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El triunfo de Bolsonaro, el dedo acusador y la superioridad moral

por 30 octubre, 2018

El triunfo de Bolsonaro, el dedo acusador y la superioridad moral

Crédito: Agencia EFE

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Estamos atravesando tiempos difíciles. Jair Bolsonaro ganó la Presidencia de Brasil con la candidatura más extrema y violenta que he visto en mi vida, la extrema derecha está ganando adeptos por todo el continente y en el mundo desarrollado. Mientras, acá por casa, José Antonio Kast gana fuerza con discursos similares. ¿Qué nos pasó?

Si todo esto no nos remece y despierta de un golpe las cosas sólo pueden empeorar. Estos eventos son un llamado urgente a la autocrítica de todos los partidos democráticos y la sociedad civil, esfuerzo al que espero poder contribuir desde estas columnas.

Dicho esto, si voy a hacer autocrítica, tengo que comenzar por casa.

La lucha de las diversidades sexuales es mi lucha, he experimentado en primera persona las dificultades de vivir bajo un marco legal que no nos da las mismas herramientas que al resto para desarrollar nuestro proyecto de vida y sé de primera mano el daño que causa la discriminación. Esta lucha no se puede abandonar; pero, tal vez desde la indignación que nos causan las situaciones injustas que enfrentamos en el día a día, no analizamos cómo se ve esta discusión desde afuera.

Todos tenemos convicciones morales profundas, en base a éstas tratamos de llevar nuestra vida, hacer lo correcto y, según la adherencia social y cultural que van teniendo estas convicciones, se comienza a formar una visión moral en la sociedad. Por ejemplo, está mal saltarse la fila y es la reacción ética encarar a quien que se la salte, levantar el dedo acusador, y pedirle que respete a todos los que llegaron primero.

Se siente distante, pero hace muy poco era el mundo conservador quien esgrimía la autoridad moral y usaba el dedo acusador a discreción. En aquellos tiempos desafiar la visión valórica de la iglesia implicaba un costo social y éste aumentaba de forma exponencial si la desafiabas sus dogmas sexuales. Por suerte, la visión moral de la sociedad fue evolucionando y los escándalos sexuales terminaron de quitarle la autoridad moral que le quedaba a la iglesia.

Así, hemos ido pasando de una obligación a la uniformidad, donde el respeto consistía en conformarse y adecuarse a las formas conservadoras, a una sociedad donde se debe respetar la diversidad y las diferencias, aunque no nos gusten. Sé que queda mucho camino por recorrer hasta que tengamos las mismas libertades y derechos, no obstante muchos sentimos que el camino ya estaba trazado y que era cuestión de tiempo para que, sin retroceder, llegáramos a la meta.

Pero nos equivocamos, hay una fuerte arremetida conservadora que, de tener éxito, podrían detener los avances o incluso generar retroceso. ¿De dónde vino este error de percepción?

La condena social a quienes no respetaran la diversidad mantuvo en silencio a quienes añoraban la uniformidad, generando la impresión de que el cambio estaba garantizado, pero no fue así. Hubo un grupo que guardó silencio y se adecuó a los cambios a regañadientes, sin ninguna convicción y sin sentir que fuera el camino correcto. Aparecieron las redes sociales y, así como las personas de la diversidad sexual pudimos descubrir en ellas que no estamos solas, ellos también lo hicieron.

Cada vez que alguien opinaba sobre diversidad encontraron un tuitero sin rostro que decía que somos una “aberración”. Estos grupos fueron consolidando sus discursos, se fueron retroalimentando y, sin que pudiéramos anticiparlo, aparecieron líderes dispuestos a darles voz.

Desde nuestro lado reaccionamos incrédulos. Partimos con el dedo acusador desde la autoridad moral juzgando su posición insostenible sólo para darnos cuenta que, esta vez, nos señalaron en sentido contrario acusándonos de “intolerantes”, de “discriminarlos”. ¿Qué pasó? Eran afirmaciones completamente carentes de sentido pero que les nacían desde la guata.

Inicialmente la respuesta de muchos, entre quienes me incluyo, fue ignorarlos; pero sus actitudes “polémicas” les dieron todos los titulares y espacios que necesitaban; ante nuestra reacción comenzaron a construir el enemigo de la “dictadura de la corrección política” y frente nuestros ojos estupefactos fueron creciendo en adherencia. Eventualmente algunos decidimos responderles desde la razón, sólo para descubrir que en la era de la posverdad la consistencia argumental es secundaria, lo que importan son las emociones.

Así, ellos se pararon como víctimas pidiendo tolerancia y libertad de expresión ante nuestro dedo acusador dejándolos en ventaja ante la emocionalidad de un auditor neutral, inventaron enemigos como la “ideología de género” o el “marxismo cultural” para poder atacarnos sin nombrarnos, darle un escape a quienes quieran apoyarlos sin sentirse discriminadores y la posibilidad de guardar silencio a quienes no quieren tomar posición.

Se adueñaron de la bandera de la “libertad de expresión” como respuesta a cualquiera que los critique y, bajo esa bandera, afirmaron ser políticamente incorrectos cuando simplemente eran incorrectos. Esa posición agresiva, les permitió conexión con electores que pedían fuerza, autoridad y convicción en sus candidatos.

Ante tantas acusaciones sin sentido nos dejaron jugando a la defensiva, atónitos al descubrir que cada vez más personas, en lugar de indignarse contra posiciones que defienden la discriminación, pasaron a cuestionar la autoridad moral de quienes les apuntamos con el dedo acusador.

Las reglas del juego cambiaron, no podemos seguir usando la misma estrategia.

Soy de la opinión de que tenemos que guardar el dedo acusador y explicar desde la empatía. Tenemos que volver a conectarnos con la emocionalidad de un público que rechaza cualquier discurso que les genere culpa, que ante una acusación de machismo que no entiende prefiere rechazar el feminismo, que siente distancia con una diversidad sexual de la que no es parte, donde no tienen amigos y que, desde la guata, no entienden cuando les dicen homófobos por sugerir que no deberíamos estarnos “exhibiendo” de la mano con nuestras parejas.

Estamos ante personas que tienen una visión diferente del mundo y, en lugar de explicarles con paciencia y tono calmado que nuestro proyecto representa un mejor futuro para todos y todas, muchas veces levantamos el dedo acusador para que sientan vergüenza. Así, cuando apareció un líder que les dijo que no debían sentir vergüenza por sus posiciones valóricas, se sumaron con gusto.

Tenemos que estructurar un discurso positivo que nos una, que nos invite a respetar las diferencias desde la empatía, no la culpa, que permita proyectar una sociedad donde todos jueguen un rol importante e invitarlos a ser parte de este proyecto. Tenemos que mantener nuestra posición de forma enérgica, pero buscando otras formas de llegar con nuestro mensaje.

El discurso de la extrema-derecha busca polarizar y generar oposición a la diversidad sexual desde el miedo; el miedo sólo se supera generando confianza, creo yo, desde la empatía.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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