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El patrimonio cultural (también) emociona

por 29 mayo, 2016

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Los paseantes llegaron al centro de la Plaza de Armas de Santiago y se pusieron a un costado de la fuente de agua de Orsolino (el escultor italiano que en el siglo XIX talló el mármol), llamada popularmente también “Pila de los lagartos” por los reptiles que desde sus bocas lanzan el líquido al exterior. El profesor y el curso -poco más de treinta estudiantes secundarios- escucharon atentamente lo que el guía contó sobre la historia del monumento y, como contenido extra, la explicación respecto a la inconsistencia de que en el piso de la plaza, inserta en los adoquines, haya una placa circular que indica que ahí está el kilómetro 0 de la ciudad, hito que en rigor se encuentra en el cruce de la Alameda con la carretera Norte-Sur. Así se inició una jornada escolar fuera del colegio y en medio de la ciudad, que tenía por objetivo principal visitar el Museo Histórico Nacional, en la acera norte de la Plaza, edificio que alguna vez sirvió de sede al colonial Tribunal de la Real Audiencia.

El patrimonio cultural, además de identidad, de memoria, de historia, de pasado, es también emoción. La emoción de saberse, de sentirse, de unirse, de reflejarse, de encontrarse… con otros. Ya no se palpa soledad y entonces se hace patente una de las características más interesantes de las personas: el ser gregarios, aquello de que vivimos en comunidad porque de otra forma no podríamos subsistir como especie.

A los pocos minutos el grupo hizo su ingreso al Museo. Fue entonces que una alumna, de segundo o tercero medio, no recuerdo bien, con evidente expectación y rodeada de un par de sus compañeras, consultó en qué parte se encontraban los anteojos de Salvador Allende. El guía, un tanto asombrado, más por la ansiedad de la muchacha que por la pregunta misma, le respondió que en la sala del siglo XX, a la que llegarían luego de revisar la muestra de los períodos anteriores. Después de una pausada procesión por habitaciones y pasillos con un sinnúmero de interesantes objetos históricos, caminata que a la jovencita de marras debió parecer una eternidad, cuando por fin ocurrió el encuentro entre la muchacha y EL objeto en cuestión, entonces el guía, el profesor y algunas otras estudiantes se quedaron mirando no los anteojos de Allende, sino la relación entre esos lentes y la visitante. En ese instante, no tan fugaz, se produjo un click o, como diríamos en jerga digital, un link.

¿Qué es, entonces, aquello que festivamente celebramos el último domingo de mayo y que llamamos “patrimonio cultural”? Pues, intento responder, eso que ocurrió entre la alumna y los anteojos de Allende en el Museo: un vínculo, una relación especial entre un observador y un bien observado (en este caso un bien material, tangible, pero que también puede ser un bien inmaterial). Más allá de los ejercicios de conceptualización, necesarios y certeros por lo demás, que orbitan en torno a la idea de una selección de lo mejor de lo nuestro que nos conecta con un pasado y que nos refiere identidad, esta vez apuntaré a la dimensión de lo patrimonial que tiene que ver con la sensibilidad que genera o promueve en las personas.

En la historia narrada al principio, la estudiante al encontrarse con los anteojos recuerda (recordar, etimológicamente, es volver a pasar por el corazón). Y, en este caso, es notable la evocación que logra un objeto pequeño, destrozado incluso. Ese artefacto la hace recordar y, de alguna manera, la transporta de época, de lugar y la hace vivir quizás lo que ni el más avanzado de los cines de tres dimensiones lograría. Entonces, el patrimonio es aquello que te empapa de historia, de personas antiguas, ya no existentes, pero no ajenas a tu propia historia y a la historia de los tuyos (tu familia, tu entorno próximo, tu grupo etario, tu clase, tu gente, tus compatriotas, tu mundo). Y todo aquello se produce en un momento relacional, que puede ser breve o quizás no, en que lo observado (o escuchado o leído u olido o saboreado) nos mueve las fibras más íntimas. Ese momento nos transporta a un tiempo que puede que no lo hayamos vivido directamente, pero que sentimos que nos pertenece, que es nuestro, que nos representa y que también nos explica lo que somos hoy. Ese instante, cuando se produce el “click”, lo puede provocar tanto el Palacio de La Moneda como La Piojera; la presentación de un organillero como la degustación de un curanto; la vista de la antigua salitrera de María Elena como la lectura de “Martín Rivas”; la visita al Patio de los Disidentes en el Cementerio General de Santiago como escuchar “La pirilacha”; ojear el primer número de “Condorito” como ingresar al Museo Colonial de la iglesia de San Francisco. Luego, el patrimonio cultural, además de identidad, de memoria, de historia, de pasado, es también emoción. La emoción de saberse, de sentirse, de unirse, de reflejarse, de encontrarse… con otros. Ya no se palpa soledad y entonces se hace patente una de las características más interesantes de las personas: el ser gregarios, aquello de que vivimos en comunidad porque de otra forma no podríamos subsistir como especie.

Ahora, no todo bien tangible o intangible produce esa emoción y dicha conexión. En términos individuales puede ser relativamente fácil determinar qué seleccionaremos como importante del pasado personal (y que nos emociona). Pero cuando ese ejercicio es grupal el asunto adquiere mayor complicación. Justamente, uno de los puntos conflictivos del patrimonio es quién(es) y desde qué lugar se realiza el tamizado que consagra a los bienes patrimoniales. Comprenderán ustedes que alguna diferencia habrá entre un hincha de Cobresal y uno de Rangers de Talca al momento de elegir a los jugadores para la selección chilena de fútbol. Si, por ejemplo, se revisan todas las estatuas dedicadas a personajes de la historia nacional dispuestas en lugares públicos del país, creo que no será extraño que la balanza se incline abrumadoramente por hombres, políticos, militares. Por tanto, he ahí una tarea pendiente en Chile en esta temática del patrimonio cultural: no solo los edificios bonitos nos emocionan al punto de conectarnos con el pasado; ni solamente el sacrificio de un prócer o su cotidianeidad desconocida. La discusión hace un tiempo que está presentada. La mesa está servida.

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