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El viaje de Ewan McGregor a los campos de desplazados en el norte de Irak Refugiados

El viaje de Ewan McGregor a los campos de desplazados en el norte de Irak

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El actor y embajador de Unicef fue testigo de la difícil situación de miles de jóvenes desplazados por el conflicto.


Solo. Asustado. Vulnerable. En las manos de los traficantes. Esta es la forma en que hablamos de los niños refugiados. No fue hasta mi visita a Irak este verano que entendí la realidad – y devastadora – verdad de estas palabras.

Mi visita me ayudó a darle una cara a la crisis del desplazamiento global que el mundo está enfrentando. Una crisis donde los números son tan grandes que a veces da la sensación que el desafío es imposible de superar.

A nivel mundial, alrededor de 50 millones de niños han sido desarraigados. Eso es casi lo mismo que la población total de Inglaterra. Y es una estimación conservadora. Más de la mitad de estos niños y niñas huyeron de la violencia y la inseguridad, en un mayor número, de Siria, Afganistán e Irak.

No hay manera de prepararse para las historias que se escuchan durante una visita al campo – y descubrí que esto era mas cierto que nunca en el norte de Irak. Acababa de terminar el rodaje T2: Trainspotting en Escocia y de repente me encontré a 30 kilómetros de distancia de la línea fronteriza. He viajado muchas veces con Unicef y he visto cosas que realmente cambian la vida – tanto buenas como malas – pero las cosas que escuché ahí me dejaron sin aliento.

Una historia grabada en mi memoria es la de Muhammad. Al igual que miles de niños, escapó de Mosul cuando Isis tomó el control en 2014. La segunda ciudad más grande de Irak y sus alrededores cayeron en el caos a medida que Isis provocaba el éxodo de medio millón de personas, restringiendo el acceso a comida y a servicios básicos. Ahora viviendo en Erbil, capital de Kurdistán de la región de Irak, Muhammad, de 10 años, y su hermano de 12 son el principal sostén de la familia. Su padre lleva años desaparecido y se presume muerto. Los chicos reúnen dinero vendiendo bolsas de nylon en el mercado local y llevan a su familia alrededor de cuatro dólares al día para comprar alimentos. Para sobrevivir.

Con los ojos hundidos, su madre me contó la historia de su familia. La carpa donde anteriormente vivía en uno de los atestados campamentos de desplazados que visité, ardió en llamas y el hermano menor de Muhammad no sobrevivió al fuego. Ella me mostró las quemaduras en las manos de su hijo.

Desde que Muhammad huyó de Mosul, ha sufrido problemas graves de conducta, exacerbadas por la ruptura de su familia. Es un niño tranquilo y no era capaz de hablar del pasado, pero él me dice: “Me gusta dibujar y jugar con los trenes”. Afortunadamente está recibiendo atención psicosocial y es capaz de hacer estas cosas en un “espacio para niños”, establecido como un área para que los pequeños jueguen y aprendan.

El desafío para las organizaciones que prestan apoyo a los niños como Muhammad es asegurar que el deterioro de los sistemas sociales no conduzca a un aumento de la explotación, la violencia y el abuso contra los niños. ¿Cómo ayudar a que sus heridas sanen, protegerlos de los daños adicionales y conseguir que vuelvan a una rutina, la escuela y a la normalidad?

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Dos niñas recolectan mangas de plástico abandonadas en Kawergosk.

Nadie sabe realmente lo que sucederá cuando Mosul se libere del control de Isis. Pero una cosa es segura: decenas de miles de niños se enfrentarán al desplazamiento y la falta de vivienda. Se estima que entre 1,2 millones y 1,5 millones de personas aún viven en la ciudad. ¿Recuerda la escena de miles de personas saliendo de la ya liberada Fallujah? Multiplíquela por 15 veces. Lo que era evidente para mí en Irak fue que el reto de las agencias de ayuda, cuando ocurre la inminente ofensiva, realmente no tiene precedentes.

Viajé a Debaga, campamento de desplazados que está cerca de Mosul, donde cientos de personas llegaban todos los días escapando del conflicto y la violencia. La construcción del campamento no se detenía un sólo día por el constante arribo de familias. Con bulldozers aplanaban la tierra mientras se levantaban tiendas y se construían nuevos baños. Los trabajadores voluntarios repartían frenéticamente paquetes con suministros vitales: agua, kits de higiene y alimentos.

Debaga fue construido para cinco mil personas, pero ahora es el hogar de más de 35 mil. Cada una llega con su propia historia de terror. Se espera que reciba a otras 15 mil en los próximos meses. La noche anterior a mi llegada hasta ahí, 200 personas habían huído por el río con la intención de alcanzar el campamento. Fue alentador ver a los hombres afeitarse la barba y disfrutar de una pequeña porción de libertad por primera vez en dos años. Aunque, por supuesto, este campo no proporciona libertad. Está muy lejos de eso.

Mientras caminaba por las grandes multitudes, un sinnúmero de personas se me acercó. No porque me reconocieran, sino porque tenían que contarle a alguien su difícil situación. Un padre, Alí, me dijo que cuando llegó Isis, los yihadistas empezaron a presionarlo para que enviara a sus hijos a combatir. Temía que fueran secuestrados, y cuando hicieron estallar su casa como una táctica de miedo, sabía que tenía que sacarlos de ahí. La destrucción causada por el avance de las fuerzas del gobierno le dieron la gran oportunidad de huir.

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Una mujer observa desde lo alto el campamento de refugiados Kawergosk, en el norte de Irak.

Alí y su familia ahora viven escondidos en un estadio de fútbol abandonado, en una tienda de campaña proporcionada por la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur). Algunos de sus hijos no tienen zapatos, y él me dijo que sentía una sensación de desesperanza como padre. ¿Cómo se puede proveer a los hijos en esta terrible situación?

Mientras caminábamos de vuelta al auto, me sorprendí al encontrarme con el castillo inflable más grande que he visto. Una ONG local había llegado a brindar un momento de evasión. Había un centenar de niños alegres que se lanzaban al aire gritando, incapaces de contener su emoción, en contraste con el árido desierto lleno de tiendas polvorientas que la rodeaban. Para mí en ese momento lo más obvio era que esos niños continúen recibiendo la oportunidad de jugar, la oportunidad de ser niños.

[cita tipo= «destaque»] «¿Cómo ayudar a que sus heridas sanen, protegerlos de los daños adicionales y conseguir que vuelvan a una rutina, la escuela y a la normalidad?»[/cita]

Desplazados internos y niños refugiados en Irak y otras zonas de conflicto, forman parte de las personas más vulnerables del planeta y la situación está empeorando. Basta considerar una estadística impactante: el número de niños refugiados a nivel mundial se ha duplicado en tan sólo 10 años. Y cuando tienen la oportunidad de huir a otro país, las amenazas que enfrentan no desaparecen. Las familias a menudo pueden luchar para lograr establecerse; también enfrentan, de forma desproporcionada, la pobreza y la exclusión y se encuentran desesperadas por acceder a servicios básicos y protección. Si usted o yo nos sentimos defraudados o enojados con el sistema de asilo para los refugiados en Europa ¿Cómo deben sentirse ellos?

Apoyar a los niños refugiados y migrantes en el país y en todo el mundo, es una responsabilidad compartida. En este momento, está claro que estamos luchando para hacer frente a la gran cantidad de personas en movimiento. Como embajador de la Unicef, mi papel es ayudar a llevar las voces de Muhammad y Alí tan lejos como pueda. Este fin de semana me dirigiré a Nueva York para contar sus historias a todos los políticos, delegados y periodistas que se reunirán en dos conferencias sobre refugiados y migrantes. En conjunto, éstas significarán un momento decisivo para nuestra generación, y espero que nuestros políticos estén a la altura de este complejo desafío, de manera que se haga una diferencia real para los niños que conocí.

De vuelta en Irak, Mirna, una niña de 11 años con el sueño de ser una estrella de cine a los 21, me pidió que enviara su mensaje a los líderes mundiales: que los niños en Irak y de cualquier lugar, se merecen los mismos derechos y la oportunidad de ser niños. Ella dijo: “Guerra o paz, todos somos iguales. Todos somos niños”. Mientras ella me daba una vuelta por un centro comercial en desuso y a medio terminar, donde ha vivido durante más de un año con más de un millar de otras familias, me dijo cómo la comunidad local donó alimentos, ropa y materiales de construcción para recibir a los desplazados por el conflicto. Estoy desesperado para que nosotros realicemos lo mismo en el Reino Unido, Europa y más allá.

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Mirna, de 11 años, muestra a Ewan McGregor el centro comercial a medio terminar donde vive con su familia en la ciudad iraquí de Erbil.

El día que me fui, Mirna grabó, en el celular de alguien, un video con un mensaje para mí que vi cuando llegué. Ella me dijo que estaba feliz de haber podido mostrarme –y al mundo- el centro comercial donde vivía su familia. Mientras observaba, me percaté lo lejos que estaba de ella, lo lejos que todos nosotros estamos de ayudar a niños como Mirna, que no siempre tienen una voz o a alguien a quien puedan contar su historia.

En mi último día en Erbil, una camioneta pasó por delante de nosotros en el campo. Cargaba el cuerpo de un hombre joven. A la distancia, podía oír los llantos de lamento y desesperación que destruyen el alma.

Nunca sabré lo que le pasó a esa pobre alma, pero voy a pensar en él por mucho tiempo. Para él, la guerra terminó, pero para su familia, para Mosul, para los millones de iraquíes y para los 65 millones de refugiados y desplazados en todo el mundo, la lucha desesperada e implacable continúa.


*Fotos: Unicef/Siegfried Modola

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