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Yo Opino

Por una educación no sexista: entre la voz de les estudiantes y el mutismo del Estado

por 4 abril, 2019

Por una educación no sexista: entre la voz de les estudiantes y el mutismo del Estado
La educación pública chilena se debe construir desde un lugar que no sea el miedo, la exclusión o la perdición, porque como Eloísa Díaz Insunza decía sobre la educación de las mujeres: “La instrucción, como muchos pretenden, no es la perdición de la mujer: es su salvación”.
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A 206 años de su fundación y en un proceso de consulta triestamental, la comunidad educativa del Instituto Nacional, decidió que el establecimiento continuaría siendo exclusivo para hombres.

Llama la atención que al realizar un desglose por estamento se reconoce que los estudiantes, quienes ya venían manifestando su molestia por el escaso impacto que tenía su voto en las elecciones y quienes hoy cuestionan la votación, se pronunciaron mayoritariamente porque el colegio se transformase en mixto.

Antes de la elección, el Rector del Instituto Nacional, Sr. Fernando Soto indicaba que esta sería “vinculante, secreta, con lápiz y papel”, algo que llama mi atención porque corresponde a una institución de carácter público, siendo esto último definido por la Real Academia Española (RAE) como relativo al conjunto de personas que forman una colectividad y algo que se hace a la vista de todos.

Ya en el año 2016, Marina Ascencio, reclamaba su derecho a ingresar al Instituto Nacional, colegio donde había estudiado su padre. La niña de 11 años argumentaba su demanda diciendo que mujeres y hombres teníamos las mismas capacidades intelectuales y que históricamente muchas mujeres debieron librar batallas al convertirse en pioneras.

Entre los argumentos que frecuentemente se esgrimen en relación a las dificultades para transformar un liceo público masculino a mixto, se señala la infraestructura: salas muy antiguas, patios y baños que no estarían preparados para recibir a las mujeres. Si lo público también significa, según la RAE, aquello que es accessible a todos y que es destinado al público, me pregunto ¿qué tipo de infraestructura es capaz de hacer inhabitable un espacio educativo público para las mujeres?

Porque la lucha por una educación no sexista no es responsabilidad exclusiva de los individuos, ni de sus familias, ni de quienes habitan un liceo público en un momento determinado; porque es hora de pensar estos espacios de manera colectiva y con la responsabilidad ética y social que nos permita garantizar como Estado el acceso de las estudiantes mujeres a un espacio de educación pública y de convivencia democrática.

Después de un año 2018 en que una marea feminista remeció nuestro país con una serie de demandas por una educación no sexista, podríamos preguntarnos cuantas de ellas han sido escuchadas.

Este año, después de 104 años de educación destinada exclusivamente para hombres, el Liceo José Victorino Lastarria abrió sus puertas a estudiantes mujeres, respondiendo a una demanda estudiantil por una educación no sexista.

Este año también, Arlén Aliaga, estudiante mujer trans libraba una batalla por ingresar al Liceo N° 1 de niñas de Santiago, después de su salida del Liceo Manuel Barros Borgoño, otro liceo público destinado exclusivamente a la educación de hombres. Asimismo, hace pocos días, un profesor del Instituto Nacional señalaba que él formaba hombres y que las niñitas necesitaban un colegio de niñitas, denominaciones que nos remontan al siglo XIX, época fundacional de los liceos públicos chilenos, donde estudiantes de la misma edad eran concebidos de forma diferente dependiendo de su sexo y donde la inferiorización se expresaba en designaciones oficiales que infantilizaban a las mujeres.

Entonces, ¿Por qué han pasado más de 100 años y seguimos encontrando estas narrativas en un país en donde no existe ningún programa de Formación Inicial Docente que forme profesores/as para trabajar con un solo sexo?

Este 2019 en que asistimos a discusiones que buscan reconocer a Eloísa Díaz Insunza, primera mujer en titularse como médico en Chile y quien también eligió desempeñarse en educación, debemos recordar las batallas que nuestra primera mujer médico debió enfrentar, a veces detrás de un biombo, por estudiar medicina en una época en que la Universidad tampoco recibía de brazos abiertos a las estudiantes mujeres. En nuestra historia educativa, Eloísa también fue una pionera.

Por Eloísa, por Marina, por Arlén y por todas las mujeres que han alzado su voz en un Chile que históricamente las ha excluido de la educación pública. Por los estudiantes del Liceo José Victorino Lastarria y del Instituto Nacional que esperan que sus aulas se conviertan en mixtas.

Porque la lucha por una educación no sexista no es responsabilidad exclusiva de los individuos, ni de sus familias, ni de quienes habitan un liceo público en un momento determinado; porque es hora de pensar estos espacios de manera colectiva y con la responsabilidad ética y social que nos permita garantizar como Estado el acceso de las estudiantes mujeres a un espacio de educación pública y de convivencia democrática, al igual que a esos estudiantes hombres que esperan también construir otras formas de relacionarse contestando la masculinidad hegemónica.

Porque es hora de que el Estado salga de su mutismo y se pronuncie en esta materia, atendiendo a los tratados internacionales de Derechos Humanos e Igualdad de género y escuchando las voces de les estudiantes y de toda la ciudadanía para transformarnos y comenzar a pensar lo público, de forma permanente, como algo accesible a todos, todas y todes.

Para ello es necesario que la educación pública chilena se piense con políticas de Estado y dejemos de movilizar argumentaciones que se fundamentan en la libertad de enseñanza, utilizando estrategias como las entrevistas a sujetos o votaciones de las comunidades educativas de carácter “vinculante, secreta, con lápiz y papel”.

La educación pública chilena se debe construir desde un lugar que no sea el miedo, la exclusión o la perdición, porque como Eloísa Díaz Insunza decía sobre la educación de las mujeres: “La instrucción, como muchos pretenden, no es la perdición de la mujer: es su salvación”.

Ojalá que en esta transformación no demoremos otros 206 años.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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