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Laura y su suicidio

por 13 junio, 2017

Laura y su suicidio
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La reciente desaparición, luego búsqueda, que pronto derivó en paranoia por posibles automovilistas psicópatas en Quilpué, y finalmente el descubrimiento del cuerpo sin vida de Laura Landeros en tal condición que la explicación oficial deja de lado la tesis del secuestro y pasa a una que parecía muy probable pero nadie mencionaba: el suicidio, nos obliga a centrarnos en este problema, pues otra vez una persona joven decide quitarse la vida en nuestro país.

El trabajo con adolescentes y jóvenes suicidas, tanto desde la urgencia en unidades hospitalarias, interviniendo en plena crisis a suicidas frustrados, así como en la praxis clínica, trabajo de largo aliento en que se interviene terapéuticamente tanto al suicida como a su familia nos permite plantear varias cuestiones en torno al fenómeno, cada vez más generalizado, del suicidio de jóvenes.

Primero, en la mayoría de los casos aparece una lamentable tendencia al interior de las familias a reprimir y sofocar la expresión de los malestares subjetivos de sus integrantes. Esta manifestación de malestar y pesar se ve anulada y subestimada por madres, padres y hermanos, exhibiendo una resistencia a la diferencia, a la diversidad del pensar, del sentir y del hacer. La intolerancia a aceptar el malestar subjetivo de los hijos, movilizada por la herida narcisista de muchos padres que interpretan el síntoma de sus hijos con el no haber sido ellos productivos, terminología propia de nuestro modelo sistémico, en su rol de padres. Frases como “si lo tiene todo” alusivas a la cosificación de la vida perduran en una adolescencia prolongada hasta los 30 años o inclusive más allá, propia de nuestro contexto nacional. Padres receptores de un modelo post dictadura donde pudieron entregarle a sus hijos todas las cosas que ellos no pudieron tener, objetivando la vida y a los sujetos. En otros casos, minimizaciones tan groseras como “era feliz, no tenía motivos para hacerlo” demuestran una incapacidad de empatizar o visibilizar el sufrimiento de alguien tan cercano como un hijo o un hermano.

Segundo, vivimos en un momento social, histórico, cultural y político tan particular y complejo que resulta agobiante para muchos individuos, insertos en un sistema enfermo y reproductor de una gran cantidad de síntomas que afectan a la subjetividad y, lo más trágico, a las propias relaciones interpersonales, las cuales se han vuelto inestables y desechables. No es fácil vivir hoy, menos cuando el mensaje social (y el publicitario, tan peligroso) es: viva solo, desarróllese personalmente ante todo, no tenga hijos, etcétera. Estas dinámicas colocan en tensión a un sujeto que podría estar destinado al malestar, nos devuelven a Freud y su malestar en la cultura, diagnóstico que no deja de ser actual.

Tercero, y último, no solo tenemos familias invisibilizadoras del malestar y una sociedad asfixiante que causa otros nuevos malestares, también aparece un Estado en el cual buscar apoyo y, con decepción, encontrar que no lo brinda. Pensemos en las sumas ridículamente bajas que paga FONASA a aquellos profesionales que reciben sus bonos, o los mañosos topes anuales que imponen las isapres a la atención psicológica y psiquiátrica de sus afiliados. La consecuencia es evidente: escasez de profesionales que atendemos por FONASA, quitándole a sus usuarios la posibilidad de acceder a una salud mental por bajo costo y entregándolos a la deficiente gestión de consultorios, donde se atienden una vez al mes y difícilmente puede realizarse una intervención terapéutica eficiente. En el ámbito privado algo similar, donde hay un desincentivo de asistir a terapia después de un par de sesiones, cuando el bono aumenta de valor, encareciéndose. Y pongamos esas consecuencias, creadas y fomentadas por el sistema, frente a la necesidad del suicida y de su familia: no solo se debe disminuir y eliminar la ideación suicida, también debe realizarse una intervención reparatoria de otros traumas, trabajar sus conflictos identitarios latentes, en fin, realizar un trabajo constante y periódico. El Estado, sus instituciones y su negociado, entonces, más que ayudar, hacen un gran trabajo en la reproducción de sujetos infelices.

Pronto se olvidarán de Laura, el suicidio es tabú y menos glorioso que la cacería de un psicópata desatado. Los que trabajamos en el área seguiremos viendo, tristemente, que los casos se multiplican y que la ayuda no llega a los que tienen menos recursos. Quizás Laura se habría salvado con algo tan simple como asistir a terapia semanal, nunca lo sabremos.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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