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No necesitamos ser afganas para solidarizar

por 20 agosto, 2021

No necesitamos ser afganas para solidarizar
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Durante estos días hemos visto con fuerza en redes sociales, grupos de whatsapps, diarios y prensa, una preocupación generalizada por lo que sucede con nuestras compañeras en Afganistán a propósito de la toma de poder por parte del Talibán. Esto nos ha llevado a dialogar desde diversos grupos de mujeres y colectivos feministas sobre cómo se establecen redes de apoyo y colaboración internacional para visibilizar y/o canalizar ayudas con las mujeres afganas que hoy ven amenazadas sus libertades, e, incluso, sus vidas. Sin embargo, como investigadoras que se encuentran trabajando con y desde perspectivas feministas interseccionales y decoloniales, consideramos relevante reflexionar sobre cómo imaginamos la solidaridad feminista internacional, vigilando la reproducción de lógicas propias de feminismos hegemónicos y coloniales para cuestionar apoyos fundamentados en la universalización de la opresión contra “la mujer” y también supuestos coloniales sobre las “mujeres tercermundistas” que son “oprimidas” por sus culturas y/o sus religiones.

Esta reflexión critica no debe leerse como un llamado a no solidarizar, sino una invitación a problematizar los modos de nuestra solidaridad feminista, evitando universalismos y la reproducción de otras lógicas de dominación

Uno de los principales aportes de las teorizaciones y políticas feministas se relaciona con sus reflexiones sobre las relaciones de poder y la construcción de la diferencia al interior de los propios discursos y prácticas feministas. La universalización problemática de la opresión de género ha sido ampliamente criticada por décadas por feministas antirracistas, post y decoloniales, entre otras, quienes han promovido la urgencia de visibilizar dinámicas racistas, coloniales y clasistas en los propios feminismos. Por ejemplo, el hashtag #TodasSomosAfganas reproduce justamente dinámicas universalizantes y coloniales al invisibilizar las diferencias, y la realidad que no todas somos afganas y que nosotres no somos quienes estamos enfrentando con nuestros cuerpos y en nuestras vidas cotidianas la violencia particular del fundamentalismo talibán. Estas manifestaciones de solidaridad no son, por supuesto, malintencionadas, pero es importante relevar que muchas formas de violencia y discriminación se reproducen desde buenas intenciones. Un ejemplo reciente a nivel nacional fue el caso de Joane Florvil y el hashtag #TodasSomosJoaneFlorvil. En esa instancia, Warmipura Mujeres Migrantes, una organización histórica de mujeres migrantes racializadas en Santiago, nos invitó a reflexionar que “no todxs lxs inmigrantes vivimos las mismas situaciones de racismo, xenofobia, clasismo y sexismo, porque justamente mostrar esas diferencias y denunciarlas es lo que nos permite enfrentarlas.” Lo anterior, tensiona nuestra comprensión sobre solidaridad y enfatiza la importancia de entender que no a cualquier mujer le sucedería lo mismo que a Joane Florvil. Subrayamos que en toda práctica de solidaridad necesitamos reflexionar seriamente sobre la articulación entre violencias heteropatriarcales, racistas y colonialistas, y el rol que las propias feministas podemos tener en su reproducción.

En los últimos años de movilizaciones feministas masivas en el país se han incorporado, a veces, acríticamente, postulados de feminismos hegemónicos que promueven lógicas de sororidad, solidaridad y seguridad ampliamente cuestionadas por corrientes feministas antirracistas hace décadas. Desde grupos de feministas afrodescendientes, migrantes y de pueblos originarios en Chile durante los últimos años se ha expresado bastante hartazgo con este modelo de feminismo hegemónico que apropia el “antirracismo” como una moda o algo que se queda solo en las buenas intenciones. Es importante cuestionarnos cómo y por qué desde el sur integramos postulados propios de feminismos hegemónicos, liberales y radicales que han sido cuestionados por sus efectos homogeneizantes en otras latitudes desde los años 70 en adelante.

Consideramos importante ser cautelosas de no reproducir arrogancias que puedan llevar a pensarnos como feministas liberadas que deben ir al rescate de otras mujeres oprimidas. Esto es lo que la feminista postcolonial Chandra Mohanty, llamaba el paradigma de la “mujer tercermundista que sufre” (2008), tan común dentro de algunos feminismos hegemónicos de Estados Unidos y Europa durante los años 80, que buscaban “rescatar” mujeres en el Sudán o Irán, sin conocer en profundidad sus realidades, ni a las mujeres y feministas que habitaban esos territorios. Estas críticas siguen vigentes, no solo para visibilizar las dinámicas racistas, coloniales e islamofóbicas que esta arrogancia implica, sino también, porque obviamos el sexismo y heteropatriarcado que sigue avanzando en nuestros propios territorios al alero, por ejemplo, de agrupaciones que dicen oponerse a la “ideología de género” operando en nombre de otros fundamentalismos religiosos en el sur. Asimismo, vale la pena recordar que la invasión de Afganistán en el año 2001, por parte de Estado Unidos y sus aliados, no giraba sólo en torno al tema del “terrorismo”, sino también justificaciones sobre la necesidad de “salvar las mujeres afganas del Talibán”, con muchas imágenes de la burqa (vestimenta que cubre la totalidad del cuerpo), argumentos que fueron en ese momento también duramente criticados por feministas anticoloniales y antirracistas alrededor del mundo (Lamrabet, 2016).

Esta reflexión critica no debe leerse como un llamado a no solidarizar, sino una invitación a problematizar los modos de nuestra solidaridad feminista, evitando universalismos y la reproducción de otras lógicas de dominación. Debemos romper con narrativas e historias hegemónicas, para construir alianzas feministas desde el reconocimiento de las diferencias y dinámicas de poder, sin reproducir imaginarios salvacionistas y representaciones de otras mujeres como víctimas pasivas sin agencia y la posibilidad de resistencia.

A la vez, también es un llamado a cuestionar los medios tradicionales y sus formas de transmitir información sobre países que denominan como “atrasados” o del “tercer mundo”. Mientras en Chile, existen múltiples ejemplos de femicidios, violencia de género, violaciones de derechos humanos contra mujeres feministas, personas LGBTI y mujeres mapuche, la prensa chilena tiende a “no ver” la mayoría de estas violencias. Gran parte de lo que actualmente conocemos sobre Afganistán viene de una prensa con intereses particulares sobre los contextos sociohistóricos de Afganistán y esa región del mundo. Más allá del periodismo del desastre sensacionalista - que Brahma Chellaney ha llamado “the lurid orientalism of western media” (el orientalismo espeluznante de los medios occidentales) - que tantos corresponsales chilenos pretenden hacer, queremos promover un periodismo feminista y comprometido, que busque amplificar las voces de las mismas feministas y disidencias sexuales que llevan años luchando en su propio país. Sin duda, existen medios y organizaciones feministas que nos
pueden orientar mejor a la hora de pensar nuestras propias opciones de ejercer solidaridad desde lejos.

Finalmente, planteamos que nuestra solidaridad se debe basar en este reconocimiento, sin paralizar acciones concretas, pero siempre con sensibilidad autocrítica. Concordamos con lo que plantea Rodó-Zárate, que “el dolor por una opresión sea reconocido por alguien que no lo
sufre es un paso esencial para el establecimiento de alianzas políticas y para el cambio social en general”, pero no necesitamos afirmar que somos afganas para solidarizar con las mujeres afganas. Tampoco debemos poner nuestro sufrimiento por lo que viven otras mujeres en el
centro. Es importante superar estas lógicas identitarias que limitan la posibilidad de generar alianzas y coaliciones feministas urgentes. Nuestras coaliciones feministas no pueden basarse en supuestos de igualdad abstractos, ahistóricos y descontextualizados, sino que deben basarse en un reconocimiento situado, interseccional y anticolonial de diferencias producidas en complejas dinámicas de poder y desigualdad.

 

 

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