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De la huerta a la mesa: mujeres y soberanía alimentaria en el sur de Chile Yo opino Créditos: INDH

De la huerta a la mesa: mujeres y soberanía alimentaria en el sur de Chile

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María Constanza Christian
Por : María Constanza Christian Investigadora Rimisp – Centro Latinoamericano para el Desarrollo Rural
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La comida tiene un papel central en nuestras vidas cotidianas, independiente de la condición de clase, étnica, de género, territorial, generacional, y corporal que habitemos (Giard, 1999). Todos los días consumimos alimentos de forma pasiva, entregando la tarea de producirlos a la agricultura familiar campesina y la industria agroalimentaria en los territorios rurales, y la de prepararlos, cocinarlos y servirlos principalmente a las mujeres —como parte de un rol de género socialmente impuesto—. La verdad es que muy pocas personas saben realmente cómo fueron producidos, comercializados, y preparados los alimentos que se llevan diariamente a la boca, o tienen la posibilidad de ejercer activamente su derecho a la alimentación.

[cita tipo=»destaque»] Frente a la enorme pasividad con que la mayoría de las personas nos situamos respecto a nuestra alimentación, las mujeres rurales, por el contrario, ejercen un rol activo y creador en los sistemas alimentarios de sus territorios, cultivando y practicando cotidianamente la soberanía alimentaria desde sus huertas, invernaderos, ollas y mesas. [/cita]

La capacidad de tomar decisiones sobre lo que comemos y cómo lo producimos, y la de los territorios rurales de ejercer el derecho a definir sus propios sistemas agroalimentarios, poniendo en el centro las aspiraciones y necesidades de quienes producen, distribuyen y consumen alimentos —y no las exigencias del mercado— es lo que se conoce como soberanía alimentaria. El proyecto “Siembra Desarrollo” de Rimisp, que busca comprender cómo la pandemia por Covid-19 afecta a la agricultura familiar campesina en América Latina, nos muestra cómo las mujeres rurales de La Araucanía y Los Lagos ejercen una soberanía alimentaria de facto. Éstas son depositarias de saberes y prácticas ancestrales fundamentales para la resiliencia territorial frente a las diferentes crisis que hoy atravesamos como sociedad —pandemia, guerra, inflación, cambio climático— lo que las posiciona como un actor social clave en el ejercicio de la seguridad y soberanía alimentaria en los territorios rurales del sur de Chile.

Frente a la enorme pasividad con que la mayoría de las personas nos situamos respecto a nuestra alimentación, las mujeres rurales, por el contrario, ejercen un rol activo y creador en los sistemas alimentarios de sus territorios, cultivando y practicando cotidianamente la soberanía alimentaria desde sus huertas, invernaderos, ollas y mesas. Este rol se expresa por ejemplo en el cuidado de semillas campesinas e indígenas ancestrales (mejor adaptadas al territorio y a los vaivenes del clima), en el sostenimiento de prácticas productivas agroecológicas que disminuyen la dependencia de insumos externos al predio (uso de abonos orgánicos, cuidado del suelo y del agua, etc.), en el cuidado de recetas antiguas que ponen en valor los recursos alimentarios propios de un territorio y diversifican nuestras cada vez más industrializadas dietas, etc.

Estos conocimientos y prácticas se conjugan, para que crisis sociales como la que desató la pandemia o la que enfrentamos hoy con el aumento exponencial del costo de la vida —y en particular de los alimentos— afecten menos a los sectores rurales en dónde las mujeres están sosteniendo, reproduciendo y transmitiendo estos saberes y haceres. Dicho de otra manera, hemos observado cómo el ejercicio de la soberanía alimentaria por parte de las mujeres rurales de Los Lagos y La Araucanía, ha mejorado la capacidad de sus territorios de enfrentar algunas de las crisis que nos ha tocado vivir.

Las mujeres rurales son la primera línea de lucha contra el hambre en los territorios rurales. Es por esto que la bajada de los lineamientos sobre seguridad y soberanía alimentaria presentes en el programa del Gobierno 2022-2026 a estos territorios, así como cualquier espacio de gobernanza o articulación del sistema alimentario a nivel territorial, debe considerar a las mujeres rurales como un actor fundamental, generando el espacio para que estas puedan mostrar cómo en el ejercicio cotidiano de su soberanía alimentaria construyen una serie de mecanismos concretos que generan resistencia y resiliencia alimentaria y ecosistémica frente a las crisis de nuestro tiempo; pero sobre todo, facilitando la participación efectiva y toma de decisiones por parte de estas, para que dichos mecanismos sean conocidos, potenciados y reproducidos, beneficiando de este modo la seguridad y soberanía alimentaria del país en su conjunto.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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