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Ya nada es como antes: el lloriqueo de la elite

por 19 febrero 2016

Ya nada es como antes: el lloriqueo de la elite
El tiempo que viene recién lo empezamos a palpitar, pero intuimos sus contornos. Su tono es el de las redes sociales: directo, coloquial, un tanto insolente. Su jerarquía es horizontal. Su valor, la transparencia; su desvelo, los privilegios. No siempre es razonable ni educado, pero es auténtico. No hay espacio aquí para los eufemismos, las frases vaticanas ni los políticos florentinos.

(Buena parte del siguiente texto es un extracto de la introducción del libro Las Crónicas imperdibles de El Mostrador).

El ex canciller Insulza pone el grito en el cielo. Dice que el actual clima político del país es el peor que ha vivido nunca, salvo los meses previos al 73. Queda claro que los inmediatamente posteriores a dicha fecha no fueron tan malos para él. Salió a decir que Longueira era un estadista y el abucheo desde la galería fue muy superior al aplauso que alguna vez le brindó la derecha en el Congreso, cuando se fue como secretario general a la OEA. Mariana Aylwin se queja amargamente del clima de linchamiento. Cual María Antonieta, observa horrorizada y dice que “el juicio es en la plaza pública y las mayorías quieren ver correr sangre”. Su cuello transpira. Lo propio hace el decano de la Universidad del Desarrollo (UDD), Eugenio Guzmán, un tipo más bien frío y simpaticón que no se inmutaba por nada, pero que ahora se nota alterado por lo que califica como ‘la cultura del circo romano’. Su tesis es que “en los últimos años en nuestra sociedad se ha instalado un ambiente en que lo único que vale es el veredicto público”.

Mi amigo, el transversal Jorge ‘Pirincho’ Navarrete, nos alerta que en la cultura de las redes y la información digital el “descubrimiento de la verdad adquirió una estatura desproporcionada. Ya no se trata del papel fiscalizador de la prensa al poder, sino del hallazgo de lo estimado secreto como un bien en sí mismo, independientemente de su relevancia”.

Y al ex ministro y senador Carlos Ominami se lo nota incómodo e irritado con lo que denomina en clave fuguetiana “la mala onda”: “Estamos viviendo en una atmósfera tóxica que favorece las acusaciones falsas, los comentarios tendenciosos, la propagación de todo tipo de rumores infundados que terminan haciendo un grave daño. Prácticamente ninguna de las instituciones se salva de estas malas prácticas”.

Qué duda cabe –como diría el ex Presidente Ricardo Lagos o nuestro predicador favorito, el rector Peña–, las elites están remecidas, a contrapelo del espíritu de los tiempos. Sin duda los arrulla la nostalgia de ese periodo dorado llamado la transición. Ese en el que brilló una generación que fracasó en su ideario juvenil de construir el socialismo, pero se irguió triunfante en su conversión al paradigma neoliberal. Ambas apuestas absolutamente ideológicas, aparentemente opuestas y contradictorias, pero unidas por una misma necesidad: un partido único en el poder.

Es un tiempo plebeyo y por eso Óscar Contardo puede escribir una columna en un diario del establishment haciendo sorna de un ex Presidente que se ve a sí mismo como el Rey Sol, seguramente con nostalgia de esos tiempos en que él golpeaba la mesa cuando alguien osaba levantarle la voz. Una pena: ya nada es como antes y de poco sirve el lloriqueo.

Ese partido, construido al alero de la privatización de la vida y la política, es el que hemos denominado el partido del orden. Del orden, porque su sustrato y composición oligárquica, que incluye elites de las viejas izquierdas y derechas, poder político y económico –separados solo para efectos del espejismo electoral–, entronca con la tradición más profunda de las clases dirigentes chilenas, cocinada al alero de la historiografía conservadora.

Augusto Pinochet rebautizó el edificio de la UNCTAD como Diego Portales, y Ricardo Lagos tenía en su despacho presidencial un retrato del ex ministro del siglo XIX, cuya idea del gobierno fuerte, autoritario e impersonal era condición sine qua non para la prosperidad de hombres de negocios y comerciantes.

El templo de esta religión no fue La Moneda sino el centro de eventos Casa Piedra. Sus mantras fueron el crecimiento y el consenso; su sumo sacerdote el ex ministro Edgardo Boeninger y su representante en la tierra Enrique Correa; sus salones, las páginas sociales y de opinión de El Mercurio y los encuentros a puertas cerradas en el Centro de Estudios Públicos. Su negrito de Harvard, Camilo Escalona. Su fantasma, el desborde. El fin de las reglas claras, le llaman. La incertidumbre les da pánico. Pero la incertidumbre ha llegado para quedarse. No de la mano del viejo Marx, sino más bien de Ilya Prigogine y su teoría del caos, expresada en una sociedad más indócil y compleja, y de “el fin del poder”, tan bien descrito por Moisés Naím, hijo predilecto de sus seminarios de corbatas caras.

Este tiempo fue fuerte y largo, consistente y exitoso respecto a sus propias expectativas. Pero ese tiempo ya fue o, más bien dicho, está dejando de ser. El tiempo que viene recién lo empezamos a palpitar, pero intuimos sus contornos. Su tono es el de las redes sociales: directo, coloquial, un tanto insolente. Su jerarquía es horizontal. Su valor, la transparencia; su desvelo, los privilegios. No siempre es razonable ni educado, pero es auténtico. No hay espacio aquí para los eufemismos, las frases vaticanas ni los políticos florentinos.

Es más digital que análogo. Su energía viene de abajo más que de arriba. No tiene problemas con el dinero pero no lo idolatra. Habla de calidad de vida y no de rendimiento ni productividad. No transforma en deporte la siguiente elección presidencial ni comulga con la rueda de carreta de que la democracia es ir a votar cada cuatro años. ‘El pensamiento complejo’, de Edgard Morin, es una buena herramienta conceptual para analizarlo. Es un tiempo plebeyo y por eso Óscar Contardo puede escribir una columna en un diario del establishment haciendo sorna de un ex Presidente que se ve a sí mismo como el Rey Sol, seguramente con nostalgia de esos tiempos en que él golpeaba la mesa cuando alguien osaba levantarle la voz. Una pena: ya nada es como antes y de poco sirve el lloriqueo.

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