productividad y la diversificación exportadora y productiva son los dos principales problemas a abordar junto con la distribución del ingreso.

Quiero decir que comparto toda esta segunda parte del libro sobre nueva “estrategia de desarrollo” —insisto no veo ningún cambio de “modelo”, sin perjuicio de la afirmación, que también comparto, de que “otro mundo es posible” (título de la parte final del libro).

Pero no concuerdo con todos los puntos planteados. Toda la reflexión contenida en este —seria, bien argumentada— parte da la movilización estudiantil de 2011. Como quien dice, habría un antes y un después en relación a ese año de movilizaciones.  Parto por sostener que el “malestar social” de que dan cuenta las movilizaciones de los últimos años es una realidad. En ese sentido no comparto para nada la afirmación del senador Jovino Novoa de que el malestar social sería “un invento de la izquierda”.

Mi afirmación dice relación más bien con el argumento de que no hay ninguna anomalía —por así decirlo— en los hechos de 2011, o en las movilizaciones del último tiempo en Brasil, o en la Marcha de los Pingüinos de 2006, o en la primera protesta social de 1997, cuando muchos anularon el voto a propósito del reajuste del sector público.

Sostengo que estas manifestaciones del malestar social, no sólo no debieran sorprendernos sino que son de texto (casi de manual). Así, por ejemplo, en su libro de 1968 —año símbolo de los cambios en el mundo—, Samuel Huntington, en su libro “El Orden Político en las Sociedades en Cambio”, sostuvo que la modernización es en sí misma un proceso disruptivo, que genera grandes contradicciones y que lejos de conducir a la estabilidad social conduce a la movilización social. En el extremo un proceso de modernización puede conducir a un desborde institucional (pretorianismo de masas). Para evitar estos efectos disruptivos debe contarse con instituciones que puedan canalizar y procesar esas demandas —de allí la ceguera de la derecha chilena de no entender que mientras nuestro país se encamina efectivamente al desarrollo económico, subsiste entre nosotros un subdesarrollo político con instituciones que no alcanzan a tener una legitimidad suficiente.

La respuesta al malestar social de que da cuenta esta movilización social, emblematizada en el movimiento estudiantil de 2011, sostienen los autores, debe surgir, por un lado, de un análisis critico del “modelo” de desarrollo y, por otro, de un abierto cuestionamiento de la hegemonía neoliberal.

Estoy de acuerdo con esa perspectiva pero quisiera sugerir en las líneas que siguen que esta afirmación hay que problematizarla y complejizarla.

Sobre la cuestión del “modelo”, sostengo que este es un debate que debe darse más en el plano de la academia que de la política.  Hay toda una literatura de décadas en las ciencias sociales sobre los “modelos de desarrollo” que es perfectamente legítima y necesaria.  Yo hablo desde la política, que tiene que ver principalmente con las realidades (aún desde la perspectiva de la transformación de la realidad en una determinada de dirección).

Quiero pensar que venimos, en la política chilena, de vuelta de los modelos. Tengo en mente el brillante libro del historiador Mario Góngora (Ensayo sobre Estado y Nación en el siglo XIX y XX) sobre las “planificaciones globales”, en la perspectiva de la nueva era que se inaugura en 1964 con visiones ideológicas totalizantes y excluyentes que, a la postre, conducen a tres revoluciones: la de Frei Montalva, Allende y Pinochet. El país sencillamente no resistió esta lógica de acción política que está en la médula del proceso de quiebre democrático que condujo al golpe de Estado y a una dictadura de 17 años. Chile se convirtió en un verdadero laboratorio social en el que llegamos a ser verdaderos conejillos de indias en una sucesión de experimentos sociales y políticos de desenlace trágico para el conjunto de la nación.

La perspectiva del libro, en torno a un “modelo de desarrollo alternativo” es una música que conocemos.  Insisto, en todo caso, que más que un nuevo modelo, o un modelo alternativo (“El Otro camino”) lo que el libro nos ofrece es un ajuste parcial a una “estrategia de desarrollo”, más que la sustitución de un modelo por otro modelo.

Quiero pensar que venimos de vuelta de los modelos refundacionales  pues cada vez que en América Latina se ha asumido esta lógica hemos terminando abortando procesos sociales llenos de posibilidades, como los de Frei y Allende a fines de la década de 1960 y comienzos de 1970, que tuvieron, no obstante, un desenlace trágico en torno a ese fatídico dilema de “reforma o revolución”.

Prefiero hablar de “estrategias de desarrollo” más que de “modelos de desarrollo”, en la tradición de un Aníbal Pinto (“Chile: un caso de desarrollo frustrado”) y un Jorge Ahumada (“En vez de la miseria”), de fines de la década de 1950.  De hecho, el propio libro usa indistintamente las expresiones “modelo” y “estrategia” de desarrollo, y creo que es un gran error porque existe un abismo entre uno y otro concepto.

Una sola nota personal: provengo de una institución académica (CIEPLAN) que como ninguna otra, durante 14 años (1976-1990) hizo una critica sistemática y demoledora en relación al modelo neoliberal de los Chicago Boys.  Lo que sí reivindico es que el gran cambio de mentalidad que ha habido en Chile es en relación a la cuestión del método.  Hemos pasado de la era de las “planificaciones globales” (1964-1990) a la de una mentalidad y un método de acción política más tentativo, menos “todo o nada”, sobre la base de una adecuada ecuación de continuidad y cambio, al margen de la lógica de los modelos refundacionales.

No se trata de “desideologizar” sino de aprender de nuestra propia historia, y de rectificar.  Muchas veces atribuimos a la ideología neoliberal cuestiones que son del dominio común y del sentido común. Por ejemplo, ¿puede decirse que sea “ideología neoliberal” hablar de apertura externa, responsabilidad fiscal, equilibrios macro-económicos, políticas contra-cíclicas, autonomía del Banco Central, entre otros conceptos que podríamos mencionar y respecto de los cuales hemos alcanzado un gran consenso en los últimos años?

Prefiero, pues, hablar de “estrategias de desarrollo” más que de “modelos de desarrollo”; aquellas son del dominio de la política, estos son del dominio de la academia; corresponden a niveles de abstracción, a entelequias que muchas veces no reparan en las realidades con las que debe lidiar la política, el político y los procesos políticos y sociales.

En cuanto a la “hegemonía neoliberal” –como legado asociado al “Ladrillo” de los Chicago Boys (imagen que aparece en la tapa del libro), al reduccionismo economicista, a la simple agregación de intereses particulares que lo reduce todo al mercado- y más allá del debate académico, ¿no es acaso lo que hemos hecho desde los días mismos de la dictadura, en el plano del debate académico o intelectual, y en los 20 años de los gobiernos de la Concertación -en ciernes, con sus logros y deficiencias, avances y retrocesos- intentar construir una “contra-hegemonía neoliberal” sobre la base del entendimiento entre democracia cristiana y socialismo democrático, ambos en una perspectiva claramente (así asumida y sin complejos) “reformista”?

Esa contra-hegemonía la hemos tratado de construir a partir de la constatación de que, a la postre, y en esta etapa de nuestra historia, no hay más que tres “modelos” en América Latina: el neoliberal (que en Chile conocimos en estado puro bajo los Chicago Boys), el neopopulista (como el régimen de Chávez y sus compañeros de ruta) y lo que en el Chile de la Concertación hemos denominado –como estrategia de desarrollo más que como modelo, porque venimos de vuelta de los modelos- “crecimiento con equidad” (una notable elaboración conceptual que nos permite asumir sus propios contenidos y la crítica que muchos compartimos al neoliberalismo y el neopopulismo).

Quiero ser más concreto  aterrizado.  ¿Cómo explicar la férrea, sistemática, destemplada y a ratos histérica reacción de la UDI y de sus intelectuales orgánicos de ese entonces (Hernán Büchi, José Piñera, Sergio de Castro, entre otros) a la reforma tributaria (Alejandro Foxley) y reforma laboral (René Cortázar, con el primer Código del Trabajo dictado en la historia democrática de Chile) impulsadas bajo el gobierno de Patricio Aylwin?  ¿Se nos olvida acaso que la UDI votó férreamente en contra de ambas y que el acuerdo fue posible con RN.

¿Qué dijeron la UDI y sus intelectuales orgánicos respecto de los cambios que estábamos haciendo desde la Concertación?  Que la Concertación estaba empezando a “desmantelar el modelo” (entiéndase, El Ladrillo). Ese fue su argumento.  No se si lo que hicimos fue desmantelarlo, pero sí empezamos sistemáticamente a corregirlo y cambiarlo.  Luego vino el rol regulador del Estado en una serie de áreas que estaban sometidas más bien a la auto regulación de los mercados porque en la ideología neoliberal existe un fuerte prejuicio ideológico en contra de cualquier intervención del Estado, basados en una visión negativa (abstencionista, residual) del estado –nosotros, en cambio, desde la Concertación, tenemos una visión positiva del Estado en cuanto garante del bien común (en la jerga social cristiana), o del interés general.

Y vinieron una serie de leyes sobre regulaciones estatales en diversos ámbitos (medio ambiente, transporte público, telecomunicaciones, pesca, puertos, aeropuertos, concesiones, infraestructura, sanitarias, entre tantos otros).  Es cierto, regulaciones sacadas con forceps, hasta el límite de la agonía, por aquello de la Constitución y sus trampas y los enclaves autoritarios, y el binominal, y la democracia empatada, y el bloqueo parlamentario y el veto de la minoría, muchos de los cuales subsisten hasta el día de hoy por la ceguera y el empecinamiento de buena parte de la derecha.  Tales fueron las limitaciones pero también los avances, hasta llegar al día de hoy –el nuevo ciclo, la nueva mayoría- en que nos proponemos impulsar una nueva serie de reformas teniendo como base que el esquema político-institucional vigente, tal cual existe, no da para más (nunca dio para más pero qué le vamos a hacer si es lo que teníamos y así son las “transiciones pactadas”).

Y luego de las regulaciones estatales vino otra etapa, con Lagos y Bachelet, desde el AUGE hasta la reforma previsional, en que anunciamos un nuevo énfasis en la perspectiva de los “derechos garantizados”,  en que se trataba de pasar de un esquema de “focalización” (en la pobreza y la extrema pobreza) a uno de “universalización” (de prestaciones, de derechos o como queramos llamarlo).

¿Podemos decir, con seriedad, con inteligencia y con sentido común, que todo eso que hicimos y procuramos hacer durante los 20 años de los gobiernos de la Concertación, con Aylwin, Frei, Lagos y Bachelet, fue nada más que un conjunto de variaciones sobre el neoliberalismo heredado de la dictadura?

No comparto para nada lo que se afirma por parte de los autores en cuanto a que lo que habría hecho la Concertación en 20 años fue “mejorar el piso mínimo públicamente garantizado” (p. 138) del modelo neoliberal.  Sostengo que durante 20 años construimos un concepto y una estrategia de desarrollo, en torno a aquello del “crecimiento con equidad” (que no es una mascarada ni un simple cambio cosmético), cualitativamente distinto del neoliberalismo de los Chicago Boys y su ladrillo fundacional.

A decir verdad, esta lectura viene del interesante (pero equivocado) libro de Tomás Moulián, sobre el “Chile Actual: Anatomía de un Mito” (1997), cuya tesis central es la del “gatopardismo” o “transformismo”; es decir, es necesario que algo cambie para que todo siga igual.  Tal habría sido la experiencia de la Concertación en relación al modelo neoliberal heredado de Pinochet.

Ese libro coincidió (1997) con la primera protesta que tomó la forma de la anulación del voto por el reajuste del sector público, y el debate al interior de la Concertación entre “auto-complacientes” (entre los que supuestamente me cuento) y “auto-flagelantes” (más críticos de los primeros años de la Concertación), que terminó a la postre con muchas deserciones y la aparición de los “díscolos” que emigraron hacia otras posturas políticas.

Siempre he pensado que hubo una suerte de caricatura en torno a esa falta dicotomía entre auto-complacientes y auto-flagelantes.  La verdad es muy distinta: fue un debate sobre distintos niveles de convicción: entre quienes teníamos (y tenemos, en torno a esos cuatro gobiernos) altos niveles de convicción (los llamado autocomplacientes) y los que tenía y aún tienen bajos niveles de convicción (los llamados autoflagelantes).

La tesis de Moulián fue después recogida por el diputado Sergio Aguiló, quién terminó desertando de la Concertación, en un artículo que tituló “Chile entre dos derechas”.  La tesis es que la Alianza y la Concertación éramos (y somos), en el fondo, lo mismo: ambos de derecha.  La tesis conduce al absurdo de insinuar que un 80% y más de la ciudadanía sería (o seríamos) de derecha. A propósito, los autores ni mencionan el hecho de que, en el contexto del supuesto agotamiento de esa experiencia de simplemente administrar el modelo neoliberal heredado de la dictadura y cuando pareciera que Chile demanda algo así como un “giro a la izquierda”, resulta que el 52 % del electorado y de la ciudadanía eligen (2009-2010) un gobierno de derecha. Pero esa es harina de otro costal.

El desafío hacia adelante, digámoslo con claridad, es colosal: cómo sumar las fuerzas de la Concertación (democracia cristiana y socialismo democrático) a otras fuerzas políticas y sociales tras la conformación de lo que hemos denominado una “Nueva Mayoría”, a la que tiendo a asociar a una suerte de nueva épica que en su momento vivimos a propósito del plebiscito de 1988 y más recientemente en las elecciones municipales de 2012.  ¿Seremos capaces de hacerlo, es decir, de darle una nueva fuerza a esta contra-hegemonía neoliberal expresada en una Nueva Mayoría por los cambios? Me adelanto a señalar que vienen muchas conversaciones y que el desafío es colosal porque incluye una matriz comunista que para muchos de nosotros requiere de unas definiciones que nos permitan, no solo la unidad, sino una unidad con coherencia, porque no se puede gobernar sobre la base de la incoherencia y de simplemente administrar la ambigüedad.

En lo personal —creo que mi partido también— estoy abierto a ese debate, a esas definiciones, a esa exploración de una nueva mayoría social y política en clave, también, de una contrahegemonía neoliberal.

Para finalizar, un par de notas más personales. En lo que a mi respecta, y creo que es el caso de muchos de mi generación y de las anteriores a la mía, vengo de vuelta de los “modelos” y de las “planificaciones globales” y me he puesto más tentativo y cauteloso después de tres revoluciones y de una prolongada y cruenta dictadura militar tras el golpe de Estado de 1973.  Me he puesto reformista. Uno de mis libros de cabecera (“Después de la Quimera”) está escrito por dos ex comunistas (Ernesto Ottone y Sergio Muñoz) y es la defensa del reformismo. De ahí soy y ahí me reconozco. Otro de mis libros de cabecera es la monumental biografía de Jeremy Adelman sobre Albert Hirschman —uno de los grandes pensadores y cientistas sociales del siglo XX— sobre el “posibilismo” (otra forma de referirse al reformismo).

El método de la democracia es la reforma, que, tengo que decirlo también, está muy a tono con la perspectiva de los autores, que nos proponen un conjunto de reformas (no una revolución) sobre la base de un marco conceptual que está dado por el “régimen de lo público”, afincado sobre los derechos sociales, perspectiva que he dicho compartir.

A propósito, mi otro gurú es Marcelo Comparini, que en medio del movimiento estudiantil de 2011 escribe un twitter tan demoledor como lúcido: “Para hacer los cambios hay que ganar una elección” (en menos de 140 caracteres). Pocas veces he visto una defensa más lúcida de la democracia representativa y del método de la reforma.

Una última nota de autobiografía individual y colectiva: íbamos a “sustituir el capitalismo” (400-500 años de historia si incluimos el desarrollo del capitalismo mercantil y del capitalismo liberal), y lo íbamos a hacer en 6 años: en el sexenio de Eduardo Frei Montalva y la “Revolución en Libertad”. Así lo creía una parte importante de la DC, aunque Frei sabía que estábamos haciendo una revolución en libertad sobre la base de la reforma (agraria, campesina, chilenización del cobre —nacionalización pactada—, promoción popular, un conjunto notable de reformas estructurales, a decir verdad).

Pues bien, la decepción de muchos al interior de mi partido —y la incomprensión al borde de esa vieja enfermedad del “infantilismo revolucionario”, que primero arremetió contra Frei y acto seguido contra Allende— no se hizo esperar y condujo al poco andar a la frustración más profunda. Muchos emigraron, primero al MAPU (1969) y luego a la Izquierda Cristiana (1971), buscando la verdadera revolución, en torno a aquél fatídico dilema de “reforma o revolución” que caracterizó a Chile y América Latina a fines de la década de 1960 y comienzos de 1970, para terminar con el quiebre democrático, el golpe de Estado y la larga noche de la dictadura que logró imponer la revolución capitalista neoliberal.

Qué no se dijo de Eduardo Frei Montalva y la Revolución en Libertad desde el interior de nuestro propio partido: que solo estábamos “reformando” el capitalismo y en ningún caso “sustituyéndolo”, que lo de Frei Montalva era una experiencia de “neocapitalismo” y que lo único que estábamos ofreciendo al país era un “capitalismo con rostro humano” —traigo esto último a colación porque uno de los autores, Fernando Atria, con brillantez y elocuencia, como todo lo que dice y escribe, a no dudarlo uno de los grandes intelectuales en el Chile de hoy, escribe recientemente su libro “Neoliberalismo con rostro humano” para describir los 20 años de la Concertación.  Definitivamente no estoy de acuerdo, pero no es ese el libro que comentamos.

¿A alguien le puede caber alguna duda, cuatro o cinco décadas después, que Frei Montalva hizo una Revolución en Libertad que cambió Chile sobre la base de unas reformas estructurales que nos colocaron en otro estadio y en otra fase del desarrollo?

Hace pocos días asistimos, en esta misma sede del viejo Congreso Nacional, a la presentación del libro de Rafael Moreno sobre la historia de la reforma agraria y me atrevo a decir que los gobiernos de la Concertación, con Aylwin, Frei, Lagos y Bachelet, lo que hicimos fue completar y llevar a feliz término la Revolución en Libertad iniciada por el Presidente Frei Montalva: hoy por hoy, los nietos y las nietas de los asignatarios de la reforma agraria están entrando a la universidad. Eso sólo puede entenderse sobre la base de los profundos cambios y reformas estructurales lanzadas desde mediados de la década de 1960.

Fuimos capaces de completar el sueño de Frei Montalva al interior de una coalición de centro-izquierda (la Concertación), sobre la base de la reforma (no de la revolución), “sin odio, sin violencia, sin temor”, como dijimos en el mítico plebiscito de 1988, de vuelta de los modelos refundacionales y del “todo o nada” en que creíamos poder reinventar Chile cada seis años. No dudo en afirmar que, en la perspectiva de la historia, esos 20 años van a ser vistos como los mejores 20 años de los últimos 100 años de la historia de Chile. No es poca cosa.

“Somos la continuidad histórica de Chile”, fue la frase del propio Frei Montalva, que hizo reventar el Teatro Caupolicán en 1980; eso somos, precisamente, las fuerzas de “avanzada social”, como las denominaba ese gran intelectual y político, Eugenio González (PS), a fines de los años 40; desde el Frente Popular hasta la Concertación, somos la continuidad histórica de Chile, camino a constituirnos en una Nueva Mayoría que sea capaz de impulsar los cambios que el Chile de hoy y de mañana necesita, pensando en los próximos 20 años, precisamente porque hemos sido capaces de introducir los grandes cambios de los últimos 20 años.

Ahora hay que profundizar esos cambios y proyectarlos hacia este “nuevo ciclo”, sin nostalgias y sin renegar de nuestra historia más reciente, no como un “bis” o un más de lo mismo —los jóvenes no estarían disponibles para esa no-aventura y los que no somos tan jóvenes tampoco— sino sobre nuevas bases.

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