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Cuando no votar es más sexy

por 15 diciembre, 2013

Cuando no votar es más sexy
Ya sea seriotes y con voz gutural (imagine a ese señor comunista clásico, bigote en ristre, bueno para el tinto y la buena mesa), o en pose hipster y con discurso ametrallador (imagine a ese jovencito comunista o liberal da lo mismo, full Mac, pitillo y portada LUN), da lo mismo, han salido a tirar las orejas sin ningún tipo de contemplaciones al ciudadano común y silvestre de a pie y de comuna pobre, tal como lo hiciera antaño un perfecto futre de ese Chile profundo que todos queremos olvidar.
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En la pretendida fiesta de la democracia la verdadera expresión mayoritaria –eso que les hacer poner los ojos blancos al mundo político– será nuevamente la abstención, la vilipendiada y maltratada abstención.

Desde los “evidenciólogos” liberales (sociólogos y cientistas políticos de pasillo, salón y SPSS) hasta el conservadurismo más duro del PC, todos han salido a reclamar por la falta de actitud republicana del chileno medio tirando para pobre, de ese chileno que vive en las comunas con peor calidad de vida de nuestro país y que no salió a votar, según nos dicen, por flojo o por falto de educación cívica, que es lo mismo que decir por ignorante. La chambonada del voto voluntario no concibe, insisten, una libertad con responsabilidades, con deberes, y sólo infantiliza al ciudadano sin obligarlo al vínculo político nacional que implicaría el acto de ir a votar.

Ya sea seriotes y con voz gutural (imagine a ese señor comunista clásico, bigote en ristre, bueno para el tinto y la buena mesa), o en pose  hipster y con discurso ametrallador (imagine a ese jovencito comunista o liberal, da lo mismo, full Mac, pitillo y portada LUN), da lo mismo, han salido a tirar las orejas sin ningún tipo de contemplaciones al ciudadano común y silvestre de a pie y de comuna pobre, tal como lo hiciera antaño un perfecto futre de ese Chile profundo que todos queremos olvidar. Saben que el sesgo de clase o social siempre ha existido en nuestro país, pero ahora que están instalados en el poder se ensañan, y más encima con discursos retrógrados faltos de autocrítica política y social, miopes, que sólo miran el instrumento (voto voluntario), descuidando el fenómeno de fondo que implica el hecho de que, cuando se ve a los políticos en TV, o se apaga el aparato para hacer algo más sexy, o simplemente se cambia de canal con el mismo objetivo.

Es que es muy fácil ser vecino de Ñuñoa o La Reina y despotricar contra los vecinos de La Granja o La Pintana, qué decir si se es vecino de Vitacura o Las Condes, que es donde estos “neo-futres-hipsters” llevan a sus hijos a la escuela. Así, cualquiera.

Los políticos sólo importan cuando están en el fango de la corrupción o la farándula, cuando los podemos escupir o tratar como parias, cuando los podemos instrumentalizar para una canchita nueva de fútbol, un consultorio nuevo para las abuelitas del barrio, unas luminarias nuevas para que los flaites de la esquina emigren, o una fiestoca con charros y todo para celebrar las fiestas patrias. Es que lo otro definitivamente no importa, la gran política de nuestros grandes políticos, es que la escala humana en la que se vive, las condiciones sociales, no alcanzan para involucrarse en los asuntos de esa otra política que seguramente se ve como el hemisferio oscuro de la luna extraterrestre.

Es que es muy fácil ser vecino de Ñuñoa o La Reina y despotricar contra los vecinos de La Granja o La Pintana, qué decir si se es vecino de Vitacura o Las Condes, que es donde estos “neo-futres-hipsters” llevan a sus hijos a la escuela. Así, cualquiera.

Hay otros analistas más sofisticados en sus tinglados teóricos (esos rectores de universidades privadas que fungen como “intelectuales corporativos”, esos sociólogos o periodistas de lobby descarado por los medios,  o esos políticos profesionales ad portas de encontrar trabajo en La Moneda) que vinculan la abstención con el pretendido fenómeno que ellos llaman de “modernización”, fenómeno social heredero de las revoluciones neoliberales de los ochenta y los noventa.

Esta “modernización” se trataría de un proceso mixto de expansión del consumo y nueva subjetivación, que desde un optimismo más bien privado y en el que se está a gusto, no implicaría necesariamente un sentido o una práctica más solidaria, vinculante, política o social. La abstención entendida como “el fruto ordinario de la modernización” sería más bien el signo positivo de un statu quo que exige reformas –no revolucionarias– para profundizar aún más esta misma “modernización”, en la vía de incluir a más chilenos en ella o de asegurar a quienes, ya estando en esa ruta, puedan ser aún más felices en su proceso de subjetivación modernista.

Hay que estar atentos, porque este discurso de la “modernización” será el que terminará hegemonizando la épica del nuevo gobierno de Michelle Bachelet. Se aviene mejor con “las derechas” de la Nueva Mayoría. Es en apariencia un nuevo escenario que tiene a Ernesto Ottone y a Enrique Correa como los nuevos consiglieris de Palacio, y a Carlos Peña y Eugenio Tironi como los perfectos taumaturgos o, como dijimos, “intelectuales corporativos” que semana a semana por la prensa nacional perfeccionan este lenguaje y su sentido pragmático de interés dominador (en el Chile de la derecha económica de hoy ya no se puede ser un intelectual “orgánico”, sino sólo “corporativo”, lo sabemos por las prácticas).

Pero la ficción del Ottone-Correísmo es tan evidente, como evidente lo fue la ficción del chorreo. No es por una supuesta “modernización” social, económica o individual que estos sujetos no se expresan políticamente mediante un voto. Son verdaderamente sujetos que siendo excluidos socialmente no están dispuestos a ser incluidos, ahora, políticamente por obligación. La ficción del Ottone-Correísmo puede que encante a las clases medias más aspiracionales , que aunque tan o peor asalariadas que los más pobres y debido a los efectos del sometimiento embrutecedor del mercado, no harán sino que asumirse como “ciudadanos” (consumidores) y algunos más brutos hasta de “republicanos” para ir, hacer la fila y comprar el ticket (el voto) para sentirse parte de la fiesta de la democracia (las elecciones presidenciales). El punto es que hay algunos para los que simplemente todo este show mediático es de otra vida, de otra esfera, perteneciente a otro mundo, por los efectos no de la “modernización” sino de la “antimodernización”, lo efectos de la violencia social y cotidiana de la exclusión.

¿Que están equivocados pues la participación y la expresión política es precisamente la salida? Más de una generación les dice lo contrario.

El voto de mayoría que dará legitimidad al poder del nuevo gobierno no contará con esta otra más “amplia mayoría” que no le pertenece a ningún partido ni organización política y que seguirá teniendo a la calle como su mejor aliada en el Chile de los otros, el Chile de los modernos, el Chile que cambió de la Nueva Mayoría.

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