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¿Los algoritmos pueden crear nuevos hits musicales?

por 25 marzo, 2017

Financial Times
¿Los algoritmos pueden crear nuevos hits musicales?
Una nueva estirpe de músicos está cerrando la brecha entre la informática y el arte.
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Por Ludovic Hunter-Tilney

Los algoritmos tienen una mala reputación. Lo que alguna vez fue un oscuro término computacional utilizado para describir una secuencia de pasos para realizar una tarea, ha adquirido una siniestra connotación en la era de Grandes Datos. Imaginamos que los algoritmos nos enredan en una telaraña, que moldean nuestro comportamiento de manera invisible a medida que procesan información sobre nosotros, colocando a cada persona en su lugar en una red de tipos de personalidad comercializables. "Algorítmico" ha asumido el mismo significado peyorativo que "genérico" y "formulista".

La música pop es particularmente propensa a generar tales sentimientos. Ed Sheeran es un "algoritmo del pop", de acuerdo con la crítica del New York Times de su nuevo álbum, "capaz de producir imitaciones razonables de una amplia gama de estilos". En una crítica de The Chainsmokers el año pasado, el sitio web de música Pitchfork dijo que el “tech-dúo” críticamente reprochado pero muy popular usa "un algoritmo delicadamente afinado" para escribir sus hits EDM. La observación no fue concebida como un cumplido: el álbum que estaban criticando recibió la sexta peor puntuación de Pitchfork en 2016.

La sospecha de los algoritmos en el pop se conecta con dos grandes temas. Uno es el enfoque inspirado en la manufactura masiva de la producción musical, el modelo Motown donde los shows son estandarizados con el fin de atraer al mayor mercado posible. El otro es la invasión de la tecnología en la música, que a su vez continuamente provoca ansiedades sobre dónde termina el alcance de los seres humanos y comienza el de las máquinas. ¿Será que las cadencias computarizadas de la música moderna nos están llevando a la era post-humana?

"La tecnología es humana", contesta el músico electrónico y artista digital Robert Henke. "Es un impulso humano querer crear una hermosa pieza de código informático que genere una hermosa pieza de música".

Nacido en Múnich en 1969, Henke cierra la brecha entre la ciencia y el arte. Llegó a la música tras una trayectoria en la ingeniería, formando Monolake, el dúo de música techno, en Berlín en 1995. Junto con su socio de Monolake, Gerhard Behles, ayudó a crear el programa de software Ableton Live en 2001. La plataforma se ha convertido en una herramienta popular para componer y ejecutar música digital, con usuarios que van desde los neófitos con computadores portátiles hasta Daft Punk.

Su nuevo espectáculo se llama Lumière III. Actualmente en gira, utiliza software diseñado para desencadenar un patrón rápido de láser y sonidos, un “luz y sonido” de alta tecnología cuya acción visual se despliega en una pantalla en el escenario. En su estreno en el Barbican de Londres el mes pasado, Henke se paró en la parte trasera del auditorio, una presencia sombría en la mesa de mezclas, supervisando el funcionamiento de los algoritmos que había desarrollado para el proyecto.

El uso de algoritmos en la composición se divide en dos categorías generales. Una es para que la gente componga música en una computadora. La otra prevé que las computadoras compongan música por su cuenta. Numerosos proyectos de inteligencia artificial se dedican actualmente a tratar de componer canciones pop. No obstante, a diferencia de los computadores que vencen a los grandes maestros del ajedrez, la tarea no resulta sencilla.

El año pasado, los investigadores de Sony utilizaron su software Flow Machines para producir una canción generada por inteligencia artificial, "Daddy's Car". El resultado es un terrible pastiche de los Beatles que requirió que el músico francés Benoît Carré arreglara la música y escribiera las letras. No ha recibido grandes aclamaciones. Pero uno puede imaginar que la IA pueda llegar a dominar una forma de arte basada en fórmulas como lo es la música pop. De hecho, el software de Flow Machines recientemente creó una increíble canción de acid house (al menos hasta que entran las voces).

Donde la IA tropieza es en desarrollar nuevas tendencias en lugar de analizar las antiguas. Una computadora puede ser programada para encontrar coincidencias, pero no para reconocer accidentes fortuitos.

El programa de software Auto-Tune fue lanzado en 1997 como una herramienta para corregir el tono vocal. Por casualidad se descubrió que un cierto efecto lograba una extraña oscilación electrónica en la voz de un cantante. Lanzado en el hit de Cher de 1998, "I Believe", el efecto es ahora un elemento básico de pop.

"Parece haber un extraño malentendido sobre los algoritmos", dice Shelly Knotts, una violinista de formación clásica que ha cambiado a la música digital. "Es como si fueran algo oscuro sin conexión humana. De alguna manera la gente no siempre conecta el algoritmo con el programador. Considero que un algoritmo es igual que cualquier otra herramienta, es como usar un piano".

Una estudiante de doctorado en la Universidad de Durham, Knotts, de 31 años, es una “codificadora en vivo” que opera en una inusual intersección entre la informática, la música electrónica y las presentaciones de improvisación. La codificación en vivo implica interactuar con algoritmos en tiempo real, alterando los sonidos y ritmos al manipular comandos en una computadora.

La práctica comenzó a principios de los años 2000 como una reacción contra la naturaleza preprogramada de los shows de música electrónica. Esta incipiente escena musical está creciendo  — Knotts ya no es una de las pocas mujeres involucradas — y ha producido los “algorave”, un híbrido entre el hackeo y los raves.

Los “algorave” tienen lugar a nivel mundial, aunque el movimiento se centra en el Reino Unido. Los eventos involucran a un programador como Knotts escribiendo código en su computadora portátil, que se proyecta simultáneamente en una pantalla. El código genera cambios en la música impulsada por algoritmos.

"Muy a menudo los algoritmos producen algo muy diferente de lo que esperas", explica Knotts. "Es mucho más como la improvisación libre en el jazz. Tienes que reaccionar a lo inesperado y llegar a alguna respuesta razonable".

Los algoritmos plantean preguntas sobre la autenticidad y autoría, la percolación de la expresión individual a través de los circuitos de una computadora. Pero son una expresión de creatividad, no su enemigo.

Financial Times

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